Esteban…
El mensaje, y después de varias semanas sin saber de ella, era de Judit. Sí, de Judit.
Llovía. La temperatura no era muy agradable una tarde de principios de curso. Me encontraba fatal. Tenía un dolor punzante en el ojo derecho fruto de la resaca. No dejaba de bostezar. Apurado, en un acto de responsabilidad tras todas las irresponsabilidades cometidas, empecé a hacer unos ejercicios de cálculo que debería presentar al día siguiente. Algo que, a decir verdad, no tenía mucho sentido. Más que nada porque por mi mente rondaba la certeza de que esa noche volvería a emborracharme y no me levantaría para ir a clase – haría lo que había sido la tónica general desde que puse los pies en la universidad-.
Semanas antes mi padre me dejó prácticamente tirado en la puerta de la residencia donde pasaría el resto del curso. Un lugar, por cierto, muy criticado por su parte. Lo digo porque, sin ningún tipo de cortapisa, motivado seguramente por el hecho de que era de titularidad pública, el muy necio definió al sitio como ‘un espacio andrajoso, de segunda, que además apestaba a fracaso’.
Recuerdo como, aquel día de tan ‘bonitas palabras’, llegamos a la residencia con su Mercedes C 230. Guiados por su arrogancia, aparcamos en prohibido y realizamos la ya tradicional miradita al espejo retrovisor por si algo de su cara no estaba perfectamente colocado. Después me hizo bajar del coche, sacar las maletas a toda prisa, me dio un beso sin rozarme la cara y me recordó que llamase a mamá. Ya cuando estaba arrancando para marcharse, se quedó pensativo. Entonces se bajó nuevamente del coche, se acercó con la mirada perdida donde estaba y puso sobre mi mano un fajo de billetes. Acto seguido se dio la vuelta y, sin decirme nada más, se perdió en la lejanía de la calle. Tras esto, yo, acostumbrado a su actitud, empecé a caminar pasando de las miradas sorpresivas de algunos curiosos y entré al andrajo – según mi padre – en que pasaría las noches y gran parte de los días del resto del curso.
Isaac, un compañero de la cuarta planta, con el que fumaría mucha yerba durante todo el año, me recordaría meses después, en mitad de una noche, aquel acto de desapego por parte de mi padre. También, en esa conversación, me recordaría que mucha gente quedó sorprendida, y fui, para algunos, el tema de conversación que les ayudó a crear nuevas amistades.
Ya de nuevo en la tarde de principio de curso, con la cabeza en otro sitio y los ojos clavados en el papel, seguro que intentando dilucidar qué era lo que querían decir aquellos ejercicios, recibí una llamada para quedar por la noche. Al levantarme a coger el teléfono me di cuenta del desastre de habitación que tenía. Todas las mesas y los objetos que hacían de mesa estaban llenos de latas de cerveza vacías y ceniceros rebosantes de cigarros. Encima de la cama, había una montaña de ropa sucia mezclada con la ropa limpia y varios panfletos de publicidad de restaurantes, superficies comerciales, peluquerías y algún que otro manifiesto político cadente de sentido… Tras encontrar el teléfono, responder la llamada y denegar automáticamente la proposición de quedar, volví a la mesa y continué con mis quehaceres incomprensibles. Pero, de repente, y para mi sorpresa – aunque no sé por qué me sorprendió tanto -, volvió a sonar el teléfono. Mientras llegaba al lugar en que se encontraba, empecé a barajar quién podría ser. En un principio me puse en mi padre, pero pronto quedó descartado; después en mi madre, pero la depresión le hacía olvidarse de mí; luego en alguna que otra quedada, pero era imposible pues todos los planes se habían cerrado en la llamada anterior…
Ya con el móvil en la mano y tras visualizar la pantalla, me quedé atónito. La simple lectura del nombre me dejó bloqueado, sin saber qué hacer ni qué pensar. El mensaje, y después de varias semanas sin saber de ella, era de Judit. Sí, de Judit. Y he de decir que fue ahí, y tras la lectura de aquella composición lingüista mal redactada, llena de acotaciones y con alguna que otra falta de ortografía, cuando fui consciente de que aquella barrera subjetiva de que os hablaba , construida a base de tiempo y distancia, se demolería en el momento exacto en que yo como receptor me convertiese en emisor para responderla.
Y así, para qué negarlo, fue:
“Q tal t va todo”
“Hla Judit, yo Bien, aki etudiando”
“A q bien”
“Muxa fiesta????”
“Pues la verdad sq sí. Tu q tal?”
