Javier no paraba de fumar. Estaba sentado en el sofá de dos plazas que había junto al escritorio. Con la mano derecha sujetaba un cigarrillo. Con la izquierda jugueteaba con un cenicero de metal y barro, que sostenía con el muslo derecho.
En la calle la escena seguía siendo desagradable. Por lo que podía apreciar, la policía acababa de confesar, a la mujer responsable del accidente y al familiar, que la ocupante había fallecido. Ambos lloraban desconsolados.
Caminé lentamente hacia la ventana y fijé la mirada en la supuesta homicida. En ese momento un policía la invitó a caminar hacia una patrulla de atestados para tomarla declaración. Fue entonces cuando un facultativo de los servicios de urgencia se acercó y, tras mantener una breve conversación, la llevó hacia la ambulancia. A simple vista parecía que no tenía ninguna lesión de gravedad. Pero ni la distancia ni la posición eran lo sufrientemente buenas para ofrecer una valoración al respecto.
Miré el reloj. No hacían más de quince minutos que habíamos dejado la sala de vistas. Miré a Javier. Vi cómo le empezaban a sudar las axilas, hecho que me llevó a fijar nuevamente la mirada en el accidente. En ese momento, otro agente, o eso parecía, empezó a fotografiar algo que, desde mi posición, no alcanzaba a ver. Por lo que comencé a pensar en si algún periodista de los que había en la calle esperando a que saliésemos del juzgado, quizás llevado por la curiosidad, se habría acercado a tomar imágenes del suceso.
– Sé perfectamente que te chantajearon – apuntó nuevamente Javier, tras levantarse sillón y apagar el cigarrillo.
– Te vuelvo a repetir, una vez más, que el cura había dejado de ser un problema para la empresa. Tú mismo lo hablaste con el que dices que es tu confidente. Te lo dijo claro, o eso me explicaste en su día: la Iglesia se separó del asunto. Sabes tan bien como yo que existe mucho juego sucio, sobre todo con el tema de la educación concertada, para perder el tiempo con un antiguo amigo de seminario.
Le respondí esquivo, quizás cansado de que volviese a hurgar en un asunto que, por suerte, pasó a un segundo plano nada más comenzar el juicio.
– Algo más que un amigo – me interrumpió Javier.
– ¡Me da igual que se petasen el culo cuando tenían quince años! – Le dije levantando la voz-. Una historia visigoda no es nada ni para Dios, ni para las ruinas del poder político y menos aún para las ambiciones de una empresa.
– Esos dos tenían algo más que un romance. Ocultaban no sé qué.
– ¡Pero, como bien dices, no sabes qué! – le interrumpí casi gritando.
Javier agachó la cabeza y, ofuscado, se dirigió a la pequeña biblioteca que albergaba la sala. Sacó un volumen de derecho constitucional, perfectamente encuadernado, y empezó a ojearlo. Sin hacer ademán de encontrar lo que buscaba, o eso parecía, empezó a subrayar con el dedo el texto del libro.
Luego de esto levantó la cabeza y me preguntó:
– ¿Y qué hay de los vecinos? Vuelvo a repetirte que había muchos problemas de paro en el pueblo.
– ¿Por qué intentas llevar la conversación a donde tú quieres? – pregunté molesto -. Te dije lo que ocurrió. Metí la pata. Ya está. Me cargué a ese tipo por no darme la morfina.
– ¿Sabes por qué lo intento? Porque hace nada acabas de confirmarme lo que sé desde el principio: que no eres el culpable. Y lo digo no solo por lo que le has desvelado al juez hace un momento, sino también por todas y cada una de las pruebas que existen en torno al caso: la del cajero, quizás la más obvia; pero también la supuesta y sonada extorsión de la empresa hacia ciertas personas para cargarse al sacerdote, descartada por la fiscalía al principio, es cierto; y la de ese día en que, de forma involuntaria y en pleno juicio, hablaste al fiscal en plural, haciendo responsable con tu declaración a otra persona de la que no sabemos nada.
