Historias de urinario VIII

La ciudad…

Tengo claro poder competir con el mundo que vendes.

Soy superior, aunque no lo reconozcas y no lo quieras reconocer y te rías y se rían.  Esa burda incoherencia que haces creer al común de los mortales sólo está dotada de miseria, de guerras, corrupción… de una falsa verdad camuflada de alcohol, drogas y sexo.

Tú, sí tú, por mucho que te levantes cuando me levanto, que me acompañes con el runruneo al comer, que en escasas circunstancias te entregues a mi aburrimiento o juegues con mi desesperación…. no te quieres enterar de que el único alimento que engulles es un concentrado de desesperación, morbo y odio.

Eres, maldita, el virus que enferma al alcohólico, la tonta que puebla de ilusiones al tonto, la que da voz y voto a los que mienten por interés, la cerveza de los que buscan sedientos una ortopedia social contra la soledad.

Sin tapujos y siendo sincero, te digo que cuando la gente se ríe, yo ya tengo agujetas; y que por mucho que creas que tu intelecto está acreditado sólo por mostrarte a la masa, tu sabiduría y concepto del saber se arrastran por el légamo día a día.

En analógico, en digital, por satélite, por cable… me da igual, todo es lo mismo siendo igualmente aberrante para todos, incluso para los que tienes enganchados a tu dependencia efimerita.