julián garcía, capítulo 20

Aquel encuentro con el alcalde de Tula lo cambió todo. El descuido del móvil, la oferta de matar al sacerdote con una pistola que había conseguido el Hijoputa y el compromiso de pagarme nada menos que 400.000 euros, algo, por cierto, que no había contado hasta el momento, fueron razones suficientes para dar un vuelco de ciento ochenta grados al sinsentido de la historia.  

Durante varias horas pensé en lo que de un tiempo a esta parte me había sucedido. Era obvio que la propuesta de José Miguel parecía muy arriesgada. Aunque, por otro lado, por sí sola podría cambiar la situación tan nefasta y muchas veces contradictoria que estaba atravesando.  

Tras una noche de preguntas y malestar, resguardado junto al calor de una chasca que se apagó cerca de las tres de la madrugada, con la temperatura rozando los cero grados Celsius – o eso decía un viejo termómetro de mercurio que había colgado en una pared de la antigua sala de máquinas de la Mina -, tomé la decisión de consultar las dudas a la única persona que me las podía aclarar: mi tía.

Con esas, guiado por la irresolución, marché bajo las primeras luces del día en dirección al pueblo. La escarcha y la niebla hicieron difícil el camino. Era tan insufrible la sensación de congelación, que cada dos por tres me encogía y abrazaba para así reequilibrar la temperatura de mi cuerpo.

Ya cerca de las nueve y con los hielos reconvertidos en agua, llegué a su casa.  Allí, delante de su puerta, medité varias veces si llamar o, por el contrario, marcharme. Había sido tan sumamente amarga la despedida – bueno, las despedidas -, que parecía egoísta volver a implicar en mis movidas a la única persona que me quedaba en el mundo que yo mismo había construido.

Tras varios minutos de reflexión y después de que algún vecino que otro empezase a observarme a través del cristal, sorprendido quizás por mi presencia, pulsé el timbre. Al principio no contestó nadie. Por un momento pensé que tía Marta estaba fuera. Pero, al rato, ya cuando había decidido marcharme, la puerta se abrió.

Fue ahí cuando, pasmado, exclamé:

–  Hola, tía. ¿Cómo te va todo?

Entonces, con cierta pesadez en la construcción de las frases, como si le costase articular, aunque escondiendo una pequeña sonrisa en sus labios, seguro que provocada por la felicidad que le generaba verme, me preguntó:            

– A ver, ¿qué te ha pasado?

– Pues imagínate… – la respondí, alargando la última sílaba.

– Problemas, ¿no?

– Más o menos.

– Problemas. ¡Cuando aprenderás!

– Ya, es que muy de vez en cuando la vida se tuerce y, ya sabes, uno tiende a recurrir a sus referencias -. Sentencié, cabizbajo, intentando tirar todo lo que podía de sus emociones.

En ese momento tía Marta se quedó en silencio. No dejaba de mirarme a los ojos. Parecía como si estuviese leyendo lo que detrás se dilucidaba.

Luego de esto, con cierto halo de amabilidad, me dijo:    

– Pasa, pasa… no te quedes ahí fuera, hace mucho frío. Pasa. Tomamos algo calentito y me cuentas.      

Lo último que sabía de tía Marta era sobre su marcha a Bilbao para recontratarse con Justo. Un viaje, por cierto, según relató, que vino a sumarse a la sucesión de derrotas que la hermana de mi madre coleccionaba a este respecto, y que pronto emulsionó en sus adentros, incrementándola la depresión.

– No sé qué hacer, de verdad, tía. Es una locura. Pero al mismo tiempo me brinda la posibilidad de dar carpetazo a todo y comenzar una nueva vida. El dinero que me ha ofrecido el alcalde me da para vivir un tiempo, buscarme un trabajo e, incluso, comprarme una casa lejos de este puto pueblo. No sé si en la ciudad, pero sí lejos de Tula.

Expliqué a tía Marta mientras sorbía un café en la mesa de la cocina, junto un calefactor que nos equilibra la temperatura corporal.    

– Pero, Julián, ¿no te das cuenta que lo que te propone el alcalde es matar a un hombre, que para más inri es vicario de Dios? – aclaró, intentando que recapacitase.

