capítulo 49. fuck off, amor

Joselu…

Ya pasadas las dos de la madrugada y tras haberme quedado medio dormido en el sillón viendo la segunda temporada de Los Soprano, volví a llamarle, pero el móvil seguía desconectado. Tras colgar el teléfono me preocupé un poco, no era muy normal en él tanto descuido.

Eran más de las doce de la noche y Horacio no había regresado del paseo. La cena se había quedado fría, así que decidí guardarla en la nevera, junto a la comida que había sobrado a mediodía. A eso de la una empecé a estar con la mosca detrás de la oreja, no era muy frecuente en él salir hasta tan tarde y menos aún solo, así que tomé la decisión de llamarle por teléfono. Lo tenía apagado, por lo que desistí durante un tiempo. Pensé que iría en el último metro.

Ya pasadas las dos de la madrugada y tras haberme quedado medio dormido en el sillón viendo la segunda temporada de Los Soprano, volví a llamarle, pero el móvil seguía desconectado. Tras colgar el teléfono me preocupé un poco, no era muy normal en él tanto descuido. Y no era normal porque tampoco era una persona de muchas amistades y menos aún de perderse solo en la noche.

Bajé a la calle y fui por los pubs que todavía quedaban abiertos y que solíamos frecuentar. Pregunté a los camareros y nadie le había visto. Volví a llamarle varias veces, pero tampoco hubo suerte. Pensé, incluso, en marcar el 112, aunque pronto decliné la decisión. Tras esto decidí regresar a casa. No tenía sentido que estuviese de un lugar a otro a esas horas de la madrugada.

Ya en la calle, desde el exterior, vi la luz encendida del salón, algo que me extrañó, pues recordaba haberla apagado. Así que, para mi descanso, entendí que había vuelto. Una vez dentro del bloque, en el portal, escuché un poco de barbullo y cuando empujé la puerta oí una voz de alguien que no era Horacio y que, por cómo articulaba, estaba bastante colocado.

Para mi sorpresa, en el salón, me encontré a un hombre desnudo poniéndose una raya de cocaína. Era rubio, alto, tenía aspecto de nórdico. Me quedé callado observándole, no sabía qué decir menos cómo actuar. Él hizo lo mismo. Después se tapó, se sentó en el sillón y empezó a mirar a la nada. Entonces, sibilinamente fui a la cocina, me eché un vaso de cerveza y lo bebí con tranquilidad. Al poco apareció Horacio. En un principio no dijo nada. Solo se sentó a mi lado mirándome fijamente a los ojos. Estaba muy colocado. Tanto que no era capaz casi de hablar. Tenía las pupilas muy dilatadas y los ojos inyectados en sangre.  

– ¿No me jodas que has hecho todo esto por lo del contestador y las fotos? – le pregunté con un tono desagradable, haciéndole ver que no estaba celoso, pero sí enfadado.

– Pues si te soy sincero: sí. La verdad es que sí – me respondió irónico, balbuceando a consecuencia de la coca.   

– No me lo puedo creer, nunca te has molestado por cosas así.

– Bueno, nunca. Ya tuvimos en otro tiempo alguna crisis por cosas como la que acabo de hacer.

– ¿Con quién te ha molestado?

– Pues, por ejemplo, con tu amigo.

– Pero, por favor… – le respondí golpeando el vaso que bebía y derramando parte de la cerveza que contenía –. ¡Ay, que la lío! – dije involuntariamente mientras limpiaba el líquido que se había derramado sobre la mesa con la manga de la mano.

– Pues me molestaba.

– A veces no te entiendo, Horacio. Ya te he dicho que lo de Rodrigo fue algo puntual.

– ¿Y Quién es el del contestador y las fotos? Eh, ¿quién es, si se puede saber?