capítulo 2. Fuck Off, amor

Esteban…

Caterina, a la que me refería, era ese tipo de personas que se cruzan una o dos veces en tu vida y que pronto se convierten en una prótesis necesaria que todo hombre necesita

En la calle hacía un frío de cojones. Tan solo algunos coches y el ruido de los semáforos al cambiar de color animaban el vacío del exterior. Julio hablaba sin parar de sus problemas en el trabajo. Yo hacía como que le escuchaba. He de reconocer que tenía la cabeza muy lejos de sus palabras y aún más del espacio por donde transitábamos. Los efectos de la yerba me habían transportado hacia una realidad paralela constituida de placer figurado y mendaz, y alejada, por segundos, de la rigidez que me producía estar vivo.

 – Y el tipo era raro, la verdad que muy raro. Y me pide que quiere un cambio en el contrato, que está hasta las narices de tener que aguantar este seguro. Porque claro, en sí el seguro que tiene es una estafa. Pero a ver cómo cojones se lo comunico. ¿Pierdo mi puesto de trabajo? Y, ¿qué hago, me vuelvo a casa con mis padres? Vuelvo diez años atrás. Un día lo voy a hacer, me voy a declarar en rebeldía. Maldita sociedad, maldito capitalismo que nos obliga…

– Parece que no está abierto – Interrumpí a Julio mientras señalaba el bar al que solíamos ir y en el que, por inercia, habíamos acabado.

– Espera – Respondió Julio para, seguidamente, separarse de mí, cambiar de acera y mirar detenidamente a fin de cercearse de que mis palabras no eran más que un error fruto del efecto óptico que provocaba la perspectiva en que nos encontrábamos.

– Sí, está abierto, ha sido pura imaginación. Debes dejar los porros de una puta vez.

– ¿Me lo dices tú? – Le pregunté con cierta ironía.

– Es verdad, quizás no sean los porros. Quizás todo sea fruto de la mierda que te metiste. Sí, va a ser eso. Bueno, lo que te decía…. Ah, sí, ¿que, qué hago? ¿Aguanto toda esta mierda que me como a diario o salgo corriendo de una puta vez? ¿Tú crees que mi padre querrá verme el pelo?

– Si no lo tienes- le respondí para intentar seguir la conversación aderezándola con un poco de ironía.

– ¡Ya te estás metiéndote con mi pelo! – exclamó señalándose la calva – Aquí todo dios se mete conmigo, se ríe de mí. Soy un puto payaso. Eso es lo que soy, un puto payaso. Tú, sin embargo, eres un depresivo. Pero aparte de eso también eres guapo, rubio, alto, delgado, vistes bien y encima enrollas a las tías con tu labia de cantautor de los setenta.      

– Gracias por tan perfecta descripción – continué con ironía –. Pero he de puntualizarte que, en lo que respecta a ti, te equivocas al decir que eres un payaso.

– Gracias también.

– Eso sí, si he de decirte que tienes pelos de payaso – le recalqué con una media sonrisa, intentando zafarme de una más que posible contestación en forma de golpe.

– Vete a la mierda, cabrón – me respondió elevando el brazo derecho.        

Desde la puerta, en la que había varios clientes fumando yerba y maldiciendo a la sociedad en su conjunto, nos percatamos de que el bar no estaba muy lleno. Aunque, a decir verdad, para nosotros eso no era un impedimento. Había música, alcohol y, sobre todo, afecto. Era el pretexto adecuado para generar utopías políticas aderezadas con una suma comedida de enajenantes y palabras estratégicamente colocadas. O lo que es lo mismo: el rincón de mierda para el resto de la sociedad en el que está permitido hablar, ponerse hasta el culo y beber hasta perder el conocimiento.

– ¿Entonces tengo pelo de payaso?

– Vamos para dentro. Tengo ganas de beber más. Necesito algo de alcohol y un poco de reflexión política para curar esta puta vida de castigo que llevo por mis excesos.  

Aunque, a decir verdad, nada de aquello sucedió.

Pronto, tras tres tercios, supuse que aquella noche no iba a tirar por ese camino. Mi inoculación mental y sus ganas de maldecir nuestra precaria situación, envolvieron la plática en un manto de recuerdos infructuosos que, conforme el alcohol nos acercaba más hacia nuestro yo animal, se hacían más intensos.

– Esto no puede seguir así. Esto es más de lo mismo. Que si me drogo, que si no me drogo. Que si cojo un teléfono. Que si voy al puto curro cada mañana a encontrarme la puta mierda de siempre. Que si hice una carrera de mierda porque me apetecía tocarme los cojones. Porque esa es la realidad, y los sabes. Me apetecía tocarme los cojones. Y tú lo sabes. ¿A que los sabes? – apuntó Julio exaltado mirándome fijamente a los ojos.

– Sí, lo sé – le respondí desganado.

– Yo podría haber sido Ministro. Ministro de los que roban. Y ahora tendría dos guarras chupándomela a todas horas. Sí, ahí, comiéndome la polla cada mañana en un despacho en la Castellana…     

– Estuve hablando ayer con Caterina – le interrumpí, de repente, harto de escuchar sus gilipolleces.

Julio se detuvo. Al rato frunció el ceño y, con el rostro un tanto compungido, me miró a los ojos y me dijo con un tono más relajado:  

– Llevabas meses sin saber nada de ella. Ya iba siendo hora.

Caterina, a la que me refería, era ese tipo de personas que se cruzan una o dos veces en tu vida y que pronto se convierten en una prótesis necesaria que todo hombre necesita. Era, digamos, una forma de querer sin amar que da sentido y reconduce tus pasos. El mejor pretexto para seguir vivo cuando la vida se convierte en un pasar de noches y los días. Una mera obligación por respeto a los que todavía te quieren gracias a la burda razón de haberte parido y haber crecido a su lado.

– Me habló de Judit.

– ¿De esa puta zorra? – Preguntó Julio enfadado mientras yo dirigía la mirada a otro lado. – ¿Pero no aclarasteis vuestra situación de mierda? – añadió.

– Sí, en parte sí. Pero pronto empezamos a hablar de lo mal que me iba todo y creo que la cansé.

Bebí un trago de cerveza cortando bruscamente la conversación. Con detenimiento, empecé a sentir el frío del líquido mientras bajaba por la garganta al tiempo que las ideas comenzaron a esparcirse por mis neuronas devolviéndome recuerdos que años atrás me habían arrastrado al ostracismo emocional y físico.       

– ¿ Y qué, alguna novedad sobre un tema que ya estaba más que enterrado?

– La hija de puta estuvo con Rodrigo parte del año que vivimos juntos.

– ¿Cómo? – Me preguntó Julio sorprendido.

En ese momento congelé el rostro. No sabía dónde mirar. Mi boca había soltado en una fracción de segundos algo que de un tiempo a esa parte me corroía por dentro. Un dolor enterrado que se había languidecido y que, nuevamente, había renacido.

– Nunca me lo dijo porque no quería hacerme daño. Es más, ella tampoco supo nada mientras duró. Se enteró meses después de que lo dejásemos.

– Rodrigo es un hijo de puta. ¿Pero ella? – Volvió a preguntarme sorprendido.

– Rodrigo es lo peor, nunca confié en él. Se la ha sudado todo el mundo. Y de ella… ¡Qué te podías esperar!