– Pero es mucho dinero, tía. A mí ese cura, sinceramente, me la pela. No creo en nada y menos en un Dios que nunca he visto y que poco me protege cuando lo paso mal. Y lo importante, faltaría menos, soy yo. 

– No digas más tonterías, por el amor de Dios. Y nunca mejor dicho. Búscate un trabajo en condiciones de una vez por todas. Empieza a ser una persona normal y madura. Eso es lo que tienes que hacer, madurar. 

– Ya sabes que yo no valgo para trabajar. Nunca se me ha dado nada bien.

– Para eso vale todo el mundo, no me seas cínico, Julián.  

– No, yo no valgo. Mira las veces que te he dejado mal.

– ¡De eso mejor no hablemos! – exclamó, mostrando cierto enojo.

– Pero es la justificación a lo que te digo.

– ¿Ya no te drogas? – me preguntó, de repente, cambiando así la dirección de la plática.

– No – respondí tajante.

– ¿Quieres quedarte a comer?     

No seguí con la conversación. Sabía que, en ese momento, tía Marta estaba hasta arriba de antidepresivos. Que después no recordaría nada. Y que de lo que se acordase, haría lo posible por olvidarlo.

Me quedé a comer.

Me contó varias veces lo triste que estaba. Sus desgracias, porque no había otra palabra, con Justo. Lo mucho que le apenaba el no haber podido tener un hijo.

– Me veo todos los domingos en un sillón rodeada de cadáveres con vida, acechada por la muerte, el abandono y la soledad. Viendo cómo me consumo mientras el resto tiene la visita poco frecuente de los que en otra época salieron por su coño. Saboreando, con olor a pis y a sudor agrio, lo que la vida te regala cuando no has cumplido con el único sentido que tiene nuestra presencia en el planeta Tierra. Dios creo al hombre a su imagen y semejanza, y lo hizo, sin duda, para que nosotros, el hombre, o en mi caso, la mujer, continuemos con su obra más importante y la hagamos perdurar a lo largo de los siglos. Me iré al otro mundo sin haber tenido un hijo, eso es algo que ya, por desgracia, tengo claro. Y es que la flor que un día habitó en mi interior, la misma que desde los trece ha arrojado semillas al vacío cada veintiocho días, hace tiempo que se ha marchitado. Me da vergüenza decírtelo, pero te lo voy a explicar: la mujer que un día fui, se marchó, quedando solo el envoltorio que, día a día, en el trascurrir de la tarde, se seca como si fuera una cáscara de fruta.                 

Tía Marta se despidió como si de un día cualquiera se tratase. Era tal el estado de embutición mental que padecía, y más según pasaban las horas, que poco antes de salir por la puerta me recordó que no perdiese el tiempo y que buscase a alguien con quien casarme, tener hijos y pasar el resto de la vida.

– Y no te duermas en los laureles como tu tía. Si no, morirás viejo y solo, como haré yo no tardando mucho.

– No digas tonterías, tía. No eres vieja y todavía puedes conocer a alguien. Lo de tener un hijo, quizás es más difícil. Pero a lo mejor, por qué no, puedes adoptar.

– Lo dudo, hijo, lo dudo. ¿Quién va a confiar una vida a una mujer que se siente un bichito, en un mundo dominado por gigantes de carne, hueso y rutina? 

Aquella tarde estuve probando la pistola en la Presa Romana. Quería saber la destreza que tenía y la capacidad para disparar el arma en el supuesto de que lo tuviese que utilizar.

Tras varios tiros y agotar unas cuantas balas, me senté a observar la inmensidad que crecía delante de mis ojos. Allí, las encinas y el granito se entremezclaban en lo que en otra época había sido un valle inundado, donde las carpas y las truchas se reproducían junto a ciervos y conejos que, seguro, bajaban a beber.   

Con los ojos cerrados y la cabeza erguida, respiré profundo unas cuantas veces.

Intenté dejar escapar toda la tensión que agarrotaba mis músculos.

Bucee en los tormentos de mi subconsciente, salvándome a mí mismo de la borrasca de contradicciones que me apresaban.   

Cuando decidí marcharme, entre tomillos, jaras y romeros, me detuve delante de la mole de piedra y tierra que, en otra época, había contenido el agua. La presa reventó en torno al siglo tres y, desde entonces, nadie se había acordado de su existencia. Era paradójico ver la construcción y sentir cómo la importancia que en su día tuvo, simplemente estaba sujeta a la necesidad que marcó su momento.