– Me equivoqué. El Ministerio Fiscal lo ha desestimado también.
– ¿A qué estás jugando, Julián? -. Me preguntó mi abogado, mirándome a los ojos y con un tono bastante agresivo.
– Te vuelvo a repetir que no voy a hacerte famoso con este caso.
– ¿Por qué vas siempre a parar al tema de la fama? ¿No serás tú el que está disfrutando con todo esto de la tele?
– ¿Sabes a qué estoy jugando? – Le cuestioné para volver a la anterior pregunta -. A lo mismo a lo que jugó ese cabrón con nosotros. Primero nos regaló el caramelo y luego nos lo quitó. Espero que la familia sufra con la misma intensidad que lo hicimos los que dependíamos de su voluntad… ¿Sabes? Conocer la verdad para la familia debe ser como el mono para el yonqui… – me puse en pie -. Pero, por desgracia para la familia, cuando los hechos parecen estar más o menos claros, cuando parece haber un culpable, voy, les jodo, y les cambio todo el argumento. Y ahora, a esperar. ¿Has visto a esa que dicen que es su hermana? La que tiene pinta de monja. ¿Te has dado cuenta qué cara tiene? ¿Te das cuenta cómo sufre? Pues así sufrimos todos cuando nos quitó la morfina.
Javier se quedó en silencio. Después buscó en su bolsillo, sacó un paquete de tabaco y se encendió otro cigarrillo. Con el humo saliéndole por la boca, dijo:
– No me puedo creer que hayas hecho todo esto solo por venganza. ¿Pero qué clase de persona eres?
– La que conociste el día que tiraste los papeles para intentar darme la mano – le respondí con cierta ironía, recurriendo a un hecho bastante deplorable del pasado.
– ¿Sabes la putada que significa ser un abogado de oficio y solo poder defender a hijos de puta como tú? Parece que la ineptitud se paga caro en este sistema, como también la perversidad.
– Qué equivocado estas, no sé cómo cojones estudiaste derecho si crees eso.
Javier apagó con rabia el cigarrillo del que apenas había dado un par de caladas. Seguidamente se levantó y empezó a restregarse los ojos, para, a continuación, sacar dinero suelto de su bolsillo e ir a la máquina. Por el gesto de su rostro parecía estresado. Quizás el exceso de café y tabaco le estaban sacando de sus casillas. A lo que también, claro está, había que sumar mi actitud.
– Hay una cosa que no me cuadra de todo esto. Si no me falla la memoria, en ningún momento te he hablado de lo que acabas de comentar de la educación concertada. De hecho, he de reconocerte que no sabía la causa por la que la Iglesia se echó atrás. Y otra cosa: ¿qué hace un chaval de casi treinta, politoxicómano, con una pistola? – me preguntó, para mi sorpresa, mi abogado, para, seguidamente, decirme: – No quiero convencerte de nada, pero, llegando a este punto, no me gustaría que el caso terminase como no ha sucedido. La verdad es que mi vida ha sido una consecución de ilegalidades, no te lo niego. Como bien te han o he contado, soy la antítesis de un hermano y una familia perfecta. Pero eso no quiere decir que no tenga principios. ¡Julián, no voy a permitir que un puto niñato como tú, de algo más de treinta años, se declare culpable encubriendo a un entramado de poderes corruptos!
En ese momento me quedé sin palabras. Por primera vez desde que le conocía había estado hábil. En un abrir y cerrar de ojos me había desmontado los argumentos. Entonces tuve claro que, llegando a ese punto, no tenía que tomarle por tonto. Por lo que empecé a dar la vuelta a una historia que se me estaba yendo de las manos.
– Tuvimos una conversación en la que me dijiste lo de la escuela concertada. Si no recuerdo mal, me explicaste que tu confidente te transmitió que la Iglesia se había echado atrás tras la amenaza de la actual oposición de sacar a la luz el intento de construcción, de manera un tanto ilícita, de un colegio concertado en la otra legislatura. Y si quieres más información de aquella conversación, la detallo – le trasladé afoscado.
