capítulo 14. fuck off, amor

Esteban…

Entonces aparté la mirada y cerré los ojos. Durante unos segundos dejé la mente en blanco, algo que no me resultaba difícil hacer cuando los problemas y malos pensamientos me laceraban. Pero, de sopetón, y contra todo pronóstico, pues nunca antes me había sucedido, una sensación nauseabunda empezó a apoderase de mi inconsciente.

Todavía recuerdo el día del ingreso – le dije en un tono asertivo a mi amigo -. ¿Julio? – le interrumpí elevando el tono de la voz.

– ¿Qué? – profirió sorprendido.

– ¿Qué miras? – le pregunté para devolverle a la conversación.

– El culo de aquella – dijo señalando a una chica de mediana edad que vestía unos pantalones de cuero ajustados y una camiseta negra de los Ramones sobre otra de interior de color blanco.    

– La verdad es que está bastante buena. No te lo puedo negar – apunté con una medio sonrisa, como queriendo distraerme del estado de aplastamiento y depresión en el que estaba metido.

– Yo le comía todo a esa zorra. Esa seguro que tiene el coño afeitado… – apuntó Julio en plan obsceno, simulando con sus manos la operación -. La comía todo, de verdad – añadió pasando la lengua lentamente por sus labios. 

– ¡Qué vas a comer tú! – le dije sonriendo.

– La primera sonrisa de la noche… ¿qué decías que si recuerdo?

– Nada. No decía nada – le respondí cambiando el tono de la conversación -. Yo también creo que tiene que tener un coño delicioso. Aunque creo que le tiene que oler mal. No sé, me da que lo lleva sudado y le supura mierda. Sí, seguro que es de ese tipo de mujeres que le apesta ahí abajo.

– Pero seguro que le tiene calvito – volvió a insistir Julio relamiéndose nuevamente los labios.  

– Sí, como tú – le dije intentando fingir un estado de bienestar que se ahogaba entre mis lágrimas.

“Maldita puta noche que estamos pasando después de siete años”, pensé retirándome mentalmente de la conversación.

Entonces aparté la mirada y cerré los ojos. Durante unos segundos dejé la mente en blanco, algo que no me resultaba difícil hacer cuando los problemas y malos pensamientos me laceraban. Pero, de sopetón, y contra todo pronóstico, pues nunca antes me había sucedido, una sensación nauseabunda empezó a apoderase de mi inconsciente. Ésta, con delicadeza, comenzó a comerse mi entereza. Sin control, continuó con la paciencia, siguiendo con la poca autoestima que todavía me permitía mirar hacia delante. Fue entonces cuando, mientras asimilaba lo que me esta sucediendo, algo indescriptible borró aquel estado, dando paso a una alucinación formada con rabia, que me encerró en un ataúd subjetivo aderezado con recuerdos inútiles y con el alcohol que poco antes acababa de bajar por mi estómago.

Recuerdo como en aquel momento tuve ganas de levantarme, coger una silla y rompérsela en la cabeza al primero que pasase. Como también recuerdo como me dije, casi susurrando: “tienes que canalizar toda esa rabia”.

Fue por ello que, con el poco conocimiento de cusa que me quedaba, di prioridad a la escasa razón que habitaba entre mis neuronas y, dejando a un lado la parte pasional del momento, cerré el puño y descargué toda la energía negativa hasta casi hacerme una herida con las uñas en la palma de las manos.

– ¿Te encuentras bien? – me preguntó Julio extrañado, entristeciendo nuevamente la expresión de su rostro.