Una tarde de sábado, con bastante resaca y después de haberla pasado limpiando los vómitos con sangre de mi madre, fui a la Iglesia.
Mi padre siguió tachando meses mientras bajaba botellas de ginebra. Por suerte, mi madre encontró algo de mejoría, alargando de este modo aún más su congoja. Pero eso no cambió la situación económica y anímica de la casa. Y menos aún la mía. La desesperación, sumado a la sinrazón que era de por sí el contexto en que vivía, destartaló cualquier atisbo de esperanza, llevándonos a mi padre y a mí a un pozo todavía más profundo. Un pozo del que yo salía de vez en cuando, pero en el que mi padre se acomodó hasta ahogarse del todo.
Una tarde de sábado, con bastante resaca y después de haberla pasado limpiando los vómitos con sangre de mi madre, fui a la Iglesia. Yo no era muy creyente – hice la Primera Comunión sabiendo que Dios no existía y siempre creí que la Iglesia era el lugar al que acudían los débiles y los gilipollas -. Pero aquel día me encontraba tan sumamente perdido que intenté encontrar en una burda mentira – porque lo pensaba – la razón de mis problemas.
En el templo estaban abarrotado de viejas, sobre todo en la primera fila. También estaban el padre Julio y Delgado, quienes oficiaban la misa. Me senté en el banco de la última fila y, como observador, me entretuve con el espectáculo. La verdad es que al principio tuve ganas de reír. Pero poco a poco me fui metiendo en la trama divina para escuchar unas palabras que posiblemente pocos de los allí presentes entendían. Unas palabras que hablan de milagros, de ángeles voladores y de un cielo que poco se parecía a lo que vivíamos en la tierra.
Al terminar la misa me acerqué al altar. Delgado estaba recogiendo los utensilios religiosos que desperdigados aguantaban en la mesa central del púlpito. El padre Julio se acercó y se sentó en el remanso del banco, justo delante de donde me encontraba.
– Hola, Miguel, ¿cómo tú por aquí? – me preguntó con su voz ronca, que parecía diluirse entre su sotana, su pelo moreno recién engominado y su cuerpo enclenque.
– La vida – respondí desesperanzado.
– ¿Qué pasa con tu vida? – volvió a preguntarme mientras se rascaba los cuatro pelos que le crecían como barba.
– Que a veces no se porta como se tenía que portar.
– ¿Has hecho algo malo?
– No, o eso creo. Lo que pasa es que todo lo que me rodea es malo.
Como era de esperar, esta frase desembocó en una larga conversación, en que hablamos sobre el ser humano, su posición en el mundo, la figura de Dios y sobre no sé qué de la resignación en una sociedad dominada por la relatividad de las cosas. También se convirtió en un continuar de quemar tabaco, del que yo, a ratos, participé.
Con la distancia y, sobre todo, con el tiempo, tengo que reconocer que no me creí ninguna de aquellas palabras y menos aún las hice mucho caso. Pero también es cierto que aquel alegato me sirvió para abrir la puerta de la iglesia del padre Julio. Un lugar, por cierto, en que soñé con un mañana imposible o más bien con una utopía celestial que se convirtió para mí en la única respuesta al interrogante que era en sí mi reproblable vida.