– Hazlo, soy oídos – respondió altivo.
– ¿Me estás vacilando? – le pregunté frunciendo el ceño.
– No.
– ¿Pues entonces?
– Te estoy pidiendo que me lo cuentes. Lo desconozco.
– Mentira – recalqué para, seguidamente, contarle lo que creo que no le había dicho y por lo que había metido la pata.
“Fue en el año 2012 cuando la presión demográfica en la comarca de La Sagra, fruto del movimiento poblacional del cinturón de Madrid, a consecuencia del encarecimiento de la vivienda y la pauperización de los salarios, obligó al entonces gobierno de Castilla-La Mancha a tomar una decisión en relación a la construcción de nuevos colegios, especialmente uno en la localidad de Seseña.
Las dos vías de actuación que entonces se barrajaron fueron las de levantarlo por el procedimiento de lo público o por el de lo privado concertado. La influencia de una trama corrupta a nivel nacional, enjuiciada después por temas relacionados con mordidas y demás corruptelas, hizo que el entonces consejero de Educación tomase la decisión de tirar por la segunda y asignar a una constructora asociada a dicha trama la edificación del centro educativo. Inmueble que nunca se licitó y si terminó. Eso sí, se realizaron algunos pagos a la constructora, en forma de indemnización, sin someterlos al Plan de Moderación Presupuestaria, argucia administrativa que asfixió a otras muchas empresas del mismo sector.
En todo momento la Iglesia fue conocedora de cada una de las decisiones tomadas. Incluso he de decir que las ejecutó, pues, de materializarse, el centro pasaría a ser, en lo educativo, religioso. La institución eclesiástica se apuntaba un tanto en una zona de influencia obrera que contaba con el añadido de no estar sujeta al encarecimiento que supone la escuela rural.
Con el cambio de gobierno, años después, el caso volvió a los despachos. Poco a poco los medios de comunicación locales empezaron a moverlo ante la necesidad de no solo uno, sino varios colegios nuevos en la comarca”.
En ese punto de la plática paré y me senté sobre la mesa de escritorio. Después le seguí contando que:
“El actual gobierno tenía todo preparado para sacar el caso a la luz pública. La razón no era otra que obtener rédito político de esta corruptela. Pero algo cambió las intenciones del ejecutivo, parando así la operación. Intenciones que se volvieron a activar cuando las protestas del padre Faustino fueron más que molestas y los apoyos de la Iglesia descarados. Fue ahí cuando el ejecutivo amenazó al arzobispado con sacar a la luz la trama. Al poco la Iglesia se retiró de la lucha y el cura murió”.
– Yo no te he contado eso nunca y tú lo sabes muy bien. No intentes engañarme – me respondió, sorprendido, Javier.
– No es cierto. ¿O es que, al caso, me tomas por tonto?
– Sé que tienes una mente muy por encima de lo normal, pero, aun así, no me vas a engañar. Además, a lo largo del proceso has cometido más errores que son útiles para saber que tú, al menos, no fuiste el responsable directo de la muerte del cura. Y si quieres, te los enumero. Algunos los acabo de mencionar como indicios.

– No es cierto – intenté desmentirle.
– El primero, el de hablar en plural. Vuelvo a recordarte que en una de tus declaraciones hablaste en plural. El segundo, el de reconocer en ante el juez que no eres el culpable. No me cuadra la vuelta a la tortilla que estás planteándome. El tercero, este del colegio concertado. Y el cuarto y último, el de la pistola, un arma que había sido vendida semanas antes, en un pueblo cercano, a un hombre del que se desconoce su identidad.
– No es cierto.
