capítulo 61. Fuck off, amor

Pedro…

El hecho de saber que Juan Carlos se había ido de la lengua me enfureció por momentos, por lo que cogí aire y pensé al milímetro la respuesta. No quería que la rabia acumulada complicase aún más todo.

El camello había esnifado la raya y estaba haciéndose un chino, que untaba con estrictez. Yo acababa de narrarle parte de la historia. Era la tercera vez que lo hacía sin mucho éxito. Además, sabiendo que conocía todo sobre mí, había utilizado el drama de mi hijo. Quería así recurrir al chantaje emocional y frenar sus cada vez más delirantes ansias de encontrar una respuesta.

A todo esto, había que sumar que el camello cada vez estaba más colocado y que tenía ramalazos de ira cuanto menos preocupantes. Sobre todo, cuando construía a viva voz, entre balbuceos repugnantes como consecuencia de la coca, las formas tan despreciables que iba a utilizar para quitarse del medio a todos los que consideraba que me importaban. Un ejercicio de narrativa de tortura que me ponía los pelos de punta. Una forma de intimidarme propia de un profesional.  

– Llevo mucho tiempo aquí contigo y todavía no me has contado cómo me vas a pagar. Que no me interesa, que con que lo hagas me es suficiente. Pero eso mismo, el hecho de que no digas nada con coherencia, me demuestra que todavía no sabes cómo lo vas a hacer. ¿Cuéntamelo? – dijo poco después de soltar el humo que había aspirado al fumar el chino. En un tono raro. Como si la voz de un gánster le hubiese poseído.

-Tío, ¿por qué no vamos cada uno a nuestra casa? Mañana será otro día. Ya te he respondido que vas a tener el dinero. Y que lo vas a tener pronto. Descansemos mientras, de verdad.  

– Ahora te quieres ir – apuntó sorprendido -. Me contó Juan Carlos que intentasteis robar la tienda de tus padres para saldar las deudas, pero que os pillaron. Sois un par de gilipollas que no estáis más que cagándola – espetó con una leve sonrisa -. Por eso me preocupa lo nuestro. ¡Y mucho!

El hecho de saber que Juan Carlos se había ido de la lengua me enfureció por momentos, por lo que cogí aire y pensé al milímetro la respuesta. No quería que la rabia acumulada complicase aún más todo.

Después, con más calma, dije:

– Veo que Juan Carlos te ha contado todo. De arriba abajo, vaya.  

El camello endureció el rostro y exclamó:

– Oye, que te parto la cabeza. Juan Carlos y tú, si me sale de los cojones, me contáis todo. ¿Entiendes lo que quiero decirte? – Levantó el puño derecho e hizo un amago de estampármelo en la cara. Yo me quedé reparado. Acto seguido preguntó: – ¿o prefieres que te lo cuente con esta mano?

– Tranquilo, vale – respondí levantando los brazos, intentando restar la agresividad inserta en sus palabras -. No pretendía ofenderte. Eso ha sido lo último que he querido desde que te conozco.

– ¿Sabes lo que te digo, tronco? Que eres un puto desgraciado. Un puto pringado que no sabe lo que hace. Y lo que hace, lo hace muy mal. Como el culo, vaya.

– Ya sol sé. No lo voy a negar.

El camello se dio la vuelta y cogió algo de aire. Después se rascó el mentón, dibujó una leve sonrisa en su rostro y, casi susurrando, exclamó:    

– Lástima hijo. Vaya un padre de mierda que eres.

– ¡Deja a mi hijo en paz! – respondí enfurecido -. No le metas en esto.

– También eres un hijo de mierda. Robar a un padre para dar de comer a un hijo – caviló – ¿Te vas a poner la raya? Hay mucha humedad. Se va a hacer una plasta y no vas a poder meterte nada.  

Le miré fijamente mientras recapacitaba las palabras que acababa de decirme. En el fondo, y muy a pesar de ser un mendrugo, llevaba razón. La historia, en todas sus formas y extensiones, era rocambolesca.

– Voy a ponerme esa raya. Pero dame antes una calada del chino. Necesito relajarme, aunque el efecto sea todo lo contrario.