capítulo 3. Fuck off, amor

Esteban…

mi padre, posiblemente tras varias meditaciones en su despacho o en hoteles de carretera con olor a desinfectante y tabaco, decidió dedicar todo su dinero a facilitarme la vida, ahorrándose cualquier problema que me surgiese y que le obligase a retomar ese compromiso con su exmujer enterrado años atrás.

Mi padre, ginecólogo de profesión y padre porque así lo dictaban los patrones de su prole, y mi madre, matemática por aptitud y madre por obligación conyugal, decidieron casarse allá por los años ochenta y formar un hogar cuando más o menos sus vidas se normalizaron. Ambos provenían de familias rurales de clase social baja, aunque, siendo honestos, el estatus social de mi padre era más decadente que el de mi madre. Éste, a la temprana edad de nueve años, se quedó huérfano. Una desgracia que le obligó a financiar sus estudios con parte del salario de sus hermanos y las ayudas que, indirectamente y siempre escasas, le facilitaba el país. Mi madre, sin embargo, pudo subsistir gracias al mísero jornal que entraba cada día en su casa, y a pesar de no pasar apuros tan indignos como relataría mi padre constantemente en comidas con amigos y conocidos, recordaba con frecuencia haber dormido en pisos cochambrosos y haber tenido algún que otro problema con la alimentación cuando el dinero escaseaba.

Al poco de terminar sus estudios, mi madre consiguió una plaza como profesora adjunta en una universidad de segunda. Mi padre, sin embargo, alargó la estancia formativa especializándose en ginecología y cirugía estética. Una vez finalizadas ambas especialidades y tras obtener una de las máximas calificaciones, montó una clínica de reproducción asistida que, a pesar de los envites y el mal funcionamiento del principio, terminó siendo un auténtico acierto económico.

Ya con la vida profesional reconducida y con algo en sus adentros a lo que ellos llamaban amor – era frecuente escuchar el análisis de ese estado en las tardes de reflexión al lado del café amargo y el humo del tabaco – decidieron dar el paso antes citado, es decir, casarse por la Iglesia Católica como Dios y la sociedad lo mandaba y formar una familia como Dios y la sociedad mandaba. A ese enlace, lleno de flores, cruces, apariencias y mucha gente que no personas, le siguió la luna de miel, la compra de una casa, la vida en pareja y trece meses después el único proyecto serio de aquella junta mal pensada y muy reflexionada: yo, hijo único que resultó de la unión de sus dos sexos. 

En los primeros tres años de vida, y según me reconocerían familiares cercanos, tuve que ser para ellos algo así como un objetivo, una meta que venía poner en su compromiso responsabilidad compartida, algo que había que construir, moldear y preparar de forma conjunta y sin doblegarse – por sus mentes enfermizas transcurría la idea de crear una especie de superhombre -. Pero, poco a poco, y conforme a lo que llamaban amor se iba disipando, empezaron a renegar de citada empresa separándose sentimental que no legalmente. Mientras tanto mi madre se recluía en la universidad llenando pizarras de números y mi padre desaparecía posiblemente engañando por la verborrea y el erotismo de alguna que otra arpía, olvidándome, ambos, en el limbo que crea lo emocional cuando esto escasea.

Entonces, mi padre, preocupado por mí pero a la vez por él, y posiblemente tras varias meditaciones en su despacho o en hoteles de carretera con olor a desinfectante y tabaco, decidió dedicar todo su dinero a facilitarme la vida, ahorrándose cualquier problema que me surgiese – llámese estudiantil, llámese emocional, llámese social, llámese psicológico… – y que le obligase a retomar ese compromiso compartido años atrás con su exmujer. Así pagó centros internos de educación con las visitas contadas a casa, sanidad privada, vacaciones al pueblo cada verano, cursos de idiomas en el extranjero y financiación sin precedentes para que mi felicidad estuviese garantizada a base de consumismo.

El problema surgió cuando este modelo educativo patético, fruto de una renuncia patética a ser dos, dio su fruto: un individuo… turbador y también patético; es decir, yo. Y digo problema porque ahí, por desgracia, cuando el mejunje conyugal empezó a tener forma, nació la bestia. Es decir, germinó, en resumidas cuentas, un ser sin ningún tipo de motivación ni interés, al que el compromiso, la responsabilidad y la dedicación le fastidiaban y que, a decir verdad, venía a encajar con la definición de la nueva clase medio alta que acaeció en los años noventa. Un individuo que consumió los cursos conociendo a demasiada gente, pero pocas personas, desarrollándose en nuevos ambientes, reinventándose a base de peculio prestado, rebelándose a los modelos de comportamiento que los diferentes contextos sociales le imponían y moldeando desordenadamente una personalidad con un carácter peculiar y laxo alejada de los cánones establecidos por la estructura social que nos toca. O lo que es lo mismo y diciéndolo de una forma más clara: un desastre al cuadrado, desobediente y cadente de objetivos e implicación. 

