Esteban…
Fui hacia la habitación donde dormíamos y empecé a golpear la cama hasta tirar el colchón al suelo. Rompí las sábanas, los marcos de las fotos, quemé los regalos, tiré por el váter los últimos preservativos que quedaban.
Me tumbé en el sillón. No entendía nada. Después bajé al chino más cercano a comprar alcohol. Llamé a mi camello. Me fio tres pollos más de cocaína. Subí a casa y me hice dos rayas. Bebí hasta dejar de notar el amargor bajar por la garganta. Puse la televisión y me quedé absorto viendo un concurso televisivo. Leí varias veces el correo electrónico. Pronto descubrí nuevos mensajes, largas conversaciones de amor donde se me tachaba de idiota. Alegatos humillantes, poblados de adjetivos hacia mi persona, que me hundieron más en la miseria. No entendía nada, no podía creer lo que estaban viendo mis ojos.
“Es un pobre retrasado, solo sabe drogarse. No tiene ningún tipo se aspiración en la vida. Sus únicos sueños son el alcohol y los bares. Por qué no le mandas ya a tomar por culo. No te da vergüenza estar con una persona así”.
“Pues sí, la verdad es que un poco. Pero ¡qué hago con este pobre desgraciado!”
“Que se cuide él, ya es mayorcito.”
“¡Que le den por culo! ¿Sabes qué? Por primera vez en dos años creo que estoy con alguien que merezco.”
“Claro, cariño y aunque suene prepotente, pero es que es realista, tengo pasta, mundo, poder y, por lo que me dices, él solo tiene una cerveza, un gramo de coca y muchas horas de sillón.”
Cerré la pantalla del ordenador mientras una lágrima se derramó por mi mejilla. Lentamente bajó por la barbilla y golpeó con fuerza contra una raya perfilada en el cristal de la mesa camilla del salón.
Me levanté. Fui hacia la habitación donde dormíamos y empecé a golpear la cama hasta tirar el colchón al suelo. Rompí las sábanas, los marcos de las fotos, quemé los regalos, tiré por el váter los últimos preservativos que quedaban.
Luego de esto me tumbé en el suelo hasta caer dormido. Soñé con una cama. Una cama compartida con su jefe llena de condones. Condones usados por el suelo, por las mesas, por cada una de las esquinas del lugar en que copulaban.
Desperté sudando. Pasé mi mano derecha por la nariz, estaba sangrando. En ese momento sonó el teléfono. Era ella. Dudé en cogérselo, pero al final lo hice mientras la sangre ya goteaba sobre mi camisa.
– Te noto raro, ¿te pasa algo? -, me preguntó después de narrarme con pocos detalles lo aburrido que estaba siendo el viaje con sus amigas.
– Pues no, no me pasa nada – me respondió de forma contundente.
La hemorragia empezó a abundar casi interrumpiendo mis palabras. Para cortarla, introduje el dedo meñique en el orificio. No quería poner fin a la conversación y menos aún decirle lo que me estaba pasando en ese preciso momento.
– No sé, será impresión mía – dijo reinterpretado muy bien su papel. Seguro que más que consciente de mi estado.
– Será eso.
– ¿Sabes una cosa? Te echo mucho de menos. Cuando estoy separada de ti, no hago nada más que acordarme de lo mucho que te quiero y de cuánto te necesito – apuntó para mi sorpresa, manteniendo un tono idílico que, en cierta media, me extrañaba.
– Y yo a ti. No lo niego – la respondí con desgano.
– ¿Qué curioso? Nunca me lo habías dicho.
– No, la verdad es que no.
– Bueno, veo que no tienes muchas ganas de hablar y lo que me dices es un poco raro. ¿Vas a salir esta noche? – me preguntó con cierto interés.
– No creo, ¿y tú?
– Pues tampoco creo. Éstas petardas llevan una vida insoportable.
– Como mucha gente… Nos hacemos viejos. En fin.
Colgué el teléfono y fui directo al baño. Necesitaba cortar la hemorragia. La taponé pronto con unos algodones y me cambié de camiseta.
Volví al salón y releí nuevamente más correos electrónicos mientras me ponía de coca sin parar por la nariz que tenía limpia.
Me bebí todo.
Gasté dos pollos y empecé el tercero.
Fui al botiquín y saqué alcohol de desinfectar. De noventa grados, para ser precisos. Lo mezclé con unos hielos y algo de agua y empecé a beberlo. Estaba horroroso, pero curaba la desazón perpetua que abrumaba mi subconsciente y que, no sé por qué cojones, decapitaba mi sentido como individuo.