Joan…
El grupo con el que iba se había dispersado un poco. Las amistades y las ideas habían contribuido a ello. Tan solo Julián aguantaba a mi lado. Aunque, a diferencia de mí, lo hacía gritando como si no hubiese un mañana.
La manifestación seguía avanzando ante la atenta mirada de los periodistas y la policía. Los primeros nos interesaban más que los segundos y eso era más que palpable. El grupo con el que iba se había dispersado un poco. Las amistades y las ideas habían contribuido a ello. Tan solo Julián aguantaba a mi lado. Aunque, a diferencia de mí, lo hacía gritando como si no hubiese un mañana.
– Basta ya de opresiones. De que siempre los mismos paguemos los platos que rompen los de arriba con su derroche, con su buena vida… Nos hacen creer que somos como ellos. Y eso no es verdad. Nos dicen que somos los responsables de la crisis. Y tampoco es verdad. Aunque también es cierto que nos hemos dejado engañar. Hemos permitido que nos colasen otro más de sus engaños. ¡Levantémonos de una vez! ¡Rebelémonos ante los poderosos!, haciéndonos parecer que nosotros somos como ellos.
– Llevas razón, chaval – dijo un anciano que se acababa de sumar a la manifestación. El tipo portaba en la mano derecha una pancarta de gran tamaño en la que se podía leer “no hay pan para tanto chorizo”. Con la izquierda sujetaba el peso de todo su cuerpo sobre un bastón de madera arañado -. Pero que no se quede solo en palabas.
– No será mi caso – respondió Julián –. Estoy preparado para saltar a la acción de una puta vez. Quiero conquistar el régimen del 78 ya mismo.
– A ver si es verdad. En vosotros, los jóvenes, está el futuro de este país de derrotados que es ahora. Tenéis la llave para cambiar gran parte de los abusos y las cosas que se hicieron mal en todo este tiempo.
El anciano se marchó y Julián se pegó aún más. Sonreía. Se podía observar en su rostro la felicidad y el orgullo que le habían producido las palabras de aquel señor. Que su voz, entre muchas otras, hubiese sido reconocida y valorada. Que sus ideas, tan reflexionadas, sirviesen para agitar la conciencia también de los más mayores.
– ¿Qué te pasa, tío?, te veo muy apagado. Mira cómo está la calle. Mira como España, por fin, se ha dado cuenta de lo que llevábamos advirtiendo durante tanto tiempo. Es una flipada ver todo esto y de esta forma. Tal multitud congregada por una sola causa: el hartazgo de un sistema que sangra por todos los lados.
– No, no me pasa nada – respondí, mostrando, con la entonación, mi mal estar por tanta insistencia. Ya te lo he dicho varias veces. Debe ser el día.
– No des más vueltas a lo de Amparo y olvídate de la gilipollez que te dijo de Álvaro.
-No, si eso no me preocupa, de verdad. El tema de Amparo es ahora algo secundario.
– Entonces, ¿te preocupa algo? Es que me estás despistando del todo. ¿Quieres llamar la atención por alguna cosa que no logro entender? – preguntó extrañado.
– No me preocupa nada, de verdad – respondí un poco ofuscado.
– Bueno, tranquilo – dijo cambiando de tema y dándome unos golpecillos en la espalda. Se está liando buena en la calle, eh. ¡Cómo ruge mi ciudad!
-Sí, la verdad es que sí que ruge con mucha intensidad.
– ¿Qué es lo que me tenías que contar? – me preguntó cambiando de tema.
– ¿Lo que te tenía que contar? – pregunté despistado.
-Sí, lo que me has dicho antes.
– Ah.
– ¿Qué es?
– Que me marcho de la ciudad.
– ¿Que te marchas? ¿Dónde? ¿Por qué? – preguntó más sorprendido que extrañado.
– Luego hablamos, vamos a reivindicar lo que es nuestro.
– No entiendo nada, si te soy sincero, no entiendo nada. Nunca te había visto tan raro. Y ya te conozco de unos cuantos años. En fin, vamos a reivindicar lo que es nuestro….