Joselu…
Nuestros momentos más críticos como dos solían venir cuando aparecía un tercero. Al principio de nuestra relación esto no era así, todo hay que decirlo. Pero conforme fue pasando el tiempo y nuestro amor haciéndose más cotidiano, la monogamia se convirtió en una especie de imposición por su parte.
Ir a vivir con Horacio fue una decisión que tardó tiempo en materializarse. En un principio pensamos en mudarnos a su casa. Pero algunos problemas con su exmujer, el abogado y los niños lo hicieron imposible. Fue por esto que acabamos instalados en mi piso cochambroso de Lavapiés, sobrevenido entre las paredes atrofiadas de un inmueble que a ambos nos enseñó a vivir como dos mariconas.
La convivencia nunca había sido mi fuerte. Es cierto que había compartido varios apartamentos con otros compañeros. Pero vivir con alguien con el que tenía sexo y supuestamente quería, era algo muy distinto.
Nuestros momentos más críticos como dos solían venir cuando aparecía un tercero. Al principio de nuestra relación esto no era así, todo hay que decirlo. Pero conforme fue pasando el tiempo y nuestro amor haciéndose más cotidiano, la monogamia se convirtió en una especie de imposición por su parte. Y digo esto último porque, aunque no lo decía y se mostraba todo lo liberal que cualquiera puede parecer cuando piensa lo contrario, en su interior sentía un resquemor que se reflejaba con indirectas o comportamientos muchas veces salidos de tono. Y aunque por lo general lo justificaba recordando la frustración que le producía no poder ver a sus dos hijos, otras muchas se inventaba escusas absurdas que evidenciaban los celos que le causaban mis escapadas.
Un ejemplo de lo que hablo es una historia que tuve con un chico de Puente de Vallecas que conocí una noche cualquiera en una discoteca del sur de la ciudad. Chico que, por cierto, era la primera vez que compartía cama con un hombre. Recuerdo como por la mañana, cuando ya se había marchado y mientras tomábamos café con magdalenas, me echó en cara, sin mucho sentido aparente, el alboroto que habíamos formado. Pronto noté la frustración que le había producido aquello y supe que no podía volver a repetirse.
– En el fondo sé que no te gusta que esté con otras – le dije con delicadeza para no convertir aquella frase en una reprimenda.
– ¿Te he dicho eso en algún momento?
– No, pero siempre que ando con otras, te molesta. Cuando no es que no llego a casa, es que hago ruido, cuando no, tu ex mujer.
– Eso no es verdad.
– No lo ocultes. Los celos son naturales. Eso dice que me quieres. Algo que, en el fondo, me enorgullece y hace sentirme bien.
Me acerqué y le besé.
– Creo que a partir de ahora solo serás tú – le susurré al oído.
– Yo también creo que seremos más felices así.
– ¿Ves cómo estabas celoso? – exclamé golpeándole con un paño de cocina y soltando una pequeña carcajada.
– No es eso – me respondió riéndose.
– ¿Entonces qué es? Me voy a la ducha. Quiero limpiar mi vida poli sexual y empezar a ser solo tuyo.
– No vaciles maricona… – me increpó irónicamente señalando con el dedo.
– ¿Sabes algo de tu ex mujer? – le pregunté para cambiar de tema.
– Creo que quiere recurrir la sentencia. No para.
– Maldita zorra, la verdad.
– Pues sí – me respondió -. Lo que me da pena, de verdad, son los niños.
– Bueno, ya crecerán y todo cambiará. Eres su padre. Te aceptarán.
– ¿Tú lo crees? –, me preguntó mientras se rascaba el mentón.
– Sí, lo creo. Tú nunca les has dejado de lado.
– Eso espero.
– Te dejo, que voy a quitarme con agua pura mi antigua vida – volví a decirle bromeando.