julián garcía, capítulo 23

El análisis forense detallaba que tenía seccionado un brazo, tres cortes profundos en la espalda y otro superficial. También una importante contusión en el cuello y una incisión en el cráneo, por la parte frontal. Aunque las llamas habían devorado prácticamente el cuerpo, el informe aventuraba que la hora de defunción fue anterior a la de incineración. El homicidio, supuestamente, se había realizado con un objeto afilado del tipo de un hacha o algo similar… Pero más allá de todo esto, que creo que ambos conocemos muy bien, y que así detalla el informe – subrayó mi abogado portándolo – se encuentra el siguiente interrogante: ¿por qué, sin más, aseguras que fue tu hermano el responsable de la muerte del sacerdote?

Me preguntó mi abogado.

– Porque él me lo confesó. Sí, me lo confesó. Estando en esa habitación tan tenebrosa de la iglesia; desnudito, con las manos manchadas de sangre, con la cara descompuesta – le respondí explícitamente.    

– ¿Le crees con la suficiente fuerza para cargarse a un tipo a hachazos? Un tipo, por cierto, robusto como era el sacerdote – me volvió a preguntar incrédulo.

– Mi hermano tiene casi 30 años, la edad y la fuerza suficiente para cometer una acción así. Que parezca un niño mentalmente, no quiere decir que lo sea físicamente. Ayudaba a mi padre en el campo. Tenía fuerza, mucha fuerza – le respondí con un tono áspero, mostrando cierto enojo e incredulidad por tan banal interpelación.  

– ¿Entonces le violaba? – me preguntó, todavía desconfiado.   

– Como bien sabes, el padre Faustino y su amigo, el arzobispo, habían violado a niños en la época del seminario. Durante años, el cura reprimió su afición o vicio hasta que un día decidió contratar a mi hermano como campanero. El chico era tranquilo, tonto y hablaba más bien nada. Una suma de puntos a favor que moldeaban un pastel irresistible para una mente. Sí, una mente, truncada como era la suya. Y entonces… poco a poco, como es obvio, el cura se fue acercando a mi hermano. Y poco a poco, como también es obvio, el vicario de Dios despertó algo que había dejado apartado años atrás. Hasta que, por lo que se ve, igual que la carne es carne y el pecado es pecado, el cura decidió ir un poco más allá. Es decir, cruzó la frontera que separa lo moral de lo inmoral y se volvió a tirar de lleno a la ciénaga de lo prohibido.

– A veces me sorprende tu dialéctica – apuntó Javier, mostrando verdadera admiración.   

– Mi hermano se tiró muchos años sin decir nada – continué contándole -. Piensa que era menor cuando todo empezó. Parece ser que siempre lo asumió como algo normal. Hasta que, un día, el cura le amenazó con apartarle de su única ocupación: la de campanero oficial de la iglesia de Tula. Faustino le contó a mi hermano que la razón del despido se debía a que no tenía suficiente dinero para pagarle, algo, por cierto, que a Borja le daba igual. Lo de pagarle, digo. Pero la realidad no fue esa: el cura no podía contener las tentaciones y el chaval estaba empezando a ser un problema… -. En ese momento cogí aire. Después, reflexivo, continué -. Aquel día en que quería matar al cura, mi hermano se adelantó. Le había vuelto a violar. Después de tan repugnante acción, le dijo que, cuando llegase su madre a recogerle, es decir, mi madre, le trasladaría lo del despido.

– ¿Y tu hermano se vengó? – me interrumpió mi abogado.

– Como cada día, después de practicar sexo con mi hermano, el padre Faustino fue desnudo a la habitación de la chimenea. El objetivo no era otro que asearse. Odiaba dormir oliendo a Borja. Pero, justo cuando iba por la mitad del recorrido, el hacha que en otro momento había servido para cortar la leña se clavó en su espalda varias veces. El padre Faustino intentó zafarse – le dije frunciendo el ceño -. Pero mi hermano reprimió el movimiento con un hachazo seco en mitad de su rostro.

Javier cogió aire.

Inmediatamente rebuscó en su bolsillo y sacó, de un paquete arrugado, uno de los últimos cigarros que le quedaban.

Tras encenderlo, me pregunto: 

– ¿Qué hiciste después? Es decir, después de saber todo esto.

– Después de hablar con mi hermano, le vestí y lavé las manos. Más tarde cogimos el cuerpo y lo arrojamos a la chimenea. Limpiamos el hacha con agua y jabón y lo dejamos con el resto de herramientas. Luego de esto cogimos algo de gasolina, que había en una caseta, y la rociamos por toda la sala. Después prendí fuego al lugar. La intención no era otra que fingir un incendio. Y si no colaba, como fue el caso, eliminar cualquier prueba que pudiese relacionar a mi hermano con el asesinato. 

