Esteban…
Hasta que todo esto, como es lógico, se transformó en lo que el común de los mortales odia y conoce como rutina.
Después de dar el paso, y de dejar atrás una ciudad y un estilo de vida, empezaron a transcurrir los meses compartiendo casa, colchón y fluidos. Meses en los que abundaron las escenas felices. Meses en los que los sobresaltos no excedieron. Y es que, mientras la paz compartida dominaba nuestras vidas, además de otras cosas, follábamos, nos drogábamos, bebíamos mucho, de vez en cuando cumplíamos con las responsabilidades y, nuevamente, volvíamos a follar. Una y otra vez. Un día tras otro. Un mes tras otro. Hasta que todo esto, como es lógico, se transformó en lo que el común de los mortales odia y conoce como rutina. Palabra o acción que ocupó el tiempo suficiente para que nuestras cabezas, quizás hartas por las dosis descontroladas de enajenación a las que las sometíamos, empezaron a jugarnos malas pasadas.
A decir verdad, es bueno – o terapéutico – reconocer la naturaleza de aquellos días y, sobre todo, de aquel cambio de comportamiento mutuo . Y digo esto porque me viene al subconsciente como, sin más, legiones de fantasmas gobernaron el poco destino que teníamos y la bronca, los reproches y las malas formas, de repente, apresaron la felicidad que aparentemente se respiraba en el hogar que habíamos conformado.
– Hijo de puta, eres un yonki de mierda. Solo sabes beber y drogarte, no sirves para nada. Eres un inútil, un cabrón que solo piensas en ti. ¡Qué asco haberte conocido!
Me dijo Judit poco antes de Navidad, una tarde después de haber estado dando vueltas a los problemas de siempre y yo hubiese acabado bebiendo.
– ¿Por qué eres tan cruel? – la pregunté afligido.
– ¿Por qué soy tan cruel? ¿Tienes los huevos de decirme eso? ¿No te ves? – me gritó agarrándome con rabia de un hombro.
– ¿Y tú? ¿No te ves tú? – La pregunte elevando el tono mientras me zafaba de su gesto – ¿Tú no te ves cómo eres? Porque, cojones, tienes un trago.
– ¿Qué tengo un trago? Mira, Esteban. Vete a la mierda. Estás pedo y yo tengo un trago. Tú sí que lo tienes. Me voy, me voy.
Me gritó para seguidamente dirigirse a la puerta y dejar la casa sin explicación alguna.