A la caída tarde volví a pie a la Mina. En el camino las luces del atardecer se fundieron con los reflejos de los coches que, en la lejanía, circulaban por la carretera comarcal.   

Ya de noche, entre chatarras y tras fumar un poco de hachís mirando el pasar de las nubes, abordé al Hijoputa, quién, intranquilo, miraba por una oquedad desde la que, a simple vista, no se veía nada.

– Estuvo el alcalde hablando conmigo – le dije -. Me contó que le habías conseguido un arma. Incluso me la dio. Quiere que me cargue al cura.

– No sigas por ahí. A mí eso no me interesa. Y a ti tampoco si no quieres desaparecer ahora mismo. ¿Te enteras? – expresó con cierto enojo.

– La que hay montada con la cantera.

– ¡He dicho que te calles! – me gritó.  

– Esta tarde estuve probando la pistola en la Presa Romana. No soy tan malo como en un principio pensaba. Nunca antes había disparado. Bueno, sí, con la vieja escopetilla de uno de mis tíos. Aquella mierda desviada, más que matar asustaba… Cuando volví a la Mina, fui por el sitio en el que quieren hacer la cantera y me encontré a Jacinto y a sus hijos pinchando las ruedas de un coche… ¡Cada uno protegiendo lo suyo! ¡Qué más da el resto, aquí cada cual va a su puta bola…!

Mientras hablaba, el Hijoputa se fue acercando a donde estaba sin que me percatase. Justo cuando se encontraba a mi lado, me agarró con la mano derecha del cuello, me apuntó con la otra con una navaja y me gritó:

– ¿Sabes que por bocazas como tú caemos gente como yo? ¿No te das cuenta que le importas una mierda a todo el mundo? Como todo el mundo le importan una mierda a todo el mundo. Mira yo, me paso por el forro de los cojones los principios y día a día me vendo a los maderos. Y, ¿sabes por qué lo hago? Porque en este mundo, si no piensas en ti, nadie lo hará por ti. ¿En algún momento me has visto preguntarte algo que te pueda relacionar con alguno de mis trapicheos? No, lo hago y ya está. Así que mantén la boquita cerrada. Conmigo, maldito cabrón, no vas a tener la suerte que tuviste con Gabriel. ¿O es que ya no lo recuerdas?

Tras esa pregunta me quedé petrificado. Durante unos segundos no supe qué hacer. Aquellas palabras me habían activado algo que me dejó fuera de juego.

Casi tartamudeando, y con la mirada escondida en la oscuridad de la noche, le pregunté:

– ¿Conocías al Ángel Gabriel?

– Digamos que sí. Estuvo trabajando para el Americano y vino por la Mina unas cuantas veces.

– Hace mucho tiempo que no sé de él – le expliqué para indagar un poco más.

– ¿No me digas?

– Si.

– Sabes, en una de esas visitas de las que hizo a la Mina, te vio tirado en una esquina, estabas durmiendo. Tuvo la intención de matarte, porque a los bocazas – subrayó acercándome más la navaja al cuello – se les mata.

– ¿Por qué dices eso?

– Me contó lo del soplo del bar. Cómo la cagaste por no saber tener la boca cerrada.

-Yo no fui. Yo no hablé con nadie y ni mucho menos di un soplo. 

– Él tenía sus dudas.

– ¿Y por eso hubo que señalar al primero que pasaba por allí? Cargarse al más débil de la cadena no es muy complicado. Me tuve que borrar. Reinventarme y renacer en la otra punta de la ciudad. 

El Hijoputa me soltó del cuello y guardó la navaja.

Después, mirando nuevamente por la oquedad, añadió:

– Cárgate a ese puto cura. Aunque solo sea por lo que nos está haciendo con lo de la morfina. Acuérdate de lo mal que lo estamos pasando. Y después coge la pasta y lárgate, nadie te encontrará, te lo puedo asegurar. Sabes, si das el paso te aseguro que va a comenzar una nueva vida para ti. No estás enganchado a la mierda. No tienes nada por lo que quedarte en un sitio como éste. ¡Nada! – me gritó.   

– ¿Y cómo me lo puedes asegurar? – le pregunté un tanto desconfiado.

