Historias apócrifas VI

El Dragón echa fuego

– ¿Es el Dragón? -, preguntó Edwing impaciente -. Necesito que me diga la dirección exacta del lugar, por favor -. Edwing apuntó en un papel los datos que le trasladaron desde el otro lado de la línea telefónica -. Vale, enseguida estoy allí. No tardo.

Dos horas después Edwing estaba frente a la casa de citas. Había llegado sin ninguna complicación.

Llamó al timbre. La madame se presentó y, tras hablar de tarifas, exhibió a las chicas disponibles. Edwing se decidió por la que, según su concepción de la estética, era la más fachosa.

Nada más entrar en la habitación, la chica empezó a desnudarse. Edwing la miró apático. 

– Para, no quiero sexo – dijo tras endurecer el rostro.

– ¿Entonces para qué estamos aquí? – Preguntó sorprendida la prostituta.

– Necesito que me hagas un favor, solo eso.

Edwing había nacido en una zona deprimente y pertenecía a una familia deprimente. De niño, embelesado por la producción televisiva, soñaba con ser alguien importante. La erótica del poder seducía su conciencia y, cómo tantos hombres que se hunden en el egocentrismo victorioso, veía pasar las oportunidades mientras las circunstancias de la vida y el contexto caótico que rodeaba su pubertad, le transformaban en ese tipo de personas que aceptan el fracaso como parte del desarrollo individual del ser humano.

Con el tiempo sus héroes dejaron de salir por la televisión. Por desgracia, empezaban a convivir y a compartir su fracaso: el abuelo, el padre, los hermanos…

Cuando cumplió los dieciséis años, cansado de malgastar el tiempo en las aulas, decidió dar el primer paso para pasar a la vida adulta. A pesar de que sus hormonas le recordaban que estaba más enganchado al pene que a la madurez, comenzó una andadura de trabajo en trabajo que, gracias a una coyuntura económica favorable, le permitió pasar los años aceptando contratos basura, sueldos ridículos, decisiones de jefes holgazanes y malhumorados…

Ya pasados los veintidós recayó en una constructora.

Sus primeros años fueron buenos – dentro de su concepción del trabajo -. Hasta que un día, su jefe, le propuso hacerse autónomo. Entonces Edwing quedó sorprendido. Rápidamente supo que estaba siendo despedido de una forma encubierta y, para colmo, llevaba meses sin cobrar.

Tras unos días de devaneos mentales decidió recapacitar lo sucedido. Estaba harto de aguantar, sí, de aguantar.  Necesitaba acabar con la situación cuanto antes.

– ¡Lo que me estas proponiendo es una canallada que puede joderme la vida! – exclamó Aurora, la prostituta, mientras se colocaba la ropa.

–  Sólo te pido que llames a su mujer y te hagas pasar por su amante – respondió Edwing.

– ¿Por qué quieres joder la vida a esa persona?

– Porque él y muchos como él me la han jodido a mí y a muchos como a mí.

– ¿Y crees que su mujer se creerá todo esto?

– Sí, está muy mosqueada, es un putero de mierda -. Aurora endureció el rostro tras la afirmación, a la que Edwing respondió un tanto apurado -: ¡perdona…! – después continuó -: Pues eso, que le pone los cuernos más de lo que quiere. Se gasta el dinero en todo tipo de vicios, y encima tiene la poca vergüenza de despedirme. Pero eso no es lo peor, el cabrón lleva meses sin pagarme. Me pide un esfuerzo, que son tiempos difíciles, que él está igual, muy jodido económicamente…

– ¿Y por qué no le cuentas eso directamente a su mujer?

– No, no me creerá. Pero si llamamos a su casa, tendrá pruebas.

– Sigo pensando que es una locura.

– ¿Aceptas?

Edwing llegó a un acuerdo económico con Aurora, no muy convencida de la venganza. No estaba por la labor de destruir una familia sólo por un cambio de contrato y un retraso salarial. Ella no conocía de nada a Edwing y en el club ganaba el dinero suficiente para sobrevivir.

Tuvieron que pasar días de encuentros. Charlas intensas agotando la hora coital para que, por fin, Aurora accediese.  

Por primera vez en su vida Edwing no había aceptado el fracaso como algo natural. Por primera vez, aunque de la forma más sucia – quizás como se habían comportado la vida con él -, plantaría cara a un destino estipulado y admitido por gran parte de la sociedad. No quería pensar en las consecuencias, reafirmaba sus convicciones ante la práctica con las circunstancias. La petulante voz de su jefe expresando los deseos de cambio de contrato tenía la suficiente fuerza para concebir un sueño que empezaba con tiempos mejores. Edwing sería un victorioso dentro de un árbol genealógico poblado de fracasados. Edwing utilizaría la deleznable estructura patriarcal para escupir a la estructura laboral, base sobre la que se asentaba su fracaso. Edwing sacaría los dientes a los restos más vigentes del maldito franquismo.

Aquella noche Aurora marcó el número de teléfono. Segundos después, una voz femenina se coló por el auricular.

– Sí.

– ¿Eres la mujer de Joan? – preguntó Aurora.

-Sí.

La conversación continuó tranquila entre las lágrimas de la esposa del jefe. Tras colgar, algo cambió en la expresión burlesca de Aurora.

– ¿Esa mujer no se merecía lo que acabamos de hacer?

– ¿Y qué quieres, que ese hijo de puta se siga riendo de ella?

– Tú no lo hiciste por eso, dentro de su mentira y su aceptación del destino, ella era feliz.

– Ese es el mismo problema que yo tengo, aceptar las cosas tal como son.

– ¿Y qué será de la mujer tras el divorcio?

– No tendrá problemas, la empresa es de su padre. Él es un empleado más con un poco de potestad.

Aurora cogió el dinero de Edwing y, antes de dejar la habitación, preguntó:

– ¿Toda tu vida has aceptado las cosas porque sí?

– Sí – respondió, sonriendo, Edwing.

Aurora se dio la vuelta y continuó su camino. Edwing agachó la mirada. Ahora sólo quedaba esperar.

Al día siguiente su jefe llamó afoscado, maldiciendo en cada una de las construcciones sintácticas a la señora – puta según sus palabras – que le había jodido la vida.

Se divorciaba, dijo. Estaba en la calle. El suegro no quería saber nada más de él.

Edwing colgó el teléfono. Pensó en las incoherencias del sistema patriarcal, en lo burdo de la familia, en la manipulación y consiguiente mercantilización de la mujer. Pero, sobre todo, pensó en cómo, por primera vez en su vida, había logrado no aceptar el fracaso como algo congénito a su ADN.

Por la noche se sintió mal. Al alba acabó deduciendo que el remordimiento es la estrategia del sistema para ser aceptado, pura concepción socrática. Bebió un vaso de leche y se masturbó.

Había pensado que el día siguiente volvería a hablar con su nuevo jefe.