Esteban…
Crecí en un entorno difícil, un pequeño pueblo retirado de la civilización de cuyo nombre no quiero acordarme. Mis compañeros, que luego pasarían a ser mis supuestos amigos, con frecuencia se mofaban de mis gustos y en muchos casos hasta me pegaban
Ser homosexual no es tarea fácil por mucho que digan lo contrario. Es verdad que en los tiempos que corren todo el mundo habla de ello como algo natural, pero en el fondo, la mayoría sigue pensado y diciendo lo mismo: ¡Vaya un marica de mierda! Sí, ¡vaya un marica de mierda!
Crecí en un entorno difícil, un pequeño pueblo retirado de la civilización de cuyo nombre no quiero acordarme. Mis compañeros, que luego pasarían a ser mis supuestos amigos, con frecuencia se mofaban de mis gustos y en muchos casos hasta me pegaban. Por esto mismo y mucho más, cuando llegaba a casa me pasaba horas llorando bajo la almohada, queriendo olvidar la mierda que era. Con frecuencia prefería no salir al mundo y ocultaba a mi familia la constante humillación que recibía en dosis cargadas de homofobia. Lo triste de la historia es que nunca encontraba el momento idóneo para decirles que en el cole y en la calle me zurraban por el simple hecho de tener pluma.
Con esta realidad desagradable, y muy jodida, tiré muchos años hasta que, un día, cuando tenía no más de diez a mis espaldas, y ya harto de todo y a punto del suicidio, no lo niego, conté primero a mi madre y después mi padre lo triste y desesperante que resultaba mi día a día. Entonces eran otros tiempos, o eso quise creer, y la única respuesta que me dieron, luego de mirarse a los ojos como dos gilipollas, fue que “aprendiese a ser un hombre e hiciese que me respetasen”.
Con el tiempo tengo que reconocer que aquel consejo me sirvió de poco. Más que nada porque “no era un hombre y porque tampoco conseguí que me respetasen”. Mientras lo intentaba, eso sí, mi hermano mayor me ayudó, pero, poco a poco, como todo hijo de Dios, empezó a olvidarme. Y lo hizo simplemente por mantener intacta su reputación de cara a sus amigos. Entonces el mariquita, el raro, la mujer, la chupa colas se quedó sola en la difícil labor de aprender a ser un hombre y hacerse respetar por sus iguales.
Cuando decidí irme del pueblo y después de haber conocido a otros chicos que sentían lo que yo entendía entonces como un problema, todo fue un alivio. Es verdad que no perdí a mi supuesto grupo de amigos, entre ellos a mi hermano, pero pude poner el contador a cero y comenzar una nueva vida.
Ahora bien, tiempo antes de que esto último sucediese todo empezó a truncarse cuando, un día, sin saber por qué, conté en mi casa lo de mi homosexualidad. Entonces se formó un revuelo que provocó que estuviese desaparecido tres meses. Mi hermano, el cabrón, en tono amenazante y poco antes de partir, me dijo muy claro que no dijese nada por el pueblo.
– Y por qué no voy a decir nada, ¿acaso te avergüenzas?
– Ya bastante vergüenza me has hecho pasar durante todos estos años para que ahora digas que eres maricón.
Tres meses después, cuando volví a casa, luego de varios cólicos nefríticos de mi padre y alguna diarrea mental de mi madre, mi hermano se mostró aún más esquivo, tanto que poco a poco dejó de hablarme.
– No se han reído bastante de ti – me dijo una noche de fiesta entre el bullicio de la gente – para que ahora vayas y cuentes eso.
Entonces, yo, en tono desafiante y bastante harto de su actitud y reproches justificados, le respondí:
– ¿Qué te importa más, que se rían de mí o que, si lo cuento, te conviertas en el hermano del maricón? Que, por cierto, llevan diciéndomelo toda la puta vida sin yo haberlo contado.
– Pues no, si te soy sincero, me importan las dos cosas. Y si te soy más sincero, más la segunda: has sido una puta lastra para mi toda la vida. Y encima has estado pegado a mis amigos como una lapa.
– ¿No son también mis amigos?