“Bien, aki, d resaca”
“A, q bien, como yo jaja”
“…”
Esas palabras, las mías, el computo de ambas, provocaron que poco a poco y a lo largo de los días, pero partiendo de ese detonante, nos hiciésemos asiduos al móvil compartiendo palabras y abonándonos a viajes continuados construidos a base de polvos, coca, alcohol y paseos por las calles. Viajes en los que ambos confabulábamos generando una distancia cada vez más estrecha, acercando nuestros secretos, nuestras intimidades y, a duras penas, por mi parte, y menos por la suya, o eso creía creer, nuestros corazones. Y es que, muy típico dentro de la absurdez de mi vida, tenía un problema intrínseco y de gran profundidad: no había manera de enamorarme. Es decir, no había una reciprocidad de sentimientos. Yo sabía que ella sentía amor, pero yo era incapaz. Judit, a decir verdad, empezó a convertirse en un ente del que me nutría para complementar el tiempo sobrante, que, por cierto, cada vez era mayor. Una postura por mi parte puramente egoísta que permitía evadirme del fracaso estudiantil cada vez más patente, haciendo lo que quería sin llegar a querer.
El problema llegó cuando todo esto empezó a extenderse a lo largo de los meses. Poco a poco las conversaciones fueron más profundas y comprometidas, los secretos menos ocultos y, sobre todo, la cercanía más pringosa. Estar a su lado empezó a convertirse en una necesidad ilógica, pero que enganchaba. Una forma banal de prenderme sin tener la obligación de estar agarrado. La soledad, la incomprensión, el puro aburrimiento tras mi consecución de fracasos estudiantiles, pudieron ser los revulsivos que motivaron tal situación.
A día de hoy hay tantas preguntas que no encuentro respuesta, y tantas respuestas sin una pregunta concreta, que me es casi imposible argumentar coherentemente aquel estado, error o yo qué sé. Y digo error, porque soy consciente de que todo fue un error. Y más tras una noche en pleno intercambio de reproches y mientas buscaba la manera de decirla que todo se había terminado. Entonces, cuando se encontraba inversa en una charla en busca de lo que me pasaba y yo estructuraba la frase para poner fin a ese amor ficticio, cortó sus palabras, se acercó a mí y me besó. Fue ahí cuando me quedé detenido y sin saber qué hacer. Justo cuando iba a soltar lo pensado le dije:
- Te quiero.
Aquel par de deleznables palabras sirvieron de llave para abrir la puerta del fracaso. Ya que fracaso, y siento decirlo, era la palabra perfecta que describiría el resto de los días que continuarían. Fracaso era, en sí, el adjetivo que mejor encajaba en una consecución de actos voluntarios e involuntarios que acabarían por conducirme al pozo. Y si no se lo creen, así quedó constatado en el siguiente acontecimiento.
Al terminar el curso, poco después de haber ratificado mi renuncia a la ingeniería – no aprobaba nada y la vida contemplativa y decorosa me derrotaba -, tomé dos de las decisiones más burdas y condicionantes que uno puede tomar: la primera dejar la ciudad donde vivía; y la segunda irme a vivir con ella. Sí, a vivir y compartir casa a una edad que a cualquiera le puede volver loco. A compartir con una persona el diario, sumando y restando cosas buenas y malas, ejecutando acciones cooperadas, compartiendo besos y tortas y odiando a la vez que queriendo abandonar de una vez tal magnicidio psicológico.
Aquella noche, en la que tomé la maldita decisión de irme a vivir con ella, arropados por el olor a semen y costo barato, nuestras cabezas confundieron la realidad, y yo, preso de la desidia, me vi encerrado en un bucle imposible del que cada vez se hacía más difícil salir. Un bucle que comenzó con estas sencillas palabras: ¡sí, vivimos juntos!, y que continuó con un réquiem a la enajenación que en breve pasaré a describiros.
Ahora bien: ¿Cómo cojones uno puede compartir sin querer? ¿Cómo cojones uno puede vivir fingiendo y torturándose solo por pena?
Pues muy sencillo y he aquí la respuesta:
A pesar de mi egoísmo, que lo asumía, lo que verdaderamente sentía por ella, más allá de algo de cariño, era pena. Sí. Sentía pena de que todo, y cuando digo todo es todo, le saliese tan mal.
En el amor, en la salud, en las relaciones sociales su vida era un auténtico compendio de fracasos continuados, una suma ilógica cuando no se la conocía, pero lógica cuando se indagaba en sus adentros. Porque, claro, esa era otra… Y es que Judit, en el fondo, venía a ser la personificación del hombre, en este caso la mujer, moderna. El individualismo por antonomasia, las ganas de estar por encima, aunque para ello tuviese que masacrar, ese era el adjetivo, a cualquiera que se pusiese a su lado. Una terrorista de la amistad y, sobre todo, del respeto hacia los débiles. Y, todo esto, complementado con la necesidad angustiosa de amasar dinero y de ser el punto de atención, acogiéndose a los parámetros perfectamente definidos del capitalismo. En fin, todo lo que uno odia recubierto de una capa fina y perfectamente decorada que representa lo contrario. Es decir, su físico y lo que proyectaba al exterior, no tenía nada que ver con su persona. Ella, simplemente ella, y por mucho que dijese lo opuesto, era la antítesis de la libertad, la igualdad y el amor.