Historias apócrifas IV

Yo te saludo, María

La tormenta absorbía la luz de la tarde. Los vapores emergían de los alcantarillados. Voces causticas reverberaban en las muchedumbres cargadas de ‘te quieros’, saludos, ‘adioses’…; y yo y mi maleta de cartón, acabábamos de poner los pies en la flamante estación de Atocha.

El estilo Modernita de la estructura, las chapuzas contemporáneas que colgaban de su techo, los mendigos atizados por la impunidad de la madera, las librerías repletas de palabras… todos eran nuevos vislumbres, nuevas conjeturas, nuevos paradigmas inconexos que conectaban con mis neuronas.

Encendí un cigarrillo.

Dejé la estación y caminé despacio por la metrópoli. Lo hice refugiado en la idea de llevar por futuro todo lo que en ese momento cabía en una maleta de cartón.

Tenía que encontrar alojamiento, me dije.

Tras varios kilómetros, paré delante de un cartel ubicado encima de un viejo cine de barrio. Mis ojos se repararon en el título de una de las películas:

‘Yo te saludo, María’, dirigida por J. L. Godard.

La Nouvelle Vague, me dije. La ruptura de Truffaut, Resnais, Godard con el modelo narrativo hegemónico nacido con Griffith.

“Recuerdos de una ola cinematográfica que burló la poética de Aristóteles y trajo grandes películas. Recuerdos de un planteamiento que, simplemente, me causó ganas de no volver a verlo después de absorber ‘La última escapada’. Recuerdos de ‘Johnny Guitar’ y el hecho de percibir que algo estaba cambiando en el universo cinematográfico de los cincuenta”.  

La cola del cine era interminable mientras mi mechero quemaba otro cigarrillo. El modelo tradicional de taquilla denigraba la imagen de las salas contemporáneas. El cinematógrafo que entendió Godard era diametralmente opuesto a lo que presenciaban mis ojos escondidos bajo unas gafas de alambre.

En ese momento ella mostró su cara. Lo hizo justo cuando el ruido de un grupo de desquiciados perturbaba el ambiente. Al parecer, protestaban por el ultraje que supuestamente se había producido en la cinta a la madre del salvador de los cristianos.

La injuria de esa jauría cautivó a sus ojos, cuando el taquillero reclamó su presencia. 

Yo la observé con detenimiento: justo cuando compró la entrada, justo cuando entró al edificio, justo cuando se perdió en la lejanía del pasillo que conducía a la sala de proyección.  

No había dinero para la grosería perturbadora de las palomitas, me dije nada más entrar.

Ella se acomodó dos filas por delante.

Minutos después el proyector empezó a clavar imágenes en la pantalla. El sonido envolvió a todos los que allí empezamos a degustar la introducción realizada por la última diosa de Godard.

El cuerpo púber de María desmigó lo poético de una expresión que se atragantaba con las bolas de maíz. El utópico ultraje solo era una demostración melódica cimentada a base de fotogramas que mostraban con inteligencia la incoherencia de María en estos tiempos.

Mientras tanto, sus ojos se clavaban en mi conciencia a la vez que el vello púbico de la actriz atomizaba su expresión.

Me levanté, cogí mi maleta de cartón y fui hacia ella.

Me senté a su lado. No dije nada. Ella apartó sus ojos de la pantalla y me miró fijamente. Fruncí el ceño, simplemente fruncí el ceño. En ese momento algo destrozó mis tímpanos. El olor a muerte y a guerra empezó a respirarse mientras en la pantalla María lloraba.

Tendido en el suelo, cubierto de sangre y con los tímpanos reventados, volví a mirar al sitio donde estaba, pero, por desgracia, había desaparecido.

Días después, cuando desperté malherido en una cama de hospital, los médicos me dijeron que la cinta, única en España, se había salvado. Pregunté por María, pero nadie la conocía y menos aún sabía de su existencia.

Desde entonces, cada tarde, siempre que puedo, voy a ese cine de barrio. Llevo casi veinte años haciéndolo, pero María, para mi desdicha, no se ha pasado.

Por suerte, una noche, la de la presentación de mi primera película, ella estaba sentada en la misma butaca donde la vi por última vez.

Me saludó frunciendo el ceño.

Gracias por saludarme, María, me dije.