– ¿Y tu hermano? ¿Qué hiciste con tu hermano? – me preguntó acaloradamente.           

– Le saqué por la puerta trasera. Le pedí que corriese a casa y que dijese a mamá que la iglesia estaba ardiendo. Que no contase a nadie nada de lo que había hecho, ni dijese nada de lo que había pasado. Siempre pensé que mi hermano diría la verdad. Pero, para mi sorpresa, eso no fue así.

– ¿Y qué pasó después?

– Pues que llagaron los bomberos, la Guardia Civil, fui detenido, y lo demás creo que lo conoces.

– O sea – puntualizó Javier mientras se frotaba los ojos -. Al final el padre Faustino no murió por el tema del supuesto yacimiento.

– No en parte – le respondí con cierto tono aclaratorio.

– ¿Por qué dices eso? – me preguntó nuevamente intrigado.

– Porque el padre Faustino murió por sus propios actos.

– No te entiendo…

Tras un pequeño silencio, que duró no más de cinco segundos, me levanté y le expliqué:

– El único motor que movió al padre Faustino, como ocurre con el resto de la sociedad, es el de proteger su propio culo. Recuerda que el cura empezó un movimiento de protesta para salvar un yacimiento amenazado por la construcción de una cantera. Recuerda que se enfrentó al Gobierno y la Iglesia. Recuerda que el propio alcalde me ofreció, guiado por el rencor, luego te lo aclaro, matarle con tal de que desapareciese de la escena pública. Recuerda que la Iglesia le apoyó porque no saliesen a la luz unos casos de corrupción que atentaban directamente contra la imagen del Arzobispado. Recuerda…

– Sí, lo recuerdo todo – me interrumpió mi abogado, con el único objetivo de que me callase.

Entonces, importunándole, le dije:

– Pues todo esto lo hizo, sabes, por una deuda.

– ¿Una deuda? – me preguntó sorprendido.

-Sí, la contraída con Jacinto, el propietario de los terrenos.

– ¡Cómo lo sabía! Eso era.

Mi abogado se levantó, apagó el cigarro en el cenicero y volvió a sentase en la silla.

– Jacinto pilló al padre Faustino con mi hermano en plena acción. Uno de esos días en que el pedazo de animal se pasaba por la iglesia para limpiar sus pecados – le aclaré de forma categórica. 

– ¿Y cómo lo sabes?

– Me lo contó mi hermano.

– ¿Y cómo sabe tu hermano que el cura actuó de esa forma solo por evitar ser destapado?

Tenía claro que a Javier no le cuadraba del todo la historia. Por lo que, sin más, me tiré a la piscina y seguí ampliándole la información.   

– Horas antes de ser detenido, cuando todo el mundo empezaba a sospechar de todo el mundo, me reuní con mi hermano en las ruinas de San Pedro de la Mata. Por suerte consiguió librarse de mi madre, asustada de que a su hijo le atacase el asesino del cura. Quería decirle que nunca dijese la verdad, que antes o después se me acusaría de los hechos. Que no se desmoronase. Que a mí no me importaba ir por él a prisión. Una vez allí, empezamos a hablar. Y lo hicimos tanto y tan intenso que me contó que, además de saber yo lo de los abusos, también lo sabía Jacinto, pues les había pillado bastante tiempo atrás en plena acción. Pero que, por suerte para el cura, aquello se silenció: días después el agricultor se había presentado con un problema, el de la expropiación de la mina, y había comprado la colaboración del padre Faustino a cambio de su silencio y el de sus hijos, que también lo sabían.

– ¿Entonces el padre Faustino urdió todo lo de la Mesa del Rey Salomón, las ruinas y demás?

– Eso parece. La historia era una vieja leyenda apoyada por algún que otro historiador de tercera y periodistas locales sin nada que contar. Solo tuvo que buscar su complicidad y tirar de la cuerda para activar la maquinaria.

– ¿Y el alcalde?

– ¿Todavía te sigue sin quedar claro dónde fue educado?

– En el seminario – me dijo mirándome a los ojos.

– Pues ya sabes por qué quiso matar al cura. Y no por presiones políticas. En fin.

Javier apartó la mirada de mi rostro y la fijó en lo que había detrás de la ventana. Allí la Guardia Civil empezaba a restablecer el tráfico. Tan solo un furgón de la brigada de conservación de carreteras obstaculizaba una parte de uno de los carriles. Fuera del auto, un tipo de aspecto astroso, recogía con pasividad varios conos ante la atenta mirada de los policías.  

