Rodrigo…
Esa noche, la de la boda, dormí por primera vez en casa de Clara. No hicimos nada, porque ya no lo hacíamos. Estuvimos hablando sobre los pedos de sus familiares y reímos por primera vez en mucho tiempo.
La monotonía del paro empezó a comerme por dentro. La semana era igual que el domingo y el fin de semana parecía todo menos un día chusco.
Pronto me enteré que Judit y Esteban lo habían dejado. Con Joselu empecé a verme con bastante frecuencia. Follábamos, sin amor, nos comíamos la polla, sin amor, nos penetrábamos, sin amor, y cada vez hablábamos menos. Clara dejó de ser… no sé, y se convirtió en una carga insoportable de la que no sabía ni podía deshacerme.
Con el tiempo me convertí en un ser que actuaba sin sentido ni motivo aparente. Entregaba currículums, pero no tenía ganas de trabajar. Follaba con un amigo, pero no me gustaban los hombres. Quería a la que era mi novia, pero en el fondo la odiaba.
Conocí al hermano de Clara en una boda poco antes de la escena del tanatorio. No estoy seguro de quiénes eran los contrayentes, tampoco por qué fui invitado. Lo que sí recuerdo es que corría el vino cuando se acercó y me dijo:
– Hola, soy Javi, el hermano de Clara. Tú debes ser Rodrigo. Su amor.
Javi era un tipo bastante peculiar, además de una contradicción en sí mismo. Ordenado, listo, compresivo… pecaba por tener un comportamiento excesivamente refinado y locuaz. De pequeño todos le vaticinaban un futuro prometedor, no solo en lo académico sino también en lo laboral. Pero un pequeño traspiés en el instituto y una hostia como dios manda en la capital de España, mientras estudiaba Formación Profesional, cambiaron por completo el destino de quien estaba llamado a ser el triunfador de la familia.
De vuelta al pueblo, Javi se dedicó a negocios varios, para terminar trabajando con su padre como tractorista, recolector, tratante… Y todo ello lo hacía, según contaba a sus amigos cuando se colaba con el alcohol, mientras se preguntaba, en el silencio de las noches, cómo hubiese sido su vida si en vez de una FP hubiese cursado Derecho y si en vez de estar entre naranjos resolviese expedientes en los mejores despachos de abogados del país.
Recuerdo como, con la diplomacia que le caracterizaba, restada por unas copas de más, hablamos sobre su hermana y nuestro futuro. Yo le conté que acababa de ser despedido y él me dio ánimos para que no desesperara. Incluso se ofreció a pasar mi currículum a un amigo que, al parecer, trabajaba en el mundo de las artes gráficas.
A decir verdad, en aquellos días tampoco tenía muchas ganas de trabajar, así que desestimé su oferta olvidándola en el vacío de las borracheras.
Esa noche, la de la boda, dormí por primera vez en casa de Clara. No hicimos nada, porque ya no lo hacíamos. Estuvimos hablando sobre los pedos de sus familiares y reímos por primera vez en mucho tiempo.
A media mañana regresé al piso de Vallecas, donde vivía con otros dos compañeros que poco merecen ser mencionados. Una vez me duché, llamé a Joslu, pero no me cogió el teléfono. Lo intenté varias veces, pero no obtuve respuesta. Pensé en que quizás no se había dado cuenta, así que no le di la mayor importancia. El problema fue que, para mi sorpresa, lo que empezó siendo un silencio coyuntural se prolongó en el tiempo, hasta tal punto que, una mañana, en un supermercado, mientras ambos hacíamos la compra, evitó saludarme.
Entonces entendí el mensaje del silencio. Me percaté de que detrás de todo aquello había más que suposiciones. Así que dejé de intentar de contactar, miré para otro lado y olvidé la historia como si nunca hubiese ocurrido. Vaya, que escondí el romance homosexual en la mochila de mierda que de un tiempo a esa parte me acompañaba.