capítulo 30. fuck off, amor

Rodrigo…

¿Qué cojones pasaba, Rodrigo? ¿Qué cojones le pasaba a esa maldita historia que teníais? ¿No crees que es de recibo que me entere? Soy su hermano. Sangre de su sangre, una persona que quería a Clara, mi hermana.

El tiempo corría en mi contra. Necesitaba dar una respuesta cuanto antes al hermano de Clara. Sabía que la pregunta que me había formulado iba con segundas. Pero, para mí desgracia, no podía detener el tiempo. Era el momento de ser sincero o de inventarme cualquier argucia con la que salir del paso. Tenía que enfrentarme como fuese a una interpelación que, indirectamente, estaba interpelando a mis propios principios éticos y morales.

De repente, Javier cambió el gesto de su cara y, acercándose a mí, mientras se restregaba los ojos con delicadeza, me preguntó muy ofuscado:   

– ¿Por qué cojones no hablabais últimamente? Me refiero a Clara y tú.

De nuevo me quedé bloqueado. Y más cuando confirmé mis sospechas. Cualquier palabra inapropiada que soltase podría comprometerme. Necesitaba ser muy comedido con la respuesta. Medir cada construcción lingüística para que el conjunto, la frase, no provocase un cataclismo emocional que derrumbase definitivamente a quienes daban vida al funeral.   

– No estábamos muy bien – le respondí sin más, intentando atajar el problema de una forma lo más aséptica posible.

– No quiero pensar que seas responsable de esta desgracia.

Me quedé petrificado. Una sensación de abatimiento recorrió mi estómago. Varias gotas de sudor brotaron entre mi pelo. Estaba acorralado. Me encontraba en un callejón sin salida y sin punto de retorno.   

– Por favor, Javi, ¿qué cojones dices? – le respondí como intentando escabullirme de un contexto que me superaba por todos los lados.  

Javi no me respondió. Solo me miró fijamente a los ojos. Después, sin pestañear, clavando sus pupilas en las mías, absorbiendo mi presencia con sus retinas, posó su mano derecha sobre mi hombro izquierdo. En ese momento otra sensación, aunque ahora de bloqueo, se apoderó de mis funciones cerebrales. No era capaz de articular palabra. Parecía como si la poca fuerza que había tras la pregunta comprometida de Javi me hubiese parado en seco.

– ¿Qué cojones pasaba, Rodrigo? ¿Qué cojones le pasaba a esa maldita historia que teníais? ¿No crees que es de recibo que me entere? Soy su hermano. Sangre de su sangre, una persona que quería a Clara, mi hermana. Porque, ¿tú realmente querías a Clara? Dímelo, cojones, Rodrigo. ¿Qué cojones te pasó con mi hermana?

– ¡Tranquilízate, Javi! Creo que estás distorsionando todo. La situación no es fácil para nadie, y menos para ti.

– ¡Encima tienes los cojones de decir eso! – me gritó levantando la mano y haciendo el amago de golpearme. En aquel momento se hizo el silencio en toda la sala. Todo el mundo miro hacia la cara desencajada del hermano de la difunta. Todo el mundo menos un familiar, quien, educadamente, se acercó dónde estábamos y nos preguntó:

– ¿Pasa algo?

– Nada, primo, los nervios. No ha pasado nada, de verdad – respondió Javi con bastante diplomacia.

– Me alegro entonces. Y, si necesitas algo, ya sabes con quién pasar el tiempo.

– Gracias, primo.

– A ti, primo, a ti.