– ¡No es cierto el qué, Julián! – me gritó de repente -. Venga, dime, ¿quién era la persona que te facilitó o vendió la pistola? Está claro que no la utilizaste. Pero vuelvo a repetirte que no tiene sentido que un niñato marginal y politoxicómano como tú, tenga un arma. ¿No será que te la facilitaron ellos para que te cargases al cura?, ¿eh? Y otra cosa: ¿te amenazaron con la muerte de tu hermano, de tu madre o tu tía si decías una palabra? ¿A que sí? Dímelo, los de esa empresa eran unos cabrones. Te compraron por bastante dinero para matar al cura. Conocían el tema de la morfina y solo tuvieron que utilizar a uno de los yonquis que se beneficiaba de ella. Vega ya, cabrón. Di la verdad y acabamos con esto. Y si no lo quieres hacer por mí, porque como dices, solo quiero conseguir fama, que, a decir verdad, no lo niego, hazlo por esta sociedad. Recuerda que con tu silencio estás tapando la corrupción que tanto enriquece a unos pocos y empobrece mucho al resto.
– ¿Desde cuándo a Javier Palencia le ha importado la justicia social?
– Desde que me doy cuenta de que gente como esa me hace defender a escoria como tú.
– Lo dice el que se ha pasado la vida jugando a lo mismo – le dije elevando la voz -. Eso sí, con un resultado patético. En el fondo, ¿sientes envidia de lo que ellos hacen y tú nunca pudiste hacer? ¿Es eso quizás por lo que tienes tanto interés en resolver este caso?
– Como tú bien has sentenciado, solo tengo interés en la justicia social – me respondió irónico.
– ¿Cuánta gente llamará a Javier Palencia si las teles del todo el país trasmiten que tras el caso de los yonquis y la morfina había una auténtica trama de corrupción que implicaba a empresas, gobiernos e Iglesia?
– Quizás mucha, no lo niego. Pero ahora lo importante es la justicia social – recalcó aún más irónico -. Julián, te vuelvo a decir que sé que eres un tipo muy listo, pero has metido la pata. Di la verdad y haz algo por alguien que vaya más allá de tu puto culo.
– ¿Por quién, por ti?
– No, por la sociedad.
Me detuve.
Estaba cabreado.
Decidí quedarme en silencio. El cabrón me estaba sacando de mis casillas.
Le miré fijamente a los ojos y le dije:
– Creo que voy a volver a la sala de vistas. Es hora de poner fin a toda esta pantomima.
– No sabía que un hombre con tanto coco fuese capaz no solo ser un esclavo de la droga, sino también del poder. Tengo la sensación de que siempre has intentado hacer todo lo contario a lo impuesto para demostrar al mundo que tú eras más que el resto. Pero veo que al final el tiro te va a salir por la culata. Y todo, por cierto, por ser un cobarde.
– Si estás intentando dinamitar mis principios, creo que te equivocas. Más que nada porque tampoco los tengo. Me das tú y tu mierda de vida completamente igual.
– ¡Por qué no dices de una puta vez lo que sucedió!
Me gritó Javier agarrándome del cuello.
– Porque lo que sucedió, es lo que sabes, y lo voy a ratificar en breve ente su ilustrísima el juez Emanuel Castro, para que se dicte cuanto antes la sentencia. Y ahora, suéltame. Si no, no tendré más remedio que darte un par de ostias. ¿Te queda claro, Javier?
Le proferí a mi abogado mientras me zafaba de un acto que acaba de traspasar la frontera de la amistad que habíamos forjado con el paso y el peso de este proceso penal tan torticero.
– No entiendo nada -. Me respondió Julián, completamente abatido, mientras se retiraba a la ventana.
– La vida es así de injusta, Javier. Nadie entiende nada de lo que verdaderamente tiene que entender. Y, aun así, se empeña en seguir caminos que le hacen entender menos.
– ¿Qué quieres decir con eso?
– Lo que has oído.
– Pero no te he entendido.
– Dejémoslo estar, Javier. Dejémoslo estar.
En ese momento me acerqué a la puerta, la abrí y le expresé: -Voy a pedir que se reanude el juicio. Estoy harto de tanto mentir.