– ¿Por qué estás tapando toda esta mierda? – Me inquirió, de repente, Javier -. Sabes, piensa fríamente que, de un plumazo, si quieres, destapamos un caso de pederastia. Pero no solo eso, que ya de por sí es una pasada, hacemos público la construcción no muy legal de una mina y de un colegio concertado; y todo aderezado con lo que se puede decir que es un soborno, perpetrado por un representante público, para cometer un asesinato.

– Todo un bombazo informativo que bien podría ser el embrión de una trama del mejor cine negro del viejo y glorioso Hollywood. ¡Cuántos guionistas hubiesen soñado con encontrarse con una historia como esta! –  le dije en tono vacilante.

– Julián, de verdad. Sé que no te caigo muy bien, que juego contigo para sonsacarte y que piensas que solo me mueve el interés individual, que no lo niego. Pero sacar todo a la luz, además de encumbrarme como abogado, pondrá en jaque al que es, sin duda, un sistema podrido. Hazlo, aunque solo sea por tu hermano y por todos los que como él sufren esta lacra – me insistió Javier, endureciendo el rostro y con un tono que buscaba más ablandarme que persuadirme de lo que exponía como su convencimiento.  

– Sabes – le respondí acercándome todo lo que pude a su rostro, con una entonación más aposta y directa -.  En este sistema, el nuestro, el que por desgracia nos ha tocado vivir, encumbramos a los incompetentes y defenestramos a los que tienen que decir algo al mundo; somos hipócritas con nuestros actos; nos movemos según dicta nuestro interés; y el noventa y nueve por ciento de lo que hacemos o decimos solo es porque le interesa a nuestro ombligo, ¿tú crees, amigo mío, o abogado de mi alama, que voy a perjudicar al pobre de mi hermano para denunciar un sistema podrido como bien lo defines? ¿Tú, verdaderamente, crees que voy a hacer tanto por tan miserable sociedad? 

– A tu hermano no le pasará nada. 

– ¿Sabes? Esto quiero que te quede muy claro: no me importa nada ni nadie. Gracias por tu ayuda. Y ahora, por favor, si no es mucho pedir, avisa a quien tengas que hacerlo para seguir con la declaración. Tengo ganas de poner fin a toda esta mierda. 

– No creo que me hayas confesado tanto y llegado hasta este punto sin un motivo aparente – me resaltó mi abogado.

– No me importa nada ni nadie – volví a responderle, aunque de una forma más franca.

– ¿Ni tu hermano? – me preguntó a la desesperada.

– Sí, él sí.

– ¿Entonces?

– Él ya está bien así. ¿Para qué cojones quiere más? El cura está muerto. Se ha alejado de la desgracia. Nadie le descubrirá. Vive feliz con mis padres. Tiene su futuro garantizado gracias al Estado…

– Haré que abran una investigación, Julián. Esto no puede quedar así.

– ¿Para qué?, Javier. Nadie te hará caso. Ni ese cura ni yo importamos una mierda.

– Entonces, te lo pregunto otra vez: ¿por qué cojones me has contado todo esto? ¿Cuál es el motivo?, si se puede saber.

– Por favor, no me hagas esperar más. Llama a tu amigo Gabriel y comunícale que por nuestra parte el receso ha terminado.

– ¡Las cosas no se hacen como tú quieres! – me gruñó elevando el tono de la voz.

– Llama a Gabriel, por favor.                                     

Javier cogió aire y empezó a agitar el brazo derecho. Después se acercó a donde estaba y, prendiéndome de la ropa, me chilló: 

– ¿Por qué estás tapando esta mierda? Podemos demostrar lo que pasó. Tu hermano tiene problemas mentales, no irá a la cárcel. Además, si se esclarece este escándalo, a tu hermano y a tu familia no le pasará nada. La presión de los medios va a ser atroz.

– Primero suéltame la camisa – algo que obedeció -. Y segundo: ¿por qué tus pensamientos son tan individualistas? Me sorprende que a estas alturas solo sigas pensando en ti y en tu maldito culo.

– ¿Son los tuyos diferentes a los míos? Te pregunto, claro.

Javier se dio la vuelta y abandonó la sala de un portazo.

Me quedé en silencio mirando al vacío, absorbiendo con tranquilidad todo el sosiego que el abogado me había robado desde que llevábamos en esa maldita sala.  

A los diez minutos regresó con Gabriel.

Tras entrar, ambos se quedaron mirándome.

