Joan…
o de carrera – que no equivalía a que estuviese en quinto de carrera; el equivalente más bien sería entre primero y segundo -, en una mañana cualquiera, llamó mi padre por teléfono a una hora a la que no acostumbraba hacerlo.
Mi padre pensaba – o eso quería creer – que era un gran estudiante. Que dedicaba la mayor parte del tiempo a la introspección y al conocimiento de la química. Que era una especie de cerebrito que estaba llamado a cambiar el mundo. Siempre se lo contaba a los amigos y presumía de ello con su familia. Especialmente con su hermano Feliciano, el triunfador de los hermanos. Tercer hijo de una familia de siete, de derechas, repeinado, licenciado en derecho, casado, con cuatro retoños, católico… no había hecho otra cosa más en su vida que chupar del frasco del partido que un día le abrió la puerta. Y no fue por sus notas en la carrera o sus méritos laborales, sino más bien por un apaño que hizo mi abuelo con quien entonces llevaba el partido en el barrio en la recién nacida España democrática. Tras un largo tiempo de militancia y chupadas de polla varias a abundantes dirigentes de los que salían en la televisión, había conseguido ser el presidente de la Diputación de no recuerdo qué provincia. Decían los que le conocían que era un tipo dado a la gente, educado, un tanto campechano. Aunque había ciertas lenguas que también proclamaban que, además de poner los cuernos a la mujer repetidas veces con una presentadora de una tele local, estaba hasta el cuello de corrupción por un caso de unos terrenos cuando en otra época le tocó ser alcalde del pueblo en que vivía. Sí, con ese temita hizo tanto dinero que le dio para comprar fincas, casas y poner en marcha varias empresas ficticias que le ayudaban a tintar de blanco el negror del dinero que había amasado a base de corruptelas.
Recuerdo como en mi quinto año de carrera – que no equivalía a que estuviese en quinto de carrera; el equivalente más bien sería entre primero y segundo -, en una mañana cualquiera, llamó mi padre por teléfono a una hora a la que no acostumbraba hacerlo. Extrañado, se lo cogí. Me pidió que fuese a casa urgentemente, que quería contarme algo de vital importancia para la familia.
Cuando llegué a casa me encontré a mi hermano en la cocina hablando con mi tío Feliciano. Ambos estaban tomando un vino con un plato de queso. En el salón estaba mi padre repasando unos documentos contables que tenías esparcidos por la mesa.
Saludé a mi tío ignorando a mi hermano y fui directo al salón. De primeras mi padre no me hizo no caso.
– ¿Qué hace el tío aquí? – le pregunté. No me cuadraba que a esas horas y en ese día un político tan importante estuviese en la casa de un pobre como era su hermano.
– Hola, hijo – me respondió levantando la mirada de los documentos. Poco después de recomponerse en el sillón a la vez que se colocaba las gafas de leer.
– ¿Qué querías tan urgentemente? ¿Y qué ostias hace el tío aquí? No recuerdo haberle visto por casa desde que mamá murió, y de eso hace mucho.
– Hola, Joan – saludó mi tío mientras entraba al salón. Haciendo como que no había escuchado nada de lo que acababa de decir – ¿No te ha contado aún tu padre nada?
– Pues no – respondí tajantemente.
– Pues llevamos meses hablándolo del asunto.
– No he tenido tiempo – subrayó mi padre intentando desviar la dirección de una conversación que sabía que me estaba calentando de más la cabeza.
– Y tampoco me cuenta muchas cosas. Es lógico que esta sea una más – respondí con cierta ironía.
En ese momento entró mi hermano al salón y se sentó en una silla que había en una esquina, junto a un cuadro de mi difunta madre que mi padre colocó poco después de morir mi tía. Decía que lo necesitaba para tirar cada día el tiempo que le quedase de vida.
– Tú tío Feliciano es un hombre de mucho poder – empezó diciendo mi padre casi tartamudeando -. Ingresó joven en un partido político y ha trabajado para la gente muy intensamente desde entonces. Tiene sus detractores, que seguro serán muchos. Pero también tiene sus defensores, que no serán menos. Dentro y fuera del partido. De una punta a otra de los lugares en los que ha estado…. Tú tío es, para cada uno de los hermanos, y somos siete, el ejemplo a seguir. Ha conseguido lo que deseamos como futuro para nuestros hijos.
– ¿Entiendo que tú no eres de los que me valoran? – me preguntó mi tío. Lo hizo tras engordar un poco más su ego ante el recital de elogios de mi padre.
– No mucho. Para qué te voy a engañar. Y eso lo sabes perfectamente.
– Hijo, ¡qué es tu tío! – me recriminó mi padre ante el asombro de mi hermano, que, avergonzado, se echó las manos a la cabeza.
– Pensamos diferente – respondió mi tío -. No te apures, hermano. Todos nos equivocamos cuando somos jóvenes. Él lo está ahora. Pero seguro que cambiará.
– ¿Qué me queréis decir? – pregunté un tanto desubicado.
– En otra época, tu tío hizo mucho dinero. Como sabes, tenía muchos negocios, además de importantes responsabilidades públicas. ¡Que no son menos las y los que tiene ahora! Ese dinero lo invirtió sabiamente y hace un tiempo me ofreció participar de sus inversiones.
– ¿Qué estás diciendo, papá? – pregunté extrañado.
– He vendido acciones a tu padre de la finca de Ciudad Real – puntualizó mi tío.
– ¿Y de dónde has sacado el dinero? – pregunté a mi padre sorprendido -. Pero si no tienes ni para pagarme la matrícula de la universidad.