– ¿Verdaderamente te crees que si yo no hubiese estado a tu lado tú saldrías con ellos? ¿No te has dado cuenta de que nadie te respeta?
Tras esta afirmación por su parte me marché. Me perdí entre la gente y empecé a beber. Bebí una copa tras otra sin parar. Engullendo el alcohol como si fuese un medicamento. Sintiendo como poco a poco perdía todas las funciones motrices, como mi racionalidad, descompuesta por la dureza de la vida, desaparecía haciendo de mí un ser sin rumbo, acurrucado entre la multitud, con los oídos taladrados por la música, chocando entre cuerpos extasiados y sudorosos, empujado por el frenesí que provoca las sustancias que todo ser humano absorbemos para desinhibirnos de los problemas que, a cada uno, como seres individuales, nos afligen.
Ya entrada la noche y cuando todo me daba vueltas, me acerqué a Pablo, un chaval cinco años mayor y uno de los que más se burlaban de mí en el pueblo.
– ¿Qué tal la noche? – le pregunté al oído con cierta sorna, intentando simular que quería algo con él.
– ¡Hombre, la maricona! Si tú no me hablabas – respondió sonriendo.
– Venga, responde a la pregunta y deja de tratarme como una mierda.
– Bien, hombre, o debería decirte mujer.
– Llámame como quieras. ¿Sabes una cosa?
– ¿Qué?
– Soy marica
De repente le cambió la cara. La sonrisa vacilante que dominaba su rostro se borró instaurándosele una expresión de seriedad que combinaba la preocupación y el despotismo en proporciones iguales.
– ¿Qué, te sorprende? Es raro, te has pasado la vida riéndote de mí por este tema.
No me respondía, miraba para todos los lados intentando que nuestros ojos no coincidiesen.
– ¿Qué, se acabaron las coñas?
– Eres marica – Me respondió tartamudeando.
– Si, ¿no te ha quedado claro?
Tras esta pregunta y tras no hallar respuesta por su parte, me acerqué hasta confrontar rostro con rostro y le besé. Al principio se quedó parado, no sabía qué estaba pasando. Pero cuando unos cuantos ojos se clavaron en lo que estaba sucediendo, se retiró, miró alrededor y me soltó un puñetazo que me tiró directamente al suelo. Para cuando me estabilicé, un corro de gente nos estaba rodeando. Todos miraban, entre ellos mi hermano, intentando en todo momento buscar una explicación a lo que había pasado. Yo, sin embargo, me encontraba en el suelo sangrando, con un dolor insoportable en la cabeza. Sintiendo a la misma vez una sensación agridulce de victoria, que imprimía gran parte de la autoestima dinamitada muchos años atrás.
– Me ha besado la maricona, me cago en Dios, me ha besado la maricona esta.
Repetía mientras mi hermano le miraba intentando disculparse y el resto, consternado, y a la vez aguantándose la risa, intentaba buscar una explicación racional a la escena.
Media hora después estaba en el baño frente al espejo intentando taponar la hemorragia. Nadie me había preguntado, nadie se había acercado a ver qué tal me encontraba. Ni si quiera, y con perdón para mi madre, el hijo de puta de mi hermano.
De repente se abrió la puerta, giré la cabeza y apareció el hijo de… mi madre.
Estaba muy serio.
– Eres un cabrón, me has dejado en ridículo delante de todos – me increpó casi susurrando mientras me amenazaba con el puño en alto.
– Y tú eres otro cabrón, has preferido a todos antes que a tu hermano – le respondí con rabia a la vez que contenía con un papel la hemorragia.
– No me puedo creer lo que ha pasado – dijo golpeando una baldosa del baño.
– Yo tampoco me puedo creer lo que ha pasado todos estos años.
En ese momento mi hermano me miró fijamente a los ojos, dejando escapar a través de la mirada grandes dosis de rabia. Cuando creí que se iba a acercar para ayudarme, se dio la vuelta y se marchó de un portazo. Yo me quedé solo mirando a la nada. Comprendiendo más que nunca que la vida iba por otro camino muy distinto hasta el entonces caminado.