– ¿Estás seguro que no tienes nada más que decirme? – me preguntó, molesto, mi abogado. 

– ¿Qué parte no has entendido? – le indiqué, colocando la mirada en ninguna parte.

– Gabriel, ves esposándole. Voy a hablar con el Ministerio Fiscal y el juez. No sé si querrán reanudar ya el proceso.   

– Perfecto, no te preocupes – respondió de forma comedida el policía.

Javier dejó la sala.

Tras esto, el policía se acercó a donde estaba y, con un gesto, me pidió que le felicitase los brazos. Justo cuando los puse, me preguntó:

– ¿Qué os ha pasado? Javier está perdiendo el norte.

– Javier perdió hace mucho tiempo el norte.

Sin decir nada, el policía colocó una de las esposas en mi brazo derecho. Acto seguido, hizo lo propio con el izquierdo. Cuando tenía ambos amarrados, me colocó su mano derecha sobre su hombro izquierdo, y me dijo:

– Siempre supe que tú no habías sido el asesino. Pero yo… – tapándose la boca con la mano – nunca voy a decir nada.

No respondí.

Veinte minutos después, y tras no haber articulado palabra, Javier regresó a la sala.

– Cuando queráis. El Ministerio Fiscal ha aceptado retomar el juicio. El juez no ha mostrado ninguna objeción al respecto. 

Me levanté, hice un gesto al policía y comenzamos a andar. Mientras, mi abogado, no dejaba de mirarme, todavía incrédulo de la decisión que había adoptado.                    

Ya en el pasillo, cuando el silencio dio paso al ruido y el vacío a la muchedumbre, completamente desubicado y con el rostro desencajado, mi abogado, casi suplicándome, me glosó:    

– Julián, antes de que entremos. ¿Puedes parar, Gabriel?

– Sí, no te preocupes – dijo el policía.  

– Se te ha olvidado hacer la llamada.

Me quedé estancado y, mostrando todo el desprecio que fui capaz, le respondí:

– No intentes ganar tiempo. Tu momento ya ha terminado para siempre.

– No intento ganar tiempo. Pero, a decir verdad, no sé para qué cojones querías el móvil. En teoría ibas a llamar a alguien que estaba en su lecho de muerte – me inquirió desafiante.

– Me lo inventé. Simplemente me lo inventé. Solo quería jugar contigo y saber hasta dónde llegaba tu codicia.

– ¿Qué cojones estas diciendo?

– Te jugaste ser expulsado del colegio solo por alcanzar la gloria.

– No te creí – me respondió chulesco, acercándome la cabeza con la intención de darme un cabezazo. 

– Venga ya, Javier – te lo has tragado. Quién te dice que lo que te he contado no es mentira.

Una vez pronuncié la última palabra, mi abogado se revolvió, alzó el puño y me gritó, bajo la mirada atenta de medio juzgado: 

– Eres un hijo de puta.  

– Por favor. U os tranquilizáis o si no tendré que trasladar al juez lo que está pasando – expresó, muy comedido, el policía.

Mi abogado bajó el puño y clavó la mirada en el suelo. Yo continué andando hasta llegar a la sala del juzgado en la que se estaba celebrando el proceso. Antes de atravesar la puerta, miré para atrás.

Rezagado, Javier pataleaba, intentando, seguro, encontrar una respuesta a una pregunta que, por lo que fuese, no tenía.    

Ya dentro de la sala de vistas caminé directo hacia el estrado. Me senté en la primera fila y aguanté en silencio hasta que el juicio se reanudó.

La decisión la tenía tomada. Nada perturbaría lo que ya era una sentencia prácticamente cerrada.

Al poco llegó Javier y se sentó en su sitio. Su rostro era la viva imagen de cómo se sentía por dentro. Solo con su expresión facial se podía leer la mezcla de amargor y derrota que le dominaba. Mi abogado, el pringado de mi abogado, había perdido nuevamente la partida, con el agravante de que ahora lo había hecho con un escombro social como era yo. Era más que obvio, pensé, que en ese momento se estaría preguntando si su carrera profesional tendría algún sentido de aquel momento adelante. Cualquier cosa que hiciese, seguro, estaría bajo la eterna sospecha de lo mal que le fue en aquel proceso del cura, defendiendo al inconsistente, al yoqui y al acabado de Julián García.  

Le dirigí una sonrisa.

No me la devolvió.   

Al poco llegó el fiscal Angulo con unos documentos bajo su brazo, que empezó a leer una vez se sentó. La gente iba cubriendo los huecos que quedaban en los diferentes sitios de la sala.

