Pedro…
En la cocina de su casa, encima de la vitrocerámica, con un cuadro de Franco a nuestras espaldas y la foto de la boda de sus padres asomando por el pasillo, empezamos a preparar el condimento mientras nos hartábamos a rayas y bebíamos sin parar ginebra con tónica.
Conseguimos veintitrés gramos de cocaína. Cortándolo saldrían unos treinta y tantos o cuarenta. Con la adición que había en el pueblo, en menos de unas semanas podríamos sacar unos dos mil y pico euros, lo que vendrían a ser unos mil y algo por persona. Aunque los clientes se retrasasen en el pago, con esa pasta podría cubrir la pensión de mi hijo y me sobraría dinero para tirar el resto del mes.
Todo era perfecto, todo estaba perfectamente calculado. Parecía como si, de repente, una luz hubiese iluminado la oscuridad de aquellos días tan opacos. Parecía como si un dios no conocido se hubiese aparecido para pintar de blanco nuestras infructuosas vidas oscuras. Parecía como si la suerte, de repente, hubiese cambiado el destino de dos almas condenadas al fracaso eterno.
Pero, como era de esperar, para nuestra desgracia, todo lo que tanto nos había costado hacer se torció del mismo modo que lo hizo la suerte que hasta ese momento creímos tener. Un volantazo inesperado cambio el sino de una operación que aparentemente marcha demasido bien.
Y todo fue por lo siguiente:
Después de pillar la coca, en un camino ubicado cerca del polígono del pueblo, justo al lado de los restos de una antigua fábrica en la que en otro tiempo se producían magdalenas, más allá del parque donde me encontraba con el camello, a escasos dos mil metros de mi casa, fuimos a cortar parte de la mercancía a casa de Juan Carlos para atender los primeros pedidos – según me contó sus padres estaban fuera viendo a unos primos que habían tenido una cría -. Semanas antes habíamos contactado con varios clientes, que esperaban el preciado material hartos de la mierda que se movía últimamente por el pueblo.
En la cocina de su casa, encima de la vitrocerámica, con un cuadro de Franco a nuestras espaldas y la foto de la boda de sus padres asomando por el pasillo, empezamos a preparar el condimento mientras nos hartábamos a rayas y bebíamos sin parar ginebra con tónica. En ningún momento cortamos demasiado la droga. Siempre calculamos bien el peso de cada uno de los gramos que teníamos previsto distribuir. Era fundamental no empezar liándola. Nuestros clientes tenían que quedar satisfechos para dar salida lo antes posible a la coca y llenarnos así los bolsillos sin hacer mucho ruido.
Cuando terminamos de preparar la mezcla, después de habernos puesto unos cuantos tiros más, que preparamos en el viejo billar de su tío, ubicado en una sala contigua a la cocina, nos fumamos un porro de hierba para bajar el pedo. Con tanta droga delante de nuestras narices se nos había ido un poco de la manos.
Justo cuando lo terminamos y después de intercambiar unas cuantas carcajadas sin gracia aparente, se planteó un problema inesperado que en parte estaba hablado: ¿dónde esconder la mercancía?
Desde el primer momento Juan Carlos me había dicho que no había por qué preocuparse, que guardaría la droga en su habitación, en un compartimento seguro que tenía debajo de su cama, en el hueco que quedaba entre un armario y una baldosa suelta pero sujeta con el peso de la mesilla de noche. También sugirió que, al parecer, su madre no solía entrar mucho a limpiar su cuarto y que, por lo general, no era muy cotilla. Por lo que la droga estaría segura.
Pero, para mi sorpresa, algo le hizo cambiar en el momento de la verdad. Inesperadamente veía peligroso que la coca estuviese allí y más con su padre de por medio, del que empezó a decir que últimamente andaba un poco loco, que no se fiaba de él y que, antes o después, encontraría la coca, que para más inri se escondería en un lugar más que conocido por el cabeza de familia.
– ¿Y dónde cojones lo metemos ahora, dime? Porque esto no es lo hablado. Además, no mencionaste en ningún momento a tu puto padre y dijiste que ese lugar era muy seguro. Esto no tiene coherencia alguna. Dime que me estás mintiendo. ¡Dímelo!
-Y yo qué sé, joder. No caí.
-¿Y tú qué sabes? ¿Tú eres gilipollas? Por qué no me lo dijiste antes, de verdad. Si tu padre está mosca con tu comportamiento es en factor a tener en cuenta. Sobre todo, si el destino de la droga es tu habitación, pedazo de gilipollas.
– No lo sé, la verdad. Es que…
-Mira, me consumes, tienes una forma de ser que consumes a todo Dios, no sé por qué cojones hice tratos contigo.
– ¿Y tu casa de campo? Está prácticamente abandonada.
Preguntó para mi sorpresa. Pregunta que me hizo dudar por unos segundos.
