La última cena. Fuck off, amor 7

Rubén…

Antes de ser lo suficientemente mayor lo hacía con sus primos. La casa de campo siempre había sido un lugar de encuentro para la familia. Era el único nexo que existía con los hijos de su tío, con sus difuntos abuelos y con la hija de su otro tío.

Rubén pasó nuevamente a la casa. La temperatura había aumentado algunos grados. Posiblemente la sensación térmica levada del interior había provocado el contraste con la calle. Diana miró para otro lado. Rubén se detuvo delante de un viejo pimpón en que solía jugar con su hermano. Antes de ser lo suficientemente mayor lo hacía con sus primos. La casa de campo siempre había sido un lugar de encuentro para la familia. Era el único nexo que existía con los hijos de su tío, con sus difuntos abuelos y con la hija de su otro tío.

Recorrió la pared con la mirada. Había cuadros fechados en distintas épocas. Eran fotografías enmarcadas en las que se mostraban diferentes momentos y acciones como la vendimia, la matanza, la poda, la recogida de aceitunas… 

Diana se levantó y se dirigió hacia el pimpón. Rubén la miró con celo. Vio su cuerpo delgado, sus pantalones vaqueros ajustados y su torso arropado por una chaqueta color granate. También vio su pelo largo y rubio y su cara afiliada, de la que emergían dos ojos verdes achinados. Era perfecta, se dijo. Era la mujer que siempre había deseado. Era una especie de sueño hecho realidad que había emergido de la nada y que, desde años atrás, estaba convencido que le acompañaría hasta el fin de los días.

Justo cuando se plantó delante, Rubén se quitó las gafas de pasta, que en parte tapaban su cara gruesa y morena, en contraste con su pelo rizado, y la besó. Entonces Diana se agarró a su torso, bastante grueso por el gimnasio, y con delicadeza y casi susurrando, Rubén dijo:

– He invitado a mi hermano a que se pase a cenar. A este paso, no va a venir nadie.

– ¿Tú confías que vengan Rodrigo; Joselu y…?

– Pues la verdad que no mucho. Rodrigo apenas ha contestado y Pedro estará de pedo, como acostumbra. Mañana me dirá que si tal y que si pascual.

– ¿Y Joselu?

– Hace tanto que no para por el pueblo… – respondió con una pequeña sonrisa.

– ¿Entonces para qué hiciste la cena?

– Yo que sé, había que probar suerte. Nunca se sabe dónde puede empezar todo.  

– La comida que va a sobrar – bromeó Diana.

– La misma.

– ¿Por qué no me besas?

Rubén se abrazó aún más fuerte a Diana y la besó con ímpetu. Durante unos segundos el momento se congeló. Parecía como si el beso lo hubiese absorbido todo y como si el espacio-tiempo hubiese dado pie a un momento estacional que nada se parecía a lo que estamos acostumbrados. Poco a poco la pareja se fue quitando la ropa. Primero las chaquetas, después las camisetas, más tarde los pantalones. Con sigilo, marcharon al sillón, que había junto a la chimenea, y se dejaron caer. Rubén metió la mano entre las bragas de Diana, algo que repitió, pero a la inversa, ésta. La pareja empezó a gemir, a sentir el calor más intenso de dos corazones que palpitaban a más de cien pulsaciones por minuto. Diana retiró el calzoncillo y le agarró el pene. Después empezó a chupárselo con delicadeza. Mientras, éste, como pudo, agarró la cartera que tenía olvidada sobre la mesa y sacó un condón. Se lo dio a Diana, que se lo puso con cuidado. Empezaron a follar. Ella encima de él. Botando al principio con delicadeza. Luego con mucha intensidad. Para cuando ella se iba a correr, la retiró y la puso a cuatro patas. Diana agarró con fuerza el reposacabezas del sillón mientras él la penetraba. Lo hacía con fuerza, al tiempo que Diana gemía con mucha fibra.