– Mira, chaval, fui yo el que te recomendé al alcalde. Me das pena. Discúlpame, no dejo de pensar en cómo cojones puede estar un tipo como tú en un sitio como éste, y más sin estar enganchado a la puta heroína y siendo un exadicto. Lárgate, deja de pensar tanto las cosas. Sal corriendo. Lárgate. Estás a tiempo. ¡Vuela!

Me gritó, haciendo retumbar esta última palabra en el vacío de la noche.

– No es tan fácil como tú lo pintas.

– ¿El qué?

– Matar a una persona.

– ¿Matar a una persona?

– Sí.

– Julián, somos la sombra de un sistema que se niega a reconocer nuestra existencia. ¿No te ha quedado más que claro? Deja de ser una sombra y conviértete, al menos, en quien la proyecta. Déjame que te diga que pocas veces se te va a presentar una situación como ésta. Si siegues rondando por aquí, acabarás siendo preso, antes o después, del caballo.  

Cogí aire y le miré a los ojos.

Después, mostrando indiferencia, le dije:

– Me voy a dormir, ya va siendo hora.

– No te lo pienses tanto. Ten cojones y sal de esta mierda de una vez.

– ¿Por qué insistes? ¿No me decías que el hombre es un ser individual al que poco o nada le importa el prójimo?

– Tú verás lo que haces. Yo, únicamente, he querido servirte de ayuda.

– No la necesito. Buenas noches.

– Buenas noches.                  

Al día siguiente, con las primeras luces de la mañana, partí al pueblo. Tenía la intención de ir a la ciudad para comprar cocaína y hachís. Necesitaba evadirme de un contexto que, poco a poco, me estaba friendo las neuronas. Sabía que la droga era la única forma de salir por momentos de la asfixia mental que me estaba enterrando en vida.  

A eso de las 9 llegué a la parada del autobús. Poco después, éste, el autobús, hizo lo propio. Éramos pocos los que a esa hora teníamos previsto marchar: un par de señoras que, a decir verdad, en un principio no reconocí, luego de un rato supe quien eran, y un perturbado mental que cada mañana, o eso contaban, huía a la capital en busca de sexo.

Ya de camino, sentado junto a una japonesa con aire de parisina sobreactuada, que portaba una cámara de fotos bastante llamativa y que se había montado en la estación de Toledo con otras tantas como ella, volví a pensar en lo que me estaba ocurriendo. Matar a alguien no era nada fácil por mucho que el Hijoputa lo presentase como una oportunidad. Hacer lo que siempre te han dicho que está mal, es algo imposible de concebir hasta para aquellos que, como yo, o como tantos locos como yo, viven al margen de la ley.    

Una vez en la ciudad, en un bar contiguo al intercambiador de Plaza Elíptica, comí un bocadillo de calamares. Tranquilo, degusté el alimento mientras seguía pensando. En cada bocado, a la sazón que los sabores emulsionaban con la saliva, las neuronas hacían lo propio con el sumatorio de contradicciones que unas veces, las menos, no eran tales y otras colisionaban con mi manera de pensar y, por ende, de actuar.

Mientras mi cabeza dilucidaba todo esto, a mi lado una pareja de ancianos jugaba a las cartas a la vez que comentaba las últimas noticias relatadas por los medios de comunicación sobre la desaparición del alcalde de un pueblo del norte de España. Al parecer, según apuntaban, motivados, claro, por la opinión sesgada de los expertos televisivos, el edil no habría huido como en un principio se pensaba y estaría en paradero desconocido, posiblemente descuartizado en el monte o el algún sitio similar. Uno de ellos, el más mayor, o eso mostraba a simple vista, dijo creer haber oído que la muerte respondía a una rencilla con un vecino, incitada por temas estrictamente políticos. También explicó que la policía lo había sospechado casi desde el primer momento en que se denunció la desaparición.  

Tras escuchar tan macabro relato, por un tiempo me puse nervioso. Comparé lo narrado con lo que me podía suceder en caso de cometer el crimen. Pensé en la facilidad que tiene la policía de encontrar a los responsables de los asesinatos. En como la opinión pública genera una presión colectiva que seguro hace rendirse a quien o quienes detrás se esconden. Con estas palabras, sabías, seguro, tenía claro que era más que cierto que para cometer un crimen o eres bueno o estás bien cubierto o acabas siendo carne de cañón de los responsables de velar por nuestra seguridad: vaya, que la policía te engancha rápido.            

