Capítulo 5. Fuck Off, amor

Esteban…

Siendo franco, todo este batiburrillo sentimental hacía sentirme timado.

– ¿Y cómo sucedió todo? ¿Cuándo? Cuéntamelo, cojones – preguntó Julio intentando dar crédito a lo que acababa de escuchar.

– A mitad de año, más o menos. Mientras estábamos viviendo juntos – le respondí justo cuando cerraba los ojos y acercaba el vaso para dar un trago largo a la cerveza, que en ese momento aguantaba medio vacía sobre el servilletero.  

– No me lo puedo creer -. Dijo Julio echándose las manos a la cabeza a la vez que clavaba la mirada en el suelo -. Es que no me cuadra -. Añadió impreciso.

– Sí, sí. Y sucedió mientras dedicábamos el tiempo a la droga. Aquellas noches en las que salíamos. Aquellas salidas antidepresivas que me permitían seguir hacia delante.

– ¿Después de dejaros siguieron? – me preguntó aún más sorprendido, aunque esta vez con cierto halo de curiosidad.

Durante un instante pensé si debería responderle. Sabía la historia y todo cuadraba. Pero era mejor hacerla pública lo menos posible. Más que nada porque tenía miedo de que se extendiese. Siendo franco, todo este batiburrillo sentimental me hacía sentir timado. Y no solo por ella, sino también por él. Nunca había imaginado que Rodrigo hubiese sido capaz de llevar a cabo tal faena sin mostrar el más mínimo respeto hacia el que, en teoría, era su amigo.

– Sí, poco tiempo, pero sí.

– ¿Pero no conoció a ese tipo tan molón con el que subió de repente al cielo masacrando el infierno que, en teoría, le dabas?

– Le dio lo mismo.

– Y en Rodrigo, ¿nunca has notado nada raro?

Nuevamente me detuve. Después pensé. Rodrigo siempre se había comportado correctamente. Su relación conmigo había sido de lo más normal. Es más, mostraba un respeto diferente hacia mi persona de un tiempo a esa parte.  

– No, ¡no he notado nada raro, joder! – exclamé un poco confuso -. Todo lo contrario, para qué te voy a engañar.  

– Perdona – apuntó, de repente, mi amigo – ¿quieres otra puta cerveza?

Me preguntó seguro para relajar el ambiente y poder digerir el mal trago que estaba pasando. Era más que evidente que, la parte emocional de mi ser, en este momento se encontraba apunto de devolver toda la mierda enterrada durante años.

– Pídela, en parte la necesito.

Julio se levantó de la mesa y fue hacia la barra del local. Su rostro era un auténtico cuadro. Era fácil comprobar cómo por su cabeza transitaba una autopista de interrogantes. Aquella noticia le había congelado por dentro. Como congelaría, no lo niego, a cualquiera que conociese la historia. Pues, honestamente, y más con la distancia, tengo que reconocer que nada de lo conversado en ese momento era normal. Ese acto narrado y perpetrado por Rodrigo, representaba, sin duda, un comportamiento alejado de lo puramente coherente. Además, carecía de cualquier tipo de explicación lógica para el que nos conocía.