En el verano del 2003, a la edad de dieciocho años, y como venía siendo habitual en la agenda educativa de mi padre, renuncié un año más a su oferta interesada de salir al extranjero para perfeccionar un idioma. Esta vez, en concreto, me hizo la proposición de ir a Estados Unidos motivado por un comentario que uno de los trabajadores de su clínica, el doctor Márquez, había hecho mientras estudiaban conjuntamente un caso. Al parecer, su hija, perfeccionó el inglés en poco tiempo gracias a las técnicas mejoradas y funcionales de un centro ubicado al sur de Nueva York, una escuela de bastante prestigio en la que solían matricularse los hijos de las élites económicas de los países de habla hispana.

Tentado por las pocas ganas de dedicar el verano a seguir estudiando, opté por inventarme una excusa que me librase de aquello y que permitiese a mi padre seguir su objetivo de quitarme del medio el mayor tiempo posible. Tras pasar con mi madre unos días haciendo que reflexionaba la propuesta, que para entonces sufría depresiones y sobrellevaba el tiempo postergada en un sillón, marché al pueblo a casa de sus padres, mis abuelos. Allí llamé a mi padre para decirle que había encontrado trabajo de camarero en un bar, y para hacerle entender, ingenuidad la mía, que éste me vendría muy bien para realizarme como persona.

Mi padre reconocería tiempo después, en una llamada a mi abuelo tras que éste le preguntase por la salud de su mujer, es decir, su hija, que aquel trabajo no era más que una de las tantas mentiras que le contaba, pero que en su momento no quiso polemizar porque comprendía que ya tenía una edad para tomar decisiones por mi cuenta, aunque fusen falsas o equivocadas.

Días antes de preparar las maletas para machar al pueblo, rellené la matrícula para cursar Ingeniería de Telecomunicaciones. Meses antes, mi padre puso sobre la mesa un abanico amplio de universidades a elegir con el más diverso catálogo de carreras – la mayoría privadas y muchas en el extranjero -. Pero yo, preso del estado apático que me gobernaba, decidí quedarme en un campus no muy alejado del núcleo familiar por una cuestión un tanto contradictoria si nos ceñimos a la situación familiar que tenía.

He de señalar que, aunque a simple vista pueda parecer extraño, sentía la necesidad de no separarme del sitio donde había crecido. Tengo que reconocer, y más tras años de reflexión, que sin darme cuenta y a pesar de haber estado dejado de la mano del bolsillo de mi padre, creé un concepto del amor familiar frío y quizás figurado, es verdad, pero necesario para dar sentido a mi existencia. Y es que ese caos paternal y maternal que dese muy pequeño me acompañaba, que no era otro más que el matrimonio separado que me engendró, desordenaba mis sentimientos y funciones cuando desaparecía. 

El verano en el pueblo fue extraño, diferente, bastante anormal si se le puede llamar de alguna forma. Recuerdo las conversaciones años después con Jacobo, un antiguo amigo de la infancia. Él solía refrescarme constantemente y ante mis quejas hacia las desgracias sentimentales que se presentaban, que aquella época fue el detonante de la sucesión de errores, la fecha que dio inicio a una vida sensitiva, la mía, marcada por el fallo dentro de un aura de aparente normalidad.

Y fue Jacobo, por cierto, del que no sabría más en años tras una disputa de drogas, el que un día y en un bar me presentó a Judit, detonante, hilo conductor y antagonista de esta historia. Y no es que me presentase a Judit así literalmente. Yo la conocía, había hablado con ella contadas veces y había coincidido en muchas ocasiones. Pero he de decir que, aquel día, tras unas cervezas y unas cuantas charlas sesudas se conformó una amistad concernida por su parte, inscrita a las delicias de un cuerpo perfectamente estructurado y cultivado a base de ejercicio. Una amistad, por cierto, que terminó en jugueteos cargados de besos y polvos que pusieron fin a una sequía sexual postergada a lo largo de los meses.

Con la distancia tengo que reconocer que es verdad que aquel reparto de flujos, besos encubiertos y olor a semen bajo el calor de las noches de verano me devolvió en parte un aroma a placer que no encontraba. Es verdad. Ahora bien, tampoco hay que olvidar que ese estado tan… diferente pronto quedaría desvirtuado por la incoherencia del momento, pues, tras marchar a la universidad, me di cuenta de que aquello solo había sido sexo por mi parte. No sé por la suya, nunca me quedó claro ni me quedaría claro. Así que por eso y por todo, pero principalmente por eso, es decir, por el tema de que solo había sido sexo, construí una barrera subjetiva a base de tiempo y distancia para dormir el momento, olvidar su presencia, hacer que ella olvidase la mía y mandar todo a los anales del recuerdo.

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