Ya para cuando fui a pagar, todavía con el sabor café que tomé tras comer el bocadillo, me di cuenta de que no tenía dinero suelto, así que me escondí en el baño, esperé y, cuando comprobé que el establecimiento estaba casi lleno, salí echando ostias. Después de esto cogí el Metro hasta Puente de Vallecas y, desde allí, andando, fui a la casa de Clamores, el camello desdentado, de no más de cincuenta kilos, que, a partir de las redadas, nos andaba pasando perico, caballo y, muy de vez en cuando, costo.

Tras unas cervezas y una charla sinsentido, decidí comprarle un par de gramos de coca y algo de hachís, que, según me aclaró repetidamente, lo acababa de traer del Sur. (Al parecer, a un moro, que no recuerdo cómo se llamaba y que operaba en toda la zona centro, le había cazado la policía con un importante alijo en el Estrecho. Había sido ésta, la policía, con el objetivo de evitar la sequía y con ello el descontrol, quien, a través de intermediarios, había repartido toda la merca a un precio como pocos se podían encontrar en cualquier punto de venta del Estado).  

Luego de esto, justo cuando había decidido marcharme (Clamores no me estaba contando más que gilipolleces), llegó su hija Macarena. La chica, de no más de 16 años, estaba preñada. Algunas lenguas decían que el hijo era de Clamores, su propio padre. Ciertas voces suspiraban que el narcotraficante se la metía desde muy pequeña. Otras, sin embargo, más cautelosas, exculpaban de tal delito al padre, pero le responsabilizaban del prematuro embarazo de la niña. 

– Vaya hija que tengo, ¿te gusta? – me preguntó mientras la acariciaba el culo.

– ¡Papá! – exclamó avergonzada.

– ¿Papá? – le preguntó irónico.

– Es guapa – le respondí.

– No la mires mucho, que te corto los huevos, maldito hijo de puta – me gruñó.

– Me has preguntado.

– Sabes, la gente es una hija de puta.

– ¿Por qué, Clamores?

Le inquirí, justo en el momento en que la hija del camello dejaba el salón y se marchaba, por lo que intuí, a su habitación.

– Porque dicen que soy el padre.

– ¡Qué cabrones! – le respondí haciéndome el sorprendido.

– ¡El padre yo! A ver, a veces a uno se le va la mano. Pero tanto como para hacer un bombo a tu propia hija. Vaya, que lo que te digo es que sí, que se la he metido. ¡Pero cómo cojones la voy a dejar preñada!  

– La gente, Clamores, la gente. Ya sabes cómo es y lo que le gusta hablar de más.

– ¿Quieres una raya? – me preguntó.

– Si me la pones, no te voy a decir que no.

– Claro que te la pongo; y de lo bueno, joder.

– Pues gracias.

– Tengo un perico que te cagas. Me lo trae un gallego de América. Y no es Colombia, ¿eh? Es de este país que está por encima…

– México, tal vez.

– No, qué va, más pequeño.

– Pues no sé, ¿Nicaragua?

– Tampoco.

– Honduras.

– Menos.

– El Salvador.

– ¡Qué va!

– ¿Bolivia?

– Sí, creo que es de allí.

– Pues ese también es grande y está más o menos a la misma altura.

– ¡Yo qué sé! – me respondió para, seguidamente, subrayarme. – Lo que sabes, ¿eh? Eres un tipo listo como pocos conozco.  

– ¿Clamores? – le pregunté cortando el hilo de la conversación.

– ¿Qué?

– ¿Te puedo hacer una pregunta?

– Sí, claro, las que quieras, hombre.   

– ¿Tú has matado a alguien?

Durante unos segundos el camello se quedó en silencio. Luego de esto, mirándome fijamente a los ojos, me preguntó:

– ¿Por qué me preguntas eso?

– Me han ofrecido cargarme a alguien a cambio de libertad. Bueno de dinero y…

– Voy a por la coca.

Clamores regresó al salón al rato. Una vez allí se sentó junto a la mesa y, con cuidado, volcó un poco de coca sobre un cristal que guardaba entre la televisión y una colección de enciclopedias.  