Cuando llegó el juez, el silencio se instauró, devolviendo al lugar el respeto que se merecía.

Una vez tomó asiento, abrió una carpeta, que previamente le había dejado uno de sus colaboradores, y empezó a leer su contenido en voz baja. Volví a echar un vistazo a mi abogado. Tenía la mirada clavada en el suelo. Parecía como si estuviese intentando controlar un temblor acuciante que le movía la mano derecha y que no era otra cosa que el vivo reflejo de su desesperación.

El juez se colocó correctamente la toga. Pidió silencio absoluto. Una vez las órdenes fueron atendidas, dijo en voz alta:       

-Bien. Vamos a reanudar el proceso que, como bien saben, se ha detenido tras que la defensa lo solicitase y la acusación, es decir, el Ministerio Fiscal, lo estimase oportuno. Habiendo transcurrido una hora más a menos desde entonces, tengo que preguntar, en primer lugar, al Ministerio Fiscal, si tiene objeción alguna al respecto. Es decir, si se opone a la reanudación del juicio.

En ese momento el abogado Angulo levantó la cabeza y, fervorosamente, exclamó:

– Ninguna, su señoría. Por la parte que me compete está todo correcto y objeciones al respecto, ninguna.

– Bien, hago la misma pregunta, entonces, a la defensa. ¿Tiene, tras lo sucedido, alguna objeción la defensa de reanudar el juicio?

Javier se quedó en silencio durante unos segundos. Parecía como si no quisiese responder. Como si con aquella postura de alguna forma estuviese expresado su disconformidad. 

Después, indicó:  

– Ninguna, su señoría. Puede continuar con el proceso. Por nuestra parte ha sido todo solventado en el tiempo que hemos tenido de receso.

– Pues así, con toda la autoridad que me compete, y como juez titular de la sala 33 de juzgado provincial de Toledo, reanudo nuevamente la sesión, con el fin de que la última parte del proceso sea ejecutada, siempre y cuando, eso sí, la declaración del acusado no nos haga volver al principio -. El juez buscó algo en la carpeta que tenía abierta y subrayó -: siguiendo con lo establecido, le voy a volver a formular la pregunta que dejamos aplazada antes de la cesación. ¿Está de acuerdo el acusado?

– Lo estoy, su señoría – respondí automáticamente.

– ¿Es usted responsable de la muerte de Faustino Gómez, Párroco de la Iglesia de Nuestra Asunción de Tula?

Tras la pregunta, el silencio se instauró por completo en la sala. Yo volví a mirar a mi abogado, sin encontrar por su parte reciprocidad en el gesto. Después, me puse en pie y me acerqué al micrófono. Aclaré varias veces la voz antes de decir nada. Cuando lo consideré oportuno, respondí:   

– Sí, fui yo quien quemó la casa de la chimenea – dije para sorpresa de todos los presentes -.  Nadie me acompañó, a pesar de que, un día por error, hablé en plural. Antes les descuarticé con el hacha que fue hallado en el patio, como bien indicaba uno de los informes de la científica. Si me pregunta por qué lo hice, pues se lo diré: le maté, señor juez, porque el hijo de puta me falló, y me falló con lo más importante entonces para mí, con la morfina. Sabes, llevaba meses surtiéndome y, de repente, dejó de hacerlo. Nunca a un consumidor se le puede hacer eso. Ya sé que no es razonable tomarse uno la justicia por su mano. Pero la adición, y espero que lo entienda su señoría, está por encima de cualquier ley o principio creado por el ser humano. En fin, su señoría, eso es todo. Le maté en defensa propia. Espero que entienda que él lo hizo, de alguna forma, con su postura.

– Pero si no consume – exclamó Javier casi susurrando al tiempo que el juez inquirió en su tono agresivo:

– No le he pedido tanta información. Y usted, Palencia, cállese o tendré que expulsarle de la sala.  

– Sabes – continué explicando sin la autorización del juez -, la morfina se la facilitaba al cura un amigo médico. Nunca supimos su nombre. Si no, hubiésemos ido a por él, se lo aseguro.

– Le vuelvo a decir que no le he dado permiso para hablar – volvió a matizar el juez -. Ahora bien, una pregunta, ¿por qué vuelve a hablar en plural? Ya sé que en lo de la morfina erais varios. Ahora bien, ¿fue igual en el asesinato?  

En ese momento miré a Javier.

Sonreía.

Sabía perfectamente que mi abogado estaba pensando dos cosas: una, que yo no era tan listo como creía; y la otra, que el caso no estaba tan cerrado como me suponía.

Deja un comentario