De repente, y para sorpresa de la pareja, sonó el teléfono. En un principio no lo hicieron caso. Pero tras terminar la primera llamada y luego de empezar una segunda, Rubén apartó la mirada de la espalda de Diana y la fijó en la pantalla.

Era Joselu.

– Es Joselu, a ver si va a estar en la puerta – dijo Rubén, que detuvo la penetración para desgracia de Diana.

– ¿Crees que debo cogerlo?

– Hazlo, ya no tiene sentido.

Rubén extrajo el pene y cogió el teléfono. Con el miembro erecto y cubierto por un condón, respondió:

– Hola, Joselu. ¿Estás ahí fuera?

– Hola, Rubén. Pues no. Y si te cuento lo que me ha sucedido no te lo vas a creer.

Rubén cerró los ojos y dejó escapar una sonrisa. Diana se echó las manos a la cabeza. Después se levantó y se fue a por la ropa. Rubén intentó retenerla, pero se lo impidió haciéndole un quiebro. Mientras tanto, Joselu le contaba la historia.

– Pues resulta que he ido a coger el autobús y cuando estaba llegando a la estación, me he dado cuenta que no llevaba la cartera. Entonces me he dado la vuelta. Me preguntarás, maricón, ¿cómo has pagado el Metro? Pues con el abono.

“Bien, pues cuando iba de vuelta he metido la mano en el bolsillo y tampoco tenía el móvil. Después he rebuscado en el fondo del otro bolsillo y tampoco estaban las llaves. Entonces me he dicho: si el móvil y las llaves las llevaba encima: ¿qué cojones ha pasado? Corriendo, he bajado del Metro y he subido a mi casa. Pero no he podido entrar, porque Horacio no estaba y tampoco podía llamarle. Ha sido cuando he avisado a un vecino y éste me ha dejado entrar. Los dos hemos caído en la cuenta de que lo que me ha pasado es que me han robado. Entonces he llamado a Horacio para que viniese cuanto antes. Ha venido, hemos entrado a mi casa y, en efecto, las llaves no estaban, tampoco el móvil y la cartera. Me han robado, maricón. Me han metido mano y ni me he enterado. Y aquí estoy, en la comisaría. Denunciando lo que ha sido todo un atraco. Un atraco que también es un trastorno. He perdido los contactos, las tarjetas, las llaves de casa… Puf, ahora me toca darlo todo de baja. Y bueno, entre tanto lío me he dicho: voy a avisar a Rubén a ver si con suerte todavía me coge el teléfono y me perdona por no ir a su cena… ¿Me perdonas no?

Diana estaba sentada en el sillón colocándose el pelo. No dejaba de sonreír.

– Sí, te perdono – respondía Rubén.

– Dile a Diana que le debo unos chupitos.

– Yo se lo digo, no te preocupes. Por cierto… – le interrumpí.

– Sí, dime.

– Gracias por llamar.

– De nada marión.

– ¡Anda, soluciona tus cosas!

– A eso voy. Porque vaya lío de papeleo que hay que hacer para tan poco asunto. Ahora bien, el madero que me está atendiendo está bastante bueno y tiene pinta de tener un gran rabo.

– Anda, Joselu. Buenas noches.

– Buenas noches.

Joselu colgó el teléfono. Rubén miró a Diana con una sonrisa en la cara.

– Estamos solos, parece – dijo Rubén.

– Eso parece.

– Por cierto, dice que le han robado el móvil y en mi móvil aparece su número.

– Por eso me reía.  

– Continuamos con lo que estamos.

– Anda, quítate el condón y vístete, que tienes una pinta ahí con la picha levantada. Además, te vas a poner malo.

– ¿Cómo que me voy a poner malo? – respondió Julián a la vez que se tiró encima de Diana. Ambos cayeron a sillón y empezaron a besarse. El acto sexual, continuaba.