La última cena. Fuck off, amor 4

Rubén…

En la calle hacía frio y la humedad lo intensificaba todo. Por lo que metió las manos en el bolsillo y agachó la cabeza para ver si así la intensidad del aire, que se colaba entre los almendros que lo arropaban, no congelaba sus articulaciones.

Rubén no respondió nada de la relación sentimental o sexual que en secreto tuvo Rodrigo con uno de los invitados a la cena. Solamente se rio para despecho de Diana, que no encontró respuesta a pesar de su insistencia y de tacharle, incluso, de mala persona. La situación provocó cierta tensión entre ambos. Hasta tal punto que Rubén decidió marcharse a dar un paseo aprovechando las últimas horas de la tarde.

En la calle hacía frio y la humedad lo intensificaba todo. Por lo que metió las manos en el bolsillo y agachó la cabeza para ver si así la intensidad del aire, que se colaba entre los almendros que lo arropaban, no congelaba sus articulaciones. Mientras tanto, Diana volvía a fijar la mirada en el fuego.

A la media hora, ya completamente de noche, Rubén regresó. Corriendo fue al armario y, casi sin saludar, sacó una botella de vino y se sirvió una copa. Se acercó a la chimenea y se sentó junto a Diana. La pidió perdón por lo que había sucedido y la abrazó con fuerza. Tanto que le vino a la memoria el día que se conocieron. Una fecha señalada en su calendario que le recordó todo el tiempo que llevaban juntos: primero como amigos, después como pareja.

Fue cerca de Navidad, años atrás, cuando Rubén caminaba agobiado por Ciudad Universitaria con miles de apuntes en la mano. El otoño había traído las lluvias y eso se notaba en la vegetación que poblaba los jardines. Cerca de la escalinata que daba acceso a la Facultad de Medicina, Rubén paró para coger aire. Aunque tenía que llegar a una tutoría sobre anatomía elemental, era tan poco el oxígeno que guardaba que necesitaba recuperarlo. Entonces, justo al lado de un jardincillo que hacía las veces de estercolero, y luego de haber continuado la marcha, Javier se tropezó con una cara de perro y cayó al suelo, golpeándose con fuerza el costado. Entonces los apuntes volaron por los aires y su cuerpo rodó hasta quedar varado entre una planta y una papelera que, rebosante, mostraba la porquería. Por momentos nadie se acercó a dónde estaba. Tan solo alguna mirada furtiva lo observó con cierto aire de recochineo. Pero, para su sorpresa, una chica de más o menos su edad, la cual no había visto nunca, se presentó, le tendió la mano y le dijo:

– Levanta, ahora recogeremos los apuntes. ¿Te encuentras bien? Te has dado un golpe muy fuerte en el costado derecho. Seguro que lo tienes morado.

Rubén respondió que estaba bien y le tendió también la mano para ponerse de pie.

Fue media hora después cuando la pareja estaba en un bar del centro charlando con una taza de café. Ella se llamaba Diana y estudiaba biología. Le contó que estaba en segundo, que era de Madrid de toda la vida y que parte de su familia había emigrado del norte de Extremadura intentando encontrar un mejor futuro. Rubén le habló que su madre también era de la capital y le narró con detalle y cierto humor sus primeros años en el pueblo. También le dijo, que, como ella, estaba en segundo, aunque de medicina y que soñaba con ser un importante doctor que pasase a la historia por descubrir una cura que condicionaría el futuro de la raza humana. Diana se rio de esto último y poco después se marchó. No sin antes darle el número de teléfono y regalarle una sonrisa que sirvió para sellar una amistad que, sin duda, prometía algo más.  

La amistad que duró un par de años. Tiempo en que la pareja quedaba y se intercambiaba las penas y las alegrías. Tiempo en que uno le contaba sus batallitas entre muertos que olían a jamón y la otra las disecciones tan sorprendentes que hacían a las bestias de la geografía española. Hasta que, un día, Rubén, poco después de haber terminado los exámenes de verano, la invitó a caminar a media tarde por un Madrid completamente vacío. Cerca de Lago, cargado de miedo, se acercó y, con delicadeza, la besó en los morros. Diana no puso impedimento y siguió el beso hasta que segundos después Rubén quitó la cara. Momento en que el tiempo se detuvo dando paso a un intervalo emocional que les congeló a pesar de lo alto de las temperaturas.

– ¿No sé si he hecho bien? – preguntó Rubén casi tartamudeando.

– A mí me ha gustado – respondió Diana.

Y el par de dos continuó besándose hasta bien entrada la noche.

Estaba claro que con aquel paso sellaron lo que venía a ser algo más que una amistad. Estaba claro que lo ocurrido cambió muy y mucho la forma de relacionarse. Y estaba tan claro que poco más de mes y medio después, Rubén se encontraba en la mesa de Diana comiendo con sus padres.                                    

– Este es Miguel. Mi hermano -. Le presentó un día Rubén a Diana en una visita al pueblo.

– Encantada.

– Hola, tú debes ser Diana, por lo que intuyo.

– Así es.

– Encantado. Rubén me ha hablado mucho de ti. Dice que eres una gran novia.

Señaló el hermano de éste inventándose una historia que jamás había ocurrido y que dio pie a una conversación que terminó en la casa de campo de los padres de Rubén y en la que Diana conoció a Esteban, uno de sus amigos.

– La verdad es que no me ha caído muy bien – dijo Diana.

– ¿Quién?

– Tu amigo, Esteban.

– Es un poco niñato. Vive de la renta. Su padre es cirujano. Y su madre está un poco parada, pero creo que da clase en la universidad. Tienen pasta y lo malcrían. Encima están separados. Ya verás cuando crezca un poco más las ostias que se va a llevar.

– Tampoco te lo decía por eso.

– Pues yo sí.

– Parece que te da rabia su actitud.

– En parte.

– ¿Por qué?

– Porque la vida no es como se la toma él.

– Cada uno se toma la vida como quiere.

– No estoy de acuerdo.            

Este rasgo de Rubén, por el cual juzgaba a todo el mundo que no actuaba con él, era lo que menos le gustaba a Diana de su prometido. Como tampoco el orgullo que a veces le llevaba a perder los papeles, como había sucedido tiempo antes de que se estuviese tomando aquella copa de vino junto al fuego con Diana.

Justo cuando se estaba echando la copa a la boca, Rubén recibió un WhatsApp. Entonces metió la mano en el bolsillo y lo abrió. Con detenimiento pudo leer que se había producido otra baja. Esteban no vendría a la cena. Le había surgido un contratiempo y le sería imposible. Se disculpaba por la hora, le agradecía la invitación y emplazaba la quedada a otro momento después de las vacaciones.

Rubén cerró el teléfono móvil y miró a Diana.

– Esteban no viene, me acaba de escribir – dijo enfadado.

– Vaya horas de rajarse.

– Es un niñato, ya lo sabes. No sabe comprometerse con nadie y prueba de ello es esto mismo.

– Bueno, a más comida tocamos.

– Siempre exculpándole.

– ¿Siempre? Creo no haber coincidido más de veinte veces con él – respondió Diana malhumorada.

– Bueno, tampoco te pongas así.

– Anda, echa más leña. Que el fuego está bajo.