capítulo 87. fuck off, amor

Joan…

En el colegio fui un chico bastante aplicado. Tenía carisma y, por lo general, mucha facilidad para hacer amigos. Pasé la educación obligatoria odiando a mi hermano y recordando con mucho dolor el día en que falleció mi madre.

Nací en la capital de España en un barrio de clase obrera. Me crie junto a mi padre, mi hermano y mi tía paterna, una coja con muy malas pulgas que se encargó de cuidarnos tras el fallecimiento de mi madre.

En el colegio fui un chico bastante aplicado. Tenía carisma y, por lo general, mucha facilidad para hacer amigos. Pasé la educación obligatoria odiando a mi hermano y recordando – a pesar de no haberlo vivido conscientemente, no llegaba a los dos años – con mucho dolor el día en que falleció mi madre. Fue antes de Navidad, cruzando un paso de peatones y mientras encendía un cigarrillo. Entonces un coche la arrolló. El conductor iba borracho. Pasaron un par de días hasta que los médicos dijeron a mi padre que su cerebro había dejado de cavilar. Una tragedia que condicionaría el resto de mi vida y, en parte, el de mi familia.

Recuerdo el día en que entré en la universidad. No tanto por el hecho sino más bien porque mi hermano se graduó en la academia militar. Para entonces estaba muy politizado y aquello se convirtió en un pretexto más para odiarle con fundamento.

Comencé ingeniería química. Era la carrera con la que soñaba desde que me enamoré de la materia en Bachillerato. En la universidad pronto dediqué más tiempo a la revolución que a los compuestos químicos. Esto me obligó, en más de un curso, a replantearme la continuidad. Y no porque no pudiese con las materias que se impartían, muchas de ellas las sacaba sobrado, sino porque la falta de estudio provocaba que las notas no fuesen lo suficientemente altas para aprobar y, por lo tanto, para ser becado.

Becas a parte, fue en la universidad cuando comencé a militar políticamente. Lo hice en una asociación anticapitalista que tenía como último fin reventar el sistema establecido. Nos reuníamos un par de veces por semana y quedábamos los sábados para revindicar nuestros derechos en manifestaciones peregrinas o para partir la cara a todo aquel que no pensase como nosotros.

En la asociación conocí a muchos de mis amigos de esa época y fui testigo de la gestación de un movimiento de masas que transformaría el sistema político español nacido de la Transición. Hablo del 15 M, un movimiento que reventó en nuestras narices y que vino a justificar todo ese tiempo infructuoso que habíamos invertido en la asamblea. Recuerdo cuando comenzó aquel sueño hecho realidad. Como también recuerdo, entre porros y cervezas, la incredulidad que mostrábamos la mayoría – eran muchas las voces que decían que dicho movimiento se quedaría en un sumatorio de ideas que contestarían superficialmente a años de depreciación de la calidad de vida de los españoles -.

Durante mi primer año en la universidad falleció mi tía la coja. Esto nos llevó, a mi padre y a mí – a mi hermano no le mento -, a llorar desconsoladamente, a contar a todo el mundo que seguía viva – cosas de familia – y a desorientar por completo nuestra calamitosa vida emocional. Digo esto último, pues, si bien os contaba que era un tipo con un gran coco para algunas cosas, para el orden era más bien todo lo contrario. Sí. Porque entendía que la organización de la vida pasaba por llevar la contraria a todo lo establecido. Y eso, sí, eso, me desorganizaba mucho como persona a la vez que me llevaba a salir por patas de la mayoría de los sitios en que estaba.

Durante mi primer año en la universidad también empecé a estrechar lazos con Julián. Aunque era de la asamblea, nunca había cruzado más de tres palabras con él. Fue un viernes, en un bar de la zona, cuando el que sería después mi amigo se presentó y me dijo que le acompañase. Al parecer me quería invitar a un tiro por una historia de una piba de la que no recuerdo su nombre y menos aun lo que había sucedido.  

A quien no conocí en mi primer año de universidad fue a Amparo, mi supuesta pareja. Esto fue en el cuarto, un momento de mi carrera estudiantil que tambaleaba tanto como lo hacía mi vida. Fue en un bar de su pueblo, cuando, contra todo pronóstico, me dirigí a ella y me puse a charlar. Era conocida como la puta. De hecho, se decía que cobraba por sexo. Pero más allá de todo eso, que no viene a cuento, la cosa fue que hablamos, luego follamos, para, seguidamente, empezar una relación de la que mejor, de momento, no sé si luego, no os doy cuenta.