– Papá tenía ahorros a mi nombre – inquirió mi hermano y para mi sorpresa. Lo hizo tras levantarse de la silla y dirigirse a donde estaba -. Esa jugada nos permitía ahorrarnos muchos impuestos y era muy favorable para cobrar ayudas como, por ejemplo, tus becas de la universidad. También me ayudó con muchas cosas cuando me sacaba la carrera militar.
– ¡Qué asco! No entiendo nada. Primero por tanta triquiñuela. ¿Cómo erais capaces? Y segundo ¿para qué me contáis esto? No me interesa en absoluto vuestra mierda.
– Se lo cuentas papá o se lo cuento – dijo mi hermano un poco enojada.
– ¿Qué me tiene que contar?
Mi padre cogió aire. Después me miró a los ojos. Acto seguido se sentó en una silla y dijo:
– Tu hermano es funcionario; es decir, tiene la vida asegurada en el ejército. Yo cualquier día la diño. Además, tengo una pensión que me da parar seguir adelante. Pero tú, hijo, tú no haces nada más que dar vueltas con esos perroflautas y perder el tiempo en la universidad. Sé perfectamente que no estás aprobando nada. Que lo único que haces es vender tu energía al comunismo. Y eso nos preocupa a tu hermano y a mí. También a tu tío, aunque no lo creas… Cuando me dijo tu tío lo de participar en el accionariado de la finca, en un principio, tengo que reconocerlo, me dieron los siete males. ¡Cómo iba a destrozar el dinero de tu madre! Pero pronto me vino a la cabeza tú y tu maldita situación. ¡Me da miedo tu futuro! Que no hagas nada. Que te quedes en el camino por cuatro gilipollas que tienen la vida más que solucionada. Y que, encima, alguna de esas gilipolleces en las que participas, te cierre todas las puertas. Hace poco me dijo tu tío que necesitaban asesores. Y yo le respondí: ¡tú sobrino! ¿Tú piensas que tu sobrino lo va a aceptar?… También hace poco me ofreció un trabajo para ti en una empresa de gestión agraria… El pobre siempre preocupado de ti. Con cuatro hijos y una gran responsabilidad pública.
Yo miraba incrédulo. No estaba entendiendo nada.
– Papá, quieres contarle de una puta vez por qué participaste del accionariado de la finca – saltó mi hermano.
– Hemos pensado que podrías dejar la carrera, que bastante dejada la tienes, y dedicarte a la gestión cinegética de la finca.
Miré sorprendido. No me podía creer lo que estaba oyendo. Mi padre, el que siempre había fardado de mis estudios, el que me había animado a que estudiase, el que pensaba que estudiaba mucho me estaba diciendo que dejase la carrera para dedicarme al campo. El mismo campo que su padre había odiado y por ello había acabado en la ciudad donde se casó con mi abuela. El campo por el que íbamos a pasear los pocos ratos que paraba mi padre por el pueblo.
– La persona que se dedica a ellos la voy a destinar a otro menester – dijo, de repente, mi tío -. Y me gustaría que alguien joven se encargase de un negocio que está dando bastante dinero. ¡Y qué mejor que mi sobrino para dedicarse a ello, que en parte también es propietario!
– No entiendo nada, papá – afirmé sorprendido.
– ¿Qué no entiendes?
– Primero, participas de una corruptela del tío y a cambio te ofrece un trabajo para mí.
– Eso no es así. Y, por favor, no faltes el respeto a tu tío.
Mi tío miró hacia otro lado.
– Y segundo, me metes en este lío y me pides que deje una carrera que me va a dar, seguro, un futuro por lo menos más digno que el que me ofrecéis. ¿Pero quién cojones os creí que soy?
– Hijo, de las gilipolleces esas de la libertad y la revolución no se come.
– ¿Y quién me lo dice, tú, que eres un puto perdedor? – pregunté malhumorado.
– No digas eso a tu padre. Te está ofreciendo un futuro digno – espetó mi tío.
– Como el tuyo, no, que la mayor parte del patrimonio proviene de donde proviene.
– Joan, no insultes a tu tío.
– No le estoy insultando. Le estoy diciendo la verdad.
– No te preocupes. No me molesta – dijo, y luego, añadió -: ¿tú tienes un amigo que se llama Julián? ¿No?
Me quedé reparado. No podía lograr entender la pregunta que me estaba haciendo. Claro que tenía un amigo que se llamaba Julián. ¿Cómo cojones le conocía? ¿Era acaso Julián un espía del partido de mi tío?
– Sí. ¿cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que tengo un amigo que se llama Julián?
– El delegado del Gobierno en Madrid, que es mi amigo, además de compañero de partido, me comentó el otro día que le estaban investigando por una relación turbia con ciertas ideologías antisistema. Ideologías que vienen de cierto continente que un día creció y prosperó bajo nuestro dominio. También, me comentó, que se le investiga por vender droga. Sí, droga.
– ¿Qué quieres decirme con esto? – pregunté sorprendido. No daba crédito a lo que estaba escuchando.
– Que tu amigo va a ir a la cárcel en nada. ¿Y sabes lo que le va a pasar después de ir a la cárcel?
No respondí. Únicamente endurecí el rostro.
– Que no va a encontrar un puto trabajo más allá de lo que le ofrezcan sus amigos los comunistas, que es nada. ¿Y sabes por qué? Por hacer el gilipollas con su vida.
Endurecí aún más el rostro.
– Tú verás lo que haces con la tuya. Pero no utilices tu situación de privilegio y de no hacer nada en la universidad para destruir el sistema que a tanto nos ha constado levantar. Un sistema gracias al cual haces la revolución y te tocas las narices desde que te levantas hasta que te acuestas – reafirmó esto último con un tono enfadado.
– Tu tío lleva razón, hijo – subrayó mi padre.
– Sois todos unos putos enfermos.
Me marché dando un portazo.