Capítulo 51. Fuck off, amor

Joselu…

Me tumbé en la cama. Eran más de las seis y no tenía sueño. Empecé a escuchar como follaba y, por primera vez, sentí lo que era el amor. Y lo hice con la misma intensidad que había sufrido el fracaso social durante todos estos años.

– No volví a saber nunca más de él. Le veo cuando voy al pueblo y coincido en casa o con los amigos. Sé que tiene muchos problemas, pero no me apetece ayudarle.

– ¿Cuánto hace que tu hermano no te llama? – Me preguntó Horacio ensimismado, en el trascurso de una conversación que habíamos comenzado poco después de que el rubio que reciente se había tirado se vistiese.

– Desde hace unos meses. Desde que la vida se le complicó demasiado – respondí con cierta nostalgia.

– ¿Por qué no le respondes?  – me preguntó tras ponerme la mano sobre el hombro.

– ¿Qué decía exactamente en el mensaje? ¿Lo recuerdas?

– Que quería volver a verte. Que se había equivocado. Que te quería.

– Todo eso lo dice porque está desesperado y solo. Muy solo. Es un puto egoísta que, lo único que ha hecho a lo largo de su vida, es pensar en sí mismo.

– Voy a mandar a ese tío a tomar por culo.

– Dale por culo y disfruta. Yo dormiré en la otra habitación – exclame para sorpresa de Horacio.  

– ¿Quieres una raya? – me preguntó con la voz temblorosa. Creo que nunca pensó que respondería eso.

– No, no quiero más coca.

Me fui a otra habitación.

Él al salón.

Me tumbé en la cama. Eran más de las seis y no tenía sueño. Empecé a escuchar como follaba y, por primera vez, sentí lo que era el amor. Y lo hice con la misma intensidad que había sufrido el fracaso social durante todos estos años.

A las diez de la mañana me desperté. Había dormido no más de una hora. Tenía que ir a trabajar, pero no me apetecía mucho. Horacio y el tipo se habían marchado.

En el salón, sobre un cristal, había una raya de cocaína. Me la puse. Después preparé una copa de güisque y la bebí con tranquilidad.

Llamé al trabajo diciendo que me encontraba mal. Me comunicaron que me tomase los días que hiciesen falta.

Después intenté llamar varias veces a mi hermano, pero no fui capaz. No hacía nada más que pensar en lo mal que se había portado durante todos estos años. Era banal, absurdo bajarme los pantalones, aunque en el fondo pensaba que era una forma de hacer lo mismo que él había hecho durante todos estos años.

A media tarde llamé a casa y hablé con mi madre. Le conté que no me encontraba nada bien y que pronto iría a verla. Me dijo que la llamase más a menudo, que estaba ahí para apoyarme en todo.

– ¿Qué tal anda Pedro?

– Pues no muy bien, ¿cuándo vais a volver a hablar?

– No lo sé, ¿y Javito?

– Le ve muy poco. Deberías hablar con él. En serio, él quiere hablar contigo, lo necesita. Sé cómo se ha comportado contigo, una madre lo sabe todo.

– Quizás le llame en los próximos días o quizás nunca – dije sin mucho sentido.

– No te comportes como él, por favor. Hazlo por tu madre, que te quiere mucho. Aunque sea solo por tu madre – me respondió intentando limar las esperezas.

– Lo intentaré. Ya veré como afronto esa conversación.

Justo cuando colgué, Horacio entraba por la puerta. Dejó sus cosas, se acercó y me dio un abrazo.

– ¿Has dormido?

– Poco, ¿y tú?

– Nada, he pasado un día escandaloso en el trabajo. Me dormía en cada esquina y me han llamado varias veces la atención.

– Es lo que tiene ser un conquistador – sentencie irónico.

– ¿Te apetece salir a cenar?, hoy es viernes.

– No, hoy me quedo en casa, no he ido a trabajar.

– Es verdad, ¿qué haces aquí?

– No tenía fuerzas.

– Bueno, pues nos quedamos en casa.

Para cenar preparamos pescado al horno. Lo degustamos con tranquilidad, saboreando cada parte y bebiendo un vino exquisito que llevaba varios años guardado. Hicimos el amor y después vimos una película. A las tres de la mañana Horacio se fue a la cama. Yo me quedé escribiendo gilipolleces en una agenda que utilizaba de vez en cuando para estas cosas.

A las seis de la mañana cogí el primer metro. Dejé una nota mal redactada a Horacio diciéndole que no se preocupase, que me había marchado al pueblo para arreglar el pasado.

Agarré el primer autobús de la mañana y, con los primeros rayos del sol, transité el espacio que separaba Madrid de mi hogar familiar. Cuando llegué, vi a Pedro fumando un porro en el parque de delante de mi casa. Él no me vio. Entonces intenté acercarme, pero algo que no logro saber qué, me lo impidió. Cuando me marché vi cómo a su lado había un tipo que no conocía.

Ya de camino a la ciudad, luego de haber esperado en el pueblo que pasase el siguiente autobús, miré el WhatsApp. Llevaba todo el día sin hacerlo. Tenía varios mensajes. También se había creado un grupo.

Ponía:     

Cena del 12.

Apagué el móvil. No era el momento para perder el tiempo con gilipolleces.