Derechos a Madrid
– Señor Petcher, señor Petcher – el señor Petcher se estaba masturbando con una revista porno colocada sobre la mesa de su despacho – ¡perdone! -. Interrumpió el secretario avergonzado.
El secretario era un tipo enclenque, desnortado en lo que a su presencia física se refiere, con cara de funcionario a punto de la jubilación. Todo lo contrario que el señor Petcher: bastante grueso, vestido con un traje de color azul maya y con unas gafas de ver de pasta que recordaban a las de los artistas que triunfaron allá por los años sesenta.
– ¿Por qué no llama antes de entrar?, ¡te lo tengo dicho! – Inquirió el señor Petcher mientras se colocaba los pantalones.
– Es urgente, hay un hombre rudo y con muy mala ostia en la puerta. Dice que viene a reclamar los derechos de autor de las pinturas de las Cuevas de Altamira.
– ¿Y para esa gilipollez me molesta?
– Está muy cabreado, lleva un garrote en la mano y… – expresó el secretario cerrando el puño e indicando con éste una más que segura agresión.
– ¡Pues llame a la policía, cojones…!
Al señor Petcher no le dio tiempo de acabar la frase cuando Jacinto, el susodicho de los derechos, se presentó delante de sus narices. El tipo era delgado. Vestía como si de un pastor del norte de la Península se tratase. Su rostro, repleto de barba a medio crecer hasta casi los ojos, enunciaba cierta ruralidad.
El señor Petcher se levantó del sillón y, alzando la voz, preguntó:
– ¿Quién cojones es usted?
Jacinto caminó hacia la mesa. El secretario intentó sujetarlo, pero éste le amenazó sacándole los dientes.
– Buenos días, soy Jacinto Bienaventura.
– ¿Tiene cita? – preguntó enfadado el señor Petcher.
– ¡Ah!, ¿qué hace falta cita? Pues mire usted, es que vengo desde Santander, ya comprenderá el tiempo que lleva el viaje, y claro… el dinero…, por lo que no me ha dado tiempo de pedir ninguna de esas citas.
El señor Petcher se sentó mientras indicaba a su secretario, con un gesto, que se marchase y cerrase la puerta.
– ¿Y qué quiere?
– ¿Esto es la SGAE?
– Sí.
Jacinto agarró la silla y se sentó.
– Pues mire usted, venía por unos derechos de esos que ahora están tan de moda.
El señor Pectcher sacó unos documentos de un cajón. Después se encendió un cigarrillo, no sin ates ofrecerle otro a Jacinto, que lo despreció con cierto desagrado.
– ¿Por qué no ha ido a la sede en Santander?
– Bueno, esos son todos unos farsantes. No me han hecho caso. Y claro, como no me hacían caso y está aquí el ‘Ramoncín’ ese, pues nada, me dije, ale, pa’ Madrid.
– ¿Pa’ Madrid?, ¿‘Ramoncín’? – el señor Petcher se preguntaba susurrando – ¿Qué quiere exactamente?
Jacinto se quedó parado mirando fijamente al vacío. Después extrajo una carpeta, que guardaba en su zurrón, y la colocó sobre la mesa. Empezó a buscar en su interior hasta dar con la foto de una de las pinturas de las Cuevas de Altamira.
– ¿Ve esto?: pues lo hicieron mis ancestros.
– Sí, y los míos, no te jode – respondió el señor Petcher con un tono un tanto agresivo.
– ¿Es de Santander?
– No caballero.
-…bueno, se lo explico.
El señor Petcher no se podía creer lo que estaba escuchando. Durante los años que llevaba como asesor jurídico en la SGAE había visto infinidad de casos: cantantes fracasados, mendigos reclamando la autoría de una idea televisiva…; pero ninguno había tenido la osadía de pedir lo que aquél tipo. Parecía como si esa historia estuviese sacada de una película de Berlanga. Por lo que, con una postura ciertamente cáustica, empezó a escuchar las palabras de aquél pobre pastor de montaña que había hecho, a su juicio, un viaje sin ningún tipo de sentido.
– Últimamente, vamos, usted lo sabrá mejor que trabaja en esto, como que todo el mundo se anda pegando por eso de los derechos, por las máquinas esas, el inter…
– Internet – añadió el señor Petcher maleducadamente.
– ¡Eso! Pues nada, que claro, yo llevo toda la vida allí donde las pinturas, en las cuevas esas, ovejas pa’ arriba, ovejas pa’ abajo. Bueno, la cosa es que siempre está lleno de gente, y allí todo el mundo paga. Así que un día me dio por preguntar que quién se llevaba todo el dinero, y mira por donde: ¡qué me dicen que el ‘estao! Y verá usted, que si impuestos por aquí, que si impuestos por allá.
– Vaya al grano, por favor.
– Pues yo tenía entendido a mi padre que quienes pintaron las cuevas eran familia nuestra. Así que, claro, pues joder, que si la china esa del Beatle ese está ‘forrá por los derechos, que si la familia de ese que era negro y luego fue blanco igual…
– Espere, espere, espere, ¿así que es verdad que reclama los derechos por las pinturas…?
– Claro, cojones, ¿no se lo ha dicho su secretario?
El señor Petcher se quedó reparado. Después, educadamente, aunque con cierto tono sátiro, se dirigió al interesado.
