capítulo 88. fuck off, amor.

Joan…

De repente, una bengala pasó por encima de nuestras cabezas. Ardía con fuerza. Cayó al lado de una sucursal del Banco Santander.

Caminábamos hacia la manifestación bajo el frío de unas calles cada vez más pobladas de gente. Nos acercábamos al punto de partida. Madrid rugía tras años de recortes. Las voces tapaban el ruido desagradable de los coches que, reconducidos por la policía, se agolpaban en las vías colindantes. Un equipo de la televisión alemana estaba montando el set para grabar un directo. A su lado, un abuelo y su nieto portaban una pancarta en la que se criticaban los abusos de la policía.    

– Hoy creo que va a ser un día de mucha gente – dijo Julián orgulloso -. No tanto como cuando rodeamos el Congreso, pero se va a liar.   

– Sí, tiene toda la pinta – respondí a la vez que me prevenía. Un convoy de furgonetas de la policía circulaba hacia el punto de partida de la manifestación. Lo hacían ante las miradas cabreadas de los manifestantes y bajo una oleada de silbidos y abucheos en los que se pedía su retirada.       

– La gente se empieza a cabrearse. Maldita policía – dijo Julián apretando el puño -. Ves, todo esto contradice a lo que comentabas antes.

– Bueno, quizás llevases razón – respondí desanimado.

– En serio, Joan, tienes que volver a creer en algo. Te he visto un poco decaído. La actitud que mostrabas no conduce a ningún sitio claro.

– Sí, la verdad es que sí.

De repente, una bengala pasó por encima de nuestras cabezas. Ardía con fuerza. Cayó al lado de una sucursal del Banco Santander. Corriendo, una de las furgonetas de la policía se desvió y fue hacia el lugar. De ella se bajó un antidisturbios. Éste corrió hasta el artefacto, lo apagó con un extintor de tamaño medio y volvió al vehículo. En el momento en que estaba montando, otra bengala pasó por encima de nosotros y cayó a lado del coche. El policía se giró desafiante. Parecía que se iba a encarar a los manifestantes. Segundos después declinó la opción y se metió en el furgón, que salió escopetada calle abajo.       

– Joder, ¡cómo está el patio!

– Se va a liar gorda – respondió Julián, para, seguidamente, añadir -: Olvida ese nihilismo que está dominando tu cabeza y vuelve a ser un rojo. Si tienes que mandar a la mierda a Amparo para conseguirlo, pues adelante. Tú no eres tú desde que esa chica está en tu puta vida. ¿No te das cuenta? Parece mentira que sean tan listo para unas cosas y tan tonto para otras. 

– Ya lo veo.

– ¿Has quedado con Álvaro?

– Ya sabes que está en el extranjero. Se ha marchado a Alemania a hacer un máster o no sé qué mierda similar.

– ¿Pero no habías estado con él hace unos días?

– Había vuelto – dije endureciendo el mentón.

– Vaya, que sigue aquí – respondió irónicamente.

– Sí, sigue aquí.

– ¿En la ciudad?

– Sí, en el piso que tenía alquilado cuando estudiaba aquí.

– Joan – explicó mirándome a los ojos -. Olvida esas sospechas y no dejes de lado a tu amigo. ¿Cómo va a estar Álvaro enamorado de ti? Llámale, venga, llámale. ¡Qué es un tipo enrollado!

– No, no voy a llamarle. Además, no sé por qué quieres que venga.

– Porque desde que estás menos con Álvaro y más con esa tía, tu vida es una auténtica porquería. 

Cambié la dirección de la conversación. Luego de esto, con un tono agrio, le dije:

– Tengo que contarte una cosa.

– ¿El qué?, me estás asustando.

En ese momento nos encontramos con los colegas. La conversación se tornó por otros menesteres.

La manifestación estaba empezando a coger cuerpo. La gente rebosaba fuerzas y los cánticos y las banderas se adueñaban del espacio.

– Oye, Joan, ¿y Álvaro no viene? – me preguntó Gabriel, un chaval que solía unirse a nosotros de un tiempo a esa parte. El tipo decía ser anarquista. Aunque luego vivía en un chalet de Somosaguas y era hijo de un gran empresario que había hecho fortuna con la exportación de productos cárnicos.  

– No, no ha podido – miré a Julián -. ¿Qué te ha dicho Álvaro, que me preguntes por él? 

– No. Hace mucho que no le veo. Es majo y bastante enrollado.  

– Está liado con sus cosas.

Julián se acercó a donde estaba y, mirándome a los ojos, me preguntó:

– ¿Qué me tenías que decir?

– Luego hablamos.