Esteban…
Cantar la gallina a tiempo era la mejor expresión que había escuchado en las últimas semanas. Pero esa no era la cuestión exacta. No. No se podía reducir a algo tan simple. Mi problema se llamaba exceso de bondad
Cuando me senté delante de aquello no había motivo para seguir vivo. Todos los pilares que durante años había construido – en un centro frío y tenebroso apartado de la sociedad, con hombres de palabra fácil que vestían de blanco -, se derrumbaban en una fracción de tiempo tan ínfima que venía a durar lo que se tarda en sacar una bolsita, volcar sobre un cristal parte de su contenido, aplastarlo con una tarjeta, realizar una línea perfeccionada y de inmejorable rectitud, enroscar un billete y esnifar el fracaso que modifica el malestar subjetivo para que el material, ese que te envuelve día a día, quede desfigurado cuando no apartado por momentos.
Cantar la gallina a tiempo era la mejor expresión que había escuchado en las últimas semanas. Pero esa no era la cuestión exacta. No. No se podía reducir a algo tan simple. Mi problema se llamaba exceso de bondad. Esperar de la gente la confianza que les intento conferir a cada paso que doy. Ser consciente de que, en este mundo, castigado por la apariencia y el yo soy, el currículum o simplemente la homologación al día a día están por encima de lo que verdaderamente eres y te niegas a enseñar.
El reloj había marcado las once. La noche comenzó tras una jornada desagradable en el puto trabajo o como solía repetirme un amigo: fábrica de vejaciones. Cuando llegué a casa y después de dar varias vueltas al día tumbado en el sillón, cené despacio un bocadillo de jamón con los restos de un litro de cerveza que aguantaban en el fondo de la nevera. Tengo que reconocer que lo que es el líquido – la cerveza sin fuerza – estaba horrible, pero a decir verdad solo buscaba el valor añadido de su fermentación.
Diserté tomar postre, lo único que tenía era una manzana medio pasada pegada a un tomate recubierto de moho.
Una vez terminé, pasé de recoger las sobras. Entonces me senté en el sillón a esperar a Julio, mi compañero de piso y la persona con la que últimamente compartía los pasos. La persona, a decir verdad, que conseguía sacarme del pesimismo crónico que sufría y que, por desgracia, no me permitía mirar hacia delante.
En la televisión la programación era pésima. Muy habitual en esta época de mierda que vivíamos. No había nada coherente ni nada que pudiese despertar el mayor interés a cualquiera que se dignase a escuchar. Lo único superficialmente apropiado, análogo y con algo de provecho – si participas dentro del discurso hegemónico, claro -, era un programa de debate político estructurado en función del alegato de tertulianos de régimen que venía a decir lo mismo haciendo parecer lo contrario. Vaya, lo que viene a ser pura basura televisiva adornada con… en fin, basura.
A eso de las once sonó el timbre. Gracias al olor a porro deduje que era Julio. Su adición era tal que lo primero que hacía nada más levantarse era hacerse un canuto y fumárselo tranquilamente esperando el desenlace de la jornada. He de decir que su actitud muchas veces me despertaba mal estar. No podía comprender como una persona fuese capaz de encarrilar la vida supeditada a los designios del colocón. Está bien fumar de vez en cuando, yo lo hago, cojones, pero a todas horas, desde mi visión de exadicto, era una auténtica puta mierda.
Poco después de plantarse junto a mí y tras unos saludos y preguntas sobre el día – intercambio rápido y concreto de lamentaciones que venía a aderezar un poco la desidia que gobernaba nuestros cerebros -, empecé a liarme un porro de yerba. Julio subió a su habitación a prepararse para la noche. Su aspecto tras la jornada dejaba mucho que desear, y más si nos ceñimos a los cánones establecidos por nuestra impúdica sociedad. Cuando terminé de liarme el porro, y tras haber decidido no fumarlo, apagué la tele y subí a la planta de arriba a cambiarme de pantalones. No sé, muchas veces me arreglaba con la esperanza de encontrar a alguien que me quisiese, pero sabía que era cuanto menos imposible. Cada día, si soy sincero, tenía más claro que nunca encontraría a la mujer esperada. Y es que el prototipo que habitaba en mi cabeza de entender la belleza femenina se alejaba mucho de lo estipulado e impuesto en gran medida por nuestra sociedad. De ahí que, a decir verdad, me conformase con una puta mamada o un polvo mal echado de esos que al día siguiente invitan a salir corriendo.
En la planta de arriba sonaba la ducha, así que supuse que todavía quedaba un rato para decidir el dónde y el cuándo de la posible marcha. Julio solía ser bastante pesado con todo, y esa obligación, pues para él lo era, no se quedaba atrás.
Ante la más que posible espera, decidí bajar a la planta de abajo, sentarme en el sillón y fumarme tranquilamente el canuto clavando mis ojos, que no mi mente, en el reflejo de la televisión. Gracias a esto pude alcanzar un estado cerebral extraño, pero a la vez gratificante que, en parte, me reconfortó por momentos. Una forma banal, pero con ciertos tientes de coherencia que me permitía postergar la realidad y caminar dando la espalda a todo lo que por aquel entonces me machacaba por dentro.
– ¿Dónde vamos? – me preguntó justo cuando abrió la puerta del salón y se plantó delante de ms narices.
“El muy gilipollas no es capaz de poner fin a ese puto peinado que cada día me recuerda más al de un payaso”. Pensé cuando retiré los ojos del televisor y los clavé en sus huesos.
– Pues la verdad, no lo sé – respondí gobernado por la desidia, todavía anclado en ese espacio subjetivo en que estaba embutido.
– ¿Alcohol o mujeres?
– La segunda opción queda descartada, así que apostaría por la primera – maticé coherentemente para obviar una realidad que se alejaba de nuestras posibilidades.
– Pues vámonos, mañana trabajo.
– Tantas prisas ahora.
– Si quieres no salimos.
– No, no, pero si lo decía de broma – corregí al notarle cabreado
– ¿Pues entonces qué cojones estás diciendo?
– Nada, tronco. Es que no se te puede decir nada.
– Estoy hasta la polla de todo para que tú ahora me vengas a tocar los cojones.
– ¿Pero qué cojones te he tocado?
– ¿Qué?