– Primero, ¿cómo puede usted probar eso que me cuenta? Lo de la familia de los cavernícolas.
Jacinto volvió a buscar entre los papeles que contenía la carpeta y extrajo un documento con aspecto de informe clínico.
– Pues mire usted. Llamé a un detective pa’ comprobar si lo que decía mi padre era verdad. El señor Luís Pascual, todo un caballero, y muy listo…. Éste empezó a buscar por archivos. La cosa es que mi familia era de allí de to la vida. Luego me pincharon, me cogieron unos pelos, y ‘na, que por los huesos que han ‘sacao de los monos esos, que tampoco lo creo mucho en todos esos rollos, porque soy católico… bueno, que soy pariente.
El señor Petcher agarró el documento y empezó a leerlo con detenimiento. No se podía creer que lo que tenía delante de sus ojos era un informe de un centro de investigaciones genéticas de la Universidad de California. En él se verificaba la posible relación del tal Jacinto con los primeros habitantes de las montañas santanderinas.
– Si es verdad que esto lo demuestra – susurró entre dientes mientras leía detenidamente -, de eso, a que usted sea el propietario, hay un mundo y más si lo contemplamos desde una perspectiva jurídica, ¿me entiende?
– Que na, que lo que me decían en Santander – respondió Jacinto medio enfadado. Se quitó la boina que cubría su cabeza. Tras hacerlo, se desveló con más claridad el cuerpo enclenque que se escondía bajo sus vestimentas.
– Primero, en el caso de que sea propietario, que es casi imposible demostrarlo, los derechos tienen a caducar, entonces la obra pasa a ser Patrimonio de la Humanidad.
A Jacinto le cambió la cara, colocó el garrote sobre la mesa y golpeó la madera. El señor Petcher se echó hacia atrás. Empezó a temer por su integridad.
– ¿Y por qué entonces se está llevando ‘to el dinero el ‘Estao?
– Tranquilícese, señor, por favor. Se considera que toda obra hallada en territorio Nacional es patrimonio propiedad del Estado, con su consiguiente explotación, ya sea turística o para fines de investigación.
Jacinto se levantó de la silla, recogió los papeles y metió la carpeta en el zurrón. Seguidamente miró a los ojos al señor Petcher. Lo hizo adoptando una expresión amenazante.
– Mu’ bien, que el Estao’ si se puede forrar, que el ‘Ramoncín’ ese mucho hablar, pero na’, que la ministra igual. Na’ que aquí ‘to el mundo saca tajá menos yo. ¡Me cago en Dios…!
– Tranquilícese, señor, o tendré que llamar a la policía.
– ¿A la policía? – Jacinto agarró el garrote amenazando al señor Petcher -. ¡A la policía voy a llamar yo por farsantes, que es lo que sois, unos farsantes!
– Por favor, siéntese. Mire, yo hago una llamada, le pongo en contacto con alguien de mayor rango de la SGAE, y ya verá cómo encuentra una respuesta más amplia y con mayor rigor que la mía.
Jacinto agarró con fuerzas el garrote y volvió a sentarse en la silla. No se podía creer que después de tantos kilómetros y el dinero que había invertido en la investigación y el viaje, no fuese a encontrar una solución. Las palabras de ‘Palometo’, el nieto de su primo, abogado y recién licenciado, no se correspondían para nada con la respuesta que estaba encontrando en las diferentes sedes de la SGAE. En ese momento empezó a sentir que su sueño de hacerse rico y vivir en la capital se esfumaba.
Jacinto, más tranquilo, esperó a que el señor Petcher llamase a sus superiores desde un teléfono situado en la sala contigua.
– Bien, señor…Jacinto, enseguida le atiende el presidente, sí, el presidente, puede esperar en la sala de al lado – indicó el señor Petcher mientras entraba nuevamente en su despacho.
– ¿Pero te han dicho algo? – preguntó Jacinto enalteciendo la voz.
– Al parecer, se da la posibilidad de que usted pueda reclamar esos derechos.
– ¿Ves cómo se lo decía? Ande, si pa’ bueno le arreo un palo. Ale, ale, gracias señor y disculpe, es que mire, yo…
– Sí señor, sí -. El señor Petcher dejó de hablar mientras se despedía.
Una vez que Jacinto abandonó la sala, el señor Petcher relajó su expresión y soltó una amplia carcajada. En ese momento la puerta volvió a abrirse, era el secretario.
– Señor Petcher, acaban de llegar las denuncias de los peluqueros y centros de estética – dijo el secretario mezclando sus palabras con las carcajadas del señor Petcher –. ¿Qué quería ese mentecato?
– Que aquí la gente es gilipollas, pero que muy gilipollas. El pedazo de burro está esperando al superior, vamos a la policía, para ver si cobra los derechos que me has indicado anteriormente, los de las cuevas.
– ¿Los de las cuevas?, ¿pero era verdad?
– Sí, ha venido con un estudio de parentesco de una universidad americana.
– Joder, la gente ya no sabe dónde gastar el dinero.
– ¿Pagan los peluqueros o no pagan?
– Dicen que no.
– O sea, que ponen la música gratis, seguramente descargada, para que sus clientes estén entretenidos y encima no quieren pagar.
– Sí.
– ¡Este país está lleno de ladrones!, ¡lleno de ladrones! – levantó la voz el señor Petcher mirando a un cuadro de España que colgaba de la pared.