– Haz lo que más te convenga – me dijo, para mi sorpresa, mientras machacaba la sustancia con una tarjeta de la Seguridad Social -, pero no se lo digas a nadie, gilipollas.

– Ya, pero…

– A nadie, a nadie.

– Pero…

– Uno tiene que ser lo suficientemente inteligente… Y no te digo más.     

Tras ponerme la raya y beberme otra cerveza, dejé la casa y fui directo a la estación. Allí cogí el autobús de regreso al pueblo, no sin antes ser víctima de un registro de la policía que, fruto del azar y de su poca profesionalidad, no fue a más.   

Ya en la Mina, pasé parte de la tarde fumando y poniéndome de coca.

Cuando estaba saturado, me acerqué al pueblo y malgasté el poco dinero que me quedaba en cerveza en el bar de Galiana. En sus entrañas, los parroquianos de siempre se dejaban el sueldo que mal ganaban en la máquina tragaperras, mientras bebían güisqui, veían el partido del Madrid e intercambiaban experiencias sexuales realizadas bien con sus mujeres o bien con las queridas de turno o bien con las putas que intercambiaban los fines de semana.

Recuerdo que, cuando salí del bar, hacía mucho viento. Tanto que casi, en más de una ocasión, perdí el equilibrio.

Tras caminar un rato sin rumbo claro, me senté en un escalón. Había llegado el momento. Tenía que actuar cuanto antes. El tiempo jugaba en mi contra y, cualquier intento de postergar el asesinato, era una forma encubierta de justificar el pavor que me producía.

Cerca del cerro Porquero, un lugar que debe su nombre a quienes en otra época lo habitaron y a la familia que después acarreó con el mote, robé la Vespa del Juli el Musiquero y me fui directo a la Mina, a la que llegué pasadas las siete de la tarde.

No había nadie, por lo que fumé otro poco y me puse más de cocaína.  Para mi asombro, más que nada por el puestazo, caí dormido rápido.

Eran las once de la mañana cuando desperté al día siguiente. Lo primero que hice fue liarme otro porro y reflexionar un poco más sobre la situación. Esa noche le mataría. Lo tenía claro. A la tarde iría a la iglesia, tenía que tantear el terreno. Necesitaba conocer cada paso, los sitios por los que el cura se solía mover, las diferentes complicaciones que pudiesen aparecer en el supuesto de que algo saliese mal.

No debía dejar nada suelto.

Un error podía convertirse en un callejón sin salida, en un sitio que de por sí era ya un embudo para la policía.

Partí de la Mina pasadas las cinco.

Cuando llegué al pueblo dejé la Vespa del Juli en el lugar donde la había robado. Después me fui a la iglesia y empecé a merodear el recinto. Varias viejas me miraron desafiantes. Me conocían. Seguro que se preguntaban que qué hacía un excremento como yo tan cerca de la casa del señor.   

Pasé a la iglesia y me senté en un banco. Aunque de pequeño había ido bastante al templo (la obsesión de mi madre con las cosas de Dios) y lo conocía, necesitaba hacer una radiofotografía del entorno. Una placa mental que me permitiese calcular hasta el último milímetro los puntos flacos y la orografía que pudiese dificultar mi más que posible huida.

De repente, una mano se posó sobre mi hombro.

Miré para atrás.

– ¿Buscando a Dios, quizás? – me preguntó el padre Faustino, seguro que sorprendido por mi presencia.

– Quizás – le respondí tenso.

– ¿Qué tal sigues? – me preguntó como si no hubiese pasado nada.

– Sigo.

– ¿Vienes a por más morfina?

– Me sorprende que te hayas acercado y no hayas llamado a la policía, cuando la última vez que nos vimos, casi te quitamos la vida –. Le manifesté con el objetivo de disculparme de una acción en la que había participado como soplón y testigo, pero nunca como agresor. 

– Si llamo a la policía y le cuento lo de la morfina, mi amigo y yo también tendremos un problema. ¿O no lo crees? – me preguntó mientras me agarraba del hombro, mostrando con esto cierto grado de afecto.

– Llevas toda la razón. Ambos estamos en el lado prohibido de la vida.

– O en el lado equivocado.

– Eso seguro – le respondí al tiempo que peinaba los cuatro pelos que me crecían en la barba.

