Rubén…
Lo hizo un mes atrás. A primera hora de la mañana. Entonces creó un grupo de WhatsApp que tituló ‘Cena día 23’ – 23 de diciembre de 2013 – y metió a quines consideraba que podían ser parte de la cuadrilla.
La parrilla estaba junto al fuego. La leña del olivo había sido cortada en verano. Después se había dejado secar dentro de la casa para que la humedad de las primeras lluvias del otoño no evitase, por ejemplo, la magnífica lumbre que enrojecía los hierros de las parrillas. Rubén observaba con sigilo el espectáculo. Diana, mientras tanto, revisaba que estuviese todo en su sitio: la cerveza, el vino, la ginebra, el pan, el dulce, la carne, las patatas, las aceitunas, las cucharas, los tenedores, los cuchillos, los platos, los vasos… Nada podía faltar. Y más después de reunir a amigos y amigas del pasado. ¿Sería la última cena?, se preguntaba el par de dos repetidas veces. ¿O quizás una más de tantas que se celebrarían a partir de ese momento? Solo había que mover una ficha para que esto último sucediese y eso es lo que Rubén había intentado con aquella jugada maestra.
Lo hizo un mes atrás. A primera hora de la mañana. Entonces creó un grupo de WhatsApp que tituló ‘Cena día 23’ – 23 de diciembre de 2013 – y metió a quienes consideraba que podían ser parte de la cuadrilla. Metió a Esteban, a Rodrigo, a Joselu, a Pedro, a Miguel, a Amparo y a Joan, el novio – o eso creía – de Amparo. Como era de suponer, cada uno estaba en un sitio de la geografía y hacía su vida como mejor podía y le dejaban.
Rubén miró su reloj de pulsera y comprobó que eran las siete de la tarde. Después de puso en pie y fue directo a la lacena, donde guardada un pedazo de queso curado. Lo sacó, lo colocó sobre la mesa central del salón, fue a por la tabla y el cuchillo, que guardaba en un cajón contiguo, lo cortó en láminas muy finas y lo empezó a comer saboreando con intensidad el producto. Invitó a Diana, su chica, a que cogiese un trozo. Pero esta pronto declinó la oferta y se salió a la calle a fumar un cigarrillo. Rubén se lo tenía completamente prohibido. Su forma de ser, tan estricta, tan saludable y a la vez tan neurasténica, le hacía pensar que ese humo se metería en sus pulmones y antes o después acabaría provocándole el mismo final que le vaticinaba a su chica: un cáncer.
– ¿Qué frío hace en la calle? – dijo Diana una vez entró tiritando del exterior. Se podía ver la niebla desde la posición en la que estaba Rubén.
– Sí, hace mucho frío. Pero parece que para fumar no lo tienes – respondió con cierta ironía.
– Apenas he dado una calada al cigarro. Como puedes entender, no hay tiempo material para ello.
– ¿Solo una calada? ¿De verdad?
– Así es. No me apetecía más.
– ¿Y por qué sales?
– El mono.
– ¡Ay, el mono! – recalcó Rubén con cierto recochineo.
– ¿Has mirado qué hora es? – preguntó Diana mientras se colocaba su pelo rubio, liso y alargado. Una forma de llevarlo que se asemejaba a la perfección a su manera cuidada manera de vestir y de entender la vida. Muy en la línea de Rubén, que, aunque moreno, no descuidaba detalle a la hora de arreglarse.
– Estará al caer.
– ¿Pero te han dicho que van a venir?
– No me han dicho nada claro. Vaya, con Joan no cuento. Se salió del grupo a mediodía del día que lo cree. Me escribió por privado y me dijo que ya me contaría el porqué. La verdad es que desde entonces no sé nada de él.
– Estará a matar con Amparo.
– Siempre están igual.
– La verdad es que sí. No sé cómo no se dejan de una vez. Y más después de lo de Amparo.
De repente sonó una señal digital de un móvil. Rubén miró el bolsillo. Era el suyo. Lo abrió y comprobó que diantres decía el mensaje que le acaba de llegar. Se quedó retenido unos instantes leyendo una especia de documento digital. Después levantó la cabeza y, con la cara desencaja, centró la mirada en el vacío.
– ¿Qué lees? – preguntó Diana.
– Me acaban de enviar la última nota de la universidad. Oficialmente soy médico.
Su chica se quedó petrificada. Después dio unos pasos adelante y le abrazó con mucha fuerza. También le besó en la boca varias veces.
– Sabía que lo conseguirías. Te quiero mucho, amor mío. Has conseguido lo que tanto esfuerzo te ha costado.
– Y yo, amor. ¡Por fin médico! – exclamó Rubén con mucha alegría.
– Eres el mejor, cariño, eres el mejor.