Capítulo 66. fuck off, amor

Fui a la habitación y pregunté a mi padre por mi madre. Me dijo que estaba mejor, que seguía dormida. A continuación le pedí que no fuese al salón, que estaba hablando con Delgado una cosa muy personal. Él lo respetó y se fue a la cocina, posiblemente a curarse las penas con una botella de rosado que aguantaba entre los platos sucios que llenaban el fregadero.

Delgado estaba muy inquieto. Tanto, que, por sus movimientos, parecía tener una enfermedad nerviosa. Sujetaba el peso de su cuerpo de media punta con su mano derecha, mano que apoyaba en la columna izquierda de la entrada de la puerta principal. Con la otra se rascaba sin descanso la cabeza a la vez que retiraba el sudor que le emana de la parte superior de la frente.

Le dije que pasase dentro y que me esperase sentado en el salón. De camino me pidió un vaso de agua. Fui a la cocina, lo llené y se lo serví con esmero.

Se lo lo bebió de un trago.  

Fui a la habitación y pregunté a mi padre por mi madre. Me dijo que estaba mejor, que seguía dormida. A continuación le pedí que no fuese al salón, que estaba hablando con Delgado una cosa muy personal. Él lo respetó y se fue a la cocina, posiblemente a curarse las penas con una botella de rosado que aguantaba entre los platos sucios que llenaban el fregadero.

– ¿Por qué no te tranquilizas? – le pregunté mientras sostenía entre temblores otro vaso de agua que se había llenado. 

– Como se entere don Julio, nos mata.

– Te matará a ti.

– Bueno, y a ti. Cuando lo sepan en el pueblo te vas a enterar.

– No van a saber nada en el pueblo porque no se va a enterar nadie – dije agarrándole del brazo, algo que le hizo menearse hasta tal punto que acabó empotrado en lo más profundo del sillón.  

– Miguel, por favor, sé coherente – recalcó mientras se incorporaba -.  Juan Carlos está muy cabreado. Nos va a joder antes o después.

– Juan Carlos es gilipollas. Siempre lo ha sido. Nadie cambia tan fácilmente.  

– ¿De quién era la coca? – preguntó Delgado elevando el tono de la voz.

– De él y de Pedro. Y no hables alto, por favor. Mi padre está en la cocina y no quiero que se entere.

– ¿Y Pedro? Seguro que Pedro lo casca todo. Es un bocazas. ¡Ya verás cómo se entere el padre Julio!

– Pedro nunca dirá nada.

– Andan muy jodidos, los quieren matar, ¿sabes? Los quieren matar – apuntó Delgado luego de ponerse de pie y empezar a dar vueltas en un espacio no superior al metro y medio. Como si fuese una peonza. Bajando la intensidad conforme pasaban los segundos.

– ¡Que te tranquilices, joder!, me estás poniendo nervioso – le vociferé a la vez que le sujetaba.  

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