Rodrigo…
na chica no muy alta, bastante delgada, rubia y de tez blanca. Una chica que, para bien de la historia, resultó ser Calara.
En lo que respecta a mí, he de decir que estudié poco, bastante poco, aunque acabé un módulo en artes gráficas que me reportó un trabajo de mierda. Después de esto me trasladé a vegetar a varias ciudades del Estado, donde malviví con diferentes chicas. Hasta que, con casi la misma edad con la que mi padre entró en prisión, acabé en Madrid. Allí me acostumbré a ser un perro solitario enganchado a una mujer y a relaciones tormentosas que empezaban pasionalmente y terminaban convertidas en un infierno. También allí llamé la atención adonde fui y, siempre, digo siempre, sentí que me faltaba un padre.
– ¿Ya te han soltado?
Dije a mi padre en un bar momentos después de que dejase definitivamente la cárcel.
– Sí, ya soy libre – me respondió con un tono bronco, tapado en su mayor parte por el soniquete de los parroquianos.
– Papá ya podrá estar con nosotros -. apuntó mi madre intentando quitar tierra a un asunto que bien sabía que me producía rechazo, mientras pedía al camero de la barra un güisque con muchos hielos.
– Hijo, ¡qué no son horas de beber eso! – exclamó mi padre queriendo hacer de alguien que bien desconocía.
– ¿Entonces dices que vas a estar con nosotros o entre nosotros? – pregunté a mi padre un tanto irónico.
– Siempre he estado con vosotros, hijo. ¡Cómo puedes creer lo contrario!
– No lo creo. Pero lo siento a diario. Sí – exclamé señalándome el corazón -. Lo siento aquí dentro.
– Perdona, su bebida -. Interrumpió de repente la camarera. Una chica, por cierto, no muy alta, bastante delgada y de tez blanca, que, para bien de la historia, resultó ser Calara. Sí. La mujer con la que desde esa conversación empecé a compartir mi vida. Sí. La persona que con el paso del tiempo se diluyó como lo hicieron los hielos de aquellos güisques que bebí hasta bien entrada la noche.