– ¿Qué te trae por aquí? – me preguntó nuevamente, mostrando cierta sorpresa -. Si no vienes a por morfina, es harto rara tu presencia. Porque, a decir verdad, Dios está en todos los cuerpos. Pero no todos los cuerpos asumen que Dios está ahí. Y creo, sinceramente, que tú eres un claro ejemplo de lo que estoy hablando. ¿O quizás me estoy equivocando?      

En ese momento me detuve. Cualquier error podría hacerle dudar.

Acto seguido, tartamudeando, le respondí:

– Me trae la necesidad de encontrar ayuda para salir de un mundo que poco a poco me está matando. Un mundo que no logro entender y del que, cuanto más huyo de él, más me atrapa. Un mundo que cada vez que me ofrece mejoras, me pone pruebas a cuál más complicada. Un mundo, en definitiva, que no está hecho para mí y del que, si nada cambia, pretendo desaparecer -. Le expliqué reflexivo, clavando, en cada una de las palabras, la mirada en el retablo del siglo XV que adornaba el templo y en el que se representaba parte de la vida y obra de Jesús de Nazaret.       

– ¿Sabes qué? Son muchos años tratando con gente y, sinceramente, creo que me estás mintiendo. Pero, a decir verdad, me da igual. Solo espero que este momento te sea útil para hallar eso que parece que no logras encontrar. Espero que no sea algo parecido a lo que hizo aquel que está allí – me subrayó el cura, señalando con el dedo a la representación religiosa.

– ¿Quién es?

– Judas.

– ¿Por qué dices eso? – le pregunté sorprendido.

– Porque tus palabras y tu presencia aquí tienen muy pero que muy poco de verdad.  

– No miento, padre – proferí temerario al ver que algo no le cuadraba.   

– Sí que lo haces. Por eso solo te puedo recomendar que hables con Dios. Él te ayudará. Hazme caso. Reza. Llega a él. Cuéntale todo lo que te pasa – me advirtió, esto último mientras iba camino de la sacristía, atravesando lentamente la iglesia bajo la atenta mirada de una feligresa que acaba de entrar y acoplarse en un banco situado al fondo.

Sentado, con una lágrima corriendo por mi mejilla, miré al sacerdote como se diluía en la oscuridad que dominaba la distancia. Era la primera vez, en mucho tiempo, que algo me retorcía el alma. No lo podía entender, pero, ese tipo, que no dejaba de ser un grandísimo hijo de puta, además de muchas cosas que mejor no diré, despertó en mí un estado totalmente opuesto a la indiferencia que, de un tiempo a esa parte, dio forma a la cadena principal de mi ADN social.

Fue entonces cuando le grité:       

– ¡Padre Faustino!

Lentamente, el cura se dio la vuelta y, casi sin mirarme a los ojos, pero con la mirada clavada en un punto que no logré saber de su origen, me respondió:  

– ¿Sí?

– ¿Por qué el ser humano cree cada vez menos en el ser humano?

– Baja la voz, estás en un templo sagrado – me susurró acompañándose por un movimiento de manos.

– Pero, ¿por qué?, padre. Dímelo, padre. – Le repetí subiendo aún más el tono.

– Porque que cada vez, por desgracia, está más supeditado al condicionante del otro ser humano.

– ¿Qué quiere decir? No le entiendo – le pregunté.

– Consúlteselo a Dios. Él te ayudará a responder todas tus preguntas, y te aclarará, si eres honesto y locuaz con sus plegarias, lo que acabo de decirte.

El padre Faustino se metió por una puerta lateral que había junto a la sacristía, justo debajo del retablo.  En ese momento agaché la cabeza y, sin saber por qué, empecé a rezar. Con los ojos empapados en lágrimas y la boca reseca le pedí al Dios en el que no creía que me diese toda la fuerza del mundo para matar a uno de sus vicarios. También le supliqué para que me perdonase por comportarme de una forma tan egoísta.   

– Dios, nos sé si existes. Pero si es así, dame fuerzas. Solo quiero ser feliz. Solo quiero ser, de una puta vez, una persona feliz. Solo quiero dejar un mundo que me está enterrando enviada. Solo, así estoy, solo. Cada vez más solo en un camino que no conduce a ningún lugar claro, joder. ¡No sé en qué parte de esta vida he perdido el argumento de todo! No lo sé, de verdad. No lo sé.  

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