– Puf…, pues no sé, si te digo la verdad. Es que mi casa de campo…
– Yo creo que es un buen sitio.
– Es que no sé.
– Allí no va nadie desde el infarto de tu abuelo.
– Eso también es verdad. Mi familia piensa que se va a aparecer el carcamal ese.
– Venga, Pedro. En mi habitación no se puede quedar.
Miré hacia otro lado. Después endurecí el rostro y golpeé la mesa de billar con el puño derecho. No podía creer lo que estaba pasando.
– Pero eso no era lo hablado, joder – exclamé acelerado.
– Es que mi padre… – respondió.
– Te repito que nunca mencionaste a tu padre. ¡Esto que me estás haciendo no tiene perdón de Dios!
– Pedro, en tu casa de campo.
Y así fue.
Después de ponernos un poco más, cogimos la coca y fuimos directos a la casa de campo donde años atrás murió mi abuelo y a la que desde entonces nadie de mi familia iba. Las viejas creencias de los pueblos.
Pillamos la carretera comarcal y nos dirigimos sin miedo aparente hacia el lugar hablado. Y digo miedo aparente porque para nada pensamos lo que minutos después se iba a presentar. Y es que, en el camino, muy colocados, a la altura de no me acuerdo donde aunque antes lo haya mencionado, escuchando música electrónica, bajo una noche cerrada y en el todoterreno del padre de Juan Carlos, nos topamos con un control de la Guardia Civil. ¡Sí, un puto control de la madera!
Yo conducía. En un principio no detuve el coche. Pensaba, ingenuo de mí, que no nos iban a parar y menos aún registrar. Pero para mi sorpresa, Juan Carlos, sin más, cogió toda la coca, que guardábamos en un hueco difícil de encontrar entre el salpicadero y la puerta del copiloto, y la arrojó por la ventanilla directamente a la cuneta.
– ¿Qué haces? – pregunté aterrado.
– Es lo mejor. Como nos pillen la liamos. Además, es el coche de mi padre.
– Me sorprende que hayas tomado la iniciativa. Ya van dos veces esta noche, algo no muy normal en ti.
– ¿Qué dices?
– ¿Te has quedado con el sitio? – pregunté mientras miraba con un ojo al retrovisor y con el otro las luces del coche patrulla, cada vez más cercanas.
– Sí.
– ¿Qué hacemos con los maderos?
– Parece que no están haciendo soplar. Solo están parando.
– Ponte serio todo lo que puedas.
Pasamos el control sin problema alguno. Los maderos nos preguntaron por nuestra procedencia y destino. A lo que les respondimos que nos dirigíamos a la casa de campo de mis padres, que ocultábamos una historia de amor que poco entendería la gente del pueblo. No nos registraron el coche. Sufrieron tal grado de vergüenza que tan solo nos pidieron los carnets, los papeles y nos desearon buenas noches. Algo que en el fondo nos sorprendió.
Estuvimos esperando varias horas cerca de donde arrojamos la coca. En una especie de cerro rodeado de olivos y ruidos de todo tipo, por encima de la presilla del Arroyo Seco. Las estrellas salían de vez en cuando de entre las nubes y los coches pasaban por la carretera sorteando el control de la Guardia Civil, que se extendió hasta las cinco y algo de la madrugada, quizás las seis.
Una hora después de su marcha, sin maderos y para cuando el tráfico se había reducido a un coche cada mucho tiempo, fuimos a recoger la droga. Pero cuando llegamos, nos encontramos con la sorpresa de que no estaba.
– ¿Pero estás seguro que era ahí? – pegunté con los primeros albores de la mañana, con un bajón de cojones como consecuencia de la ausencia de coca en mi organismo.
– Sí, además hemos mirado por toda la zona y tampoco está. Parece que se la ha tragado la tierra – respondió Juan Carlos mientras fumaba un cigarrillo.
– No me jodas tío, no me jodas, ¿y qué vamos a hacer ahora? – pregunté un tanto perturbado -. Dime, ¿qué vamos a hacer ahora?
– No lo sé, no lo sé. Vamos a seguir buscando. No nos queda otra si no quieres que nos corten el cuello.
– ¿Buscando? – increpé enfadado.
– Sí.
– ¿No tienes otro mejor plan?
– ¿Y qué ostias quieres que hagamos?
– Por de pronto nos van a matar.
– Bueno, no te anticipes. Además, ya te lo he dicho.
– ¿No me anticipo?
– Sí, lo haces.
Caminé hacia una peña que había junto a la cuneta. Saqué de mi bolsillo un paquete de tabaco y después hice lo propio con un cigarro. Seguidamente lo encendí y pregunté al vacío:
– ¿Por qué cojones tuvimos que cambiar los putos planes? ¿Por qué cojones me fío